El gran silencio: La corrupción también vota
Guillermo
Solarte Lindo
Mientras los colombianos observan
la confrontación entre candidatos, escuchan promesas de seguridad, crecimiento
económico, reformas sociales o cambios institucionales, hay un actor que
permanece extrañamente ausente de los debates.
No concede entrevistas. No
participa en las plazas públicas. No organiza caravanas. No aparece en los
afiches. Sin embargo, lleva décadas sentado en primera fila observando cada
campaña presidencial, y depredando los recursos publicos y con ello
la democracia.
Se llama corrupción.
Y quizás el hecho más inquietante
no sea su existencia, sino el silencio que la rodea.
Porque la corrupción en Colombia
dejó hace mucho tiempo de ser un problema de individuos. Reducirla a unos
cuantos funcionarios deshonestos es una forma cómoda de no comprender su
verdadera dimensión. La corrupción opera como un sistema de relaciones,
intereses, lealtades, favores, influencias y complicidades que atraviesa
instituciones públicas y privadas, conecta poderes legales e ilegales y logra
sobrevivir a gobiernos, partidos e ideologías.
Los nombres cambian.
Las estructuras permanecen.
Por eso resulta tan llamativo
que, en medio de una campaña presidencial decisiva, el gran debate nacional no
gire alrededor de los mecanismos que permiten que la corrupción se reproduzca
una y otra vez. Se habla de seguridad, de crecimiento económico, de impuestos,
de subsidios, de orden o de cambio. Pero se habla mucho menos de las redes de
poder que convierten los recursos públicos en fortunas privadas y que, una vez
descubiertas, encuentran siempre la manera de reinventarse.
Tal vez porque hablar de ellas
obliga a formular preguntas incómodas.
¿Quiénes se beneficiaron de los grandes
negocios realizados con recursos públicos?
¿Quiénes financiaron determinadas
carreras políticas?
¿Quiénes capturaron instituciones
enteras para ponerlas al servicio de intereses particulares?
¿Quiénes terminan pagando las
pérdidas cuando los negocios fracasan?
¿Quiénes se enriquecieron
mientras el Estado asumía los costos?
Pero existe una pregunta todavía
más incómoda.
¿Cómo logran los responsables de
tantos desastres reaparecer una y otra vez convertidos en respetables
protagonistas de la vida pública?
Hace años, Umberto Eco nos
advirtió sobre la existencia de la máquina del fango: esa poderosa fabrica dedicada a destruir reputaciones mediante
rumores, insinuaciones, medias verdades y campañas de desprestigio. Colombia
conoce bien esa maquinaria. La hemos visto actuar contra periodistas, líderes
sociales, opositores, gobernantes y ciudadanos comunes. El fango sirve para
ensuciar, desacreditar y expulsar del espacio público.
Sin embargo, hablamos mucho menos
de otra maquinaria igualmente poderosa.
Podríamos llamarla la máquina de
la absolución.
Su función no consiste en
destruir reputaciones.
Su función consiste en
reconstruirlas.
No convierte a los inocentes en
sospechosos.
Convierte a los responsables en
respetables.
Opera lentamente.
Primero aparece el escándalo.
Después la indignación.
Más tarde la polarización
desplaza la discusión hacia otro campo de batalla. Los ciudadanos dejan de
preguntarse qué ocurrió y comienzan a preguntarse de qué lado están. Entonces
surge un nuevo escándalo, una nueva crisis o una nueva confrontación. La
atención pública cambia de tema. La memoria empieza a debilitarse. Y finalmente
llega el olvido.
Cuando el ciclo termina, quienes
ayer aparecían asociados a un problema reaparecen convertidos en expertos, asesores,
dirigentes, candidatos o salvadores.
La máquina de la absolución
transforma responsabilidades en amnesia colectiva.
No necesita demostrar inocencias.
Le basta con producir olvido.
Quizás por eso una de las grandes
debilidades de nuestras democracias no sea la falta de indignación, sino la
corta duración de la memoria. Nos indignamos con facilidad. Nos escandalizamos
durante algunas semanas. Exigimos explicaciones. Pedimos investigaciones. Pero
luego el péndulo emocional se desplaza hacia otro tema y el escándalo anterior
queda suspendido en una especie de limbo colectivo.
La corrupción comprende
perfectamente este mecanismo.
Sabe que no necesita convencer a
toda la sociedad.
Le basta con esperar.
Sabe que el tiempo suele ser uno
de sus mejores abogados.
Y sabe también que las elecciones
pueden convertirse en una de las piezas centrales de la máquina de la
absolución.
No porque la democracia sea el
problema.
Al contrario.
La democracia es indispensable.
Pero las elecciones producen
legitimidad política, no necesariamente verdad, memoria o justicia.
Una victoria electoral puede
otorgar poder.
No necesariamente inocencia.
Sin embargo, con demasiada
frecuencia actuamos como si el simple hecho de ganar una elección borrara
preguntas que nunca fueron respondidas. Como si una victoria en las urnas
pudiera sustituir la rendición de cuentas. Como si el respaldo popular
equivaliera automáticamente a una absolución moral.
Quizás por eso la corrupción rara
vez se presenta a las elecciones con nombre propio.
Prefiere esconderse detrás de
discursos ideológicos, banderas partidistas, promesas de cambio o llamados al
orden.
No tiene partido fijo.
No tiene ideología permanente.
No tiene lealtades duraderas.
Su verdadera lealtad es consigo
misma.
Por eso sobrevive a gobiernos de
izquierda, de derecha y de centro. Sobrevive a reformas, revoluciones, acuerdos
nacionales y cambios constitucionales. Cambia de rostro cuando es necesario.
Cambia de lenguaje cuando conviene. Cambia de aliados cuando las circunstancias
lo exigen.
Pero permanece.
Quizás el verdadero dilema de
esta campaña no sea únicamente quién ocupará la Casa de Nariño.
La pregunta más profunda es otra.
¿Existe una voluntad real de
desmontar los sistemas de corrupción que atraviesan al Estado o simplemente
estamos asistiendo a una nueva disputa por su administración?
Porque una democracia puede
sobrevivir a los corruptos.
Lo que difícilmente puede
soportar es acostumbrarse a absolverlos.
Y cuando una sociedad deja de
exigir memoria, explicaciones y responsabilidades, la corrupción ya no necesita
ganar elecciones.
Le basta con esperar. Tarde o
temprano siempre encuentra quien vote por ella.
