domingo, 7 de junio de 2026

El gran silencio: La corrupción también vota

 



El gran silencio: La corrupción también vota

Guillermo Solarte Lindo

 

Mientras los colombianos observan la confrontación entre candidatos, escuchan promesas de seguridad, crecimiento económico, reformas sociales o cambios institucionales, hay un actor que permanece extrañamente ausente de los debates.

No concede entrevistas. No participa en las plazas públicas. No organiza caravanas. No aparece en los afiches. Sin embargo, lleva décadas sentado en primera fila observando cada campaña presidencial,  y  depredando los recursos publicos y con ello la democracia.

Se llama corrupción.

Y quizás el hecho más inquietante no sea su existencia, sino el silencio que la rodea.

Porque la corrupción en Colombia dejó hace mucho tiempo de ser un problema de individuos. Reducirla a unos cuantos funcionarios deshonestos es una forma cómoda de no comprender su verdadera dimensión. La corrupción opera como un sistema de relaciones, intereses, lealtades, favores, influencias y complicidades que atraviesa instituciones públicas y privadas, conecta poderes legales e ilegales y logra sobrevivir a gobiernos, partidos e ideologías.

Los nombres cambian.

Las estructuras permanecen.

Por eso resulta tan llamativo que, en medio de una campaña presidencial decisiva, el gran debate nacional no gire alrededor de los mecanismos que permiten que la corrupción se reproduzca una y otra vez. Se habla de seguridad, de crecimiento económico, de impuestos, de subsidios, de orden o de cambio. Pero se habla mucho menos de las redes de poder que convierten los recursos públicos en fortunas privadas y que, una vez descubiertas, encuentran siempre la manera de reinventarse.

Tal vez porque hablar de ellas obliga a formular preguntas incómodas.

¿Quiénes se beneficiaron de los grandes negocios realizados con recursos públicos?

¿Quiénes financiaron determinadas carreras políticas?

¿Quiénes capturaron instituciones enteras para ponerlas al servicio de intereses particulares?

¿Quiénes terminan pagando las pérdidas cuando los negocios fracasan?

¿Quiénes se enriquecieron mientras el Estado asumía los costos?

Pero existe una pregunta todavía más incómoda.

¿Cómo logran los responsables de tantos desastres reaparecer una y otra vez convertidos en respetables protagonistas de la vida pública?

Hace años, Umberto Eco nos advirtió sobre la existencia de la máquina del fango: esa poderosa fabrica  dedicada a destruir reputaciones mediante rumores, insinuaciones, medias verdades y campañas de desprestigio. Colombia conoce bien esa maquinaria. La hemos visto actuar contra periodistas, líderes sociales, opositores, gobernantes y ciudadanos comunes. El fango sirve para ensuciar, desacreditar y expulsar del espacio público.

Sin embargo, hablamos mucho menos de otra maquinaria igualmente poderosa.

Podríamos llamarla la máquina de la absolución.

Su función no consiste en destruir reputaciones.

Su función consiste en reconstruirlas.

No convierte a los inocentes en sospechosos.

Convierte a los responsables en respetables.

Opera lentamente.

Primero aparece el escándalo.

Después la indignación.

Más tarde la polarización desplaza la discusión hacia otro campo de batalla. Los ciudadanos dejan de preguntarse qué ocurrió y comienzan a preguntarse de qué lado están. Entonces surge un nuevo escándalo, una nueva crisis o una nueva confrontación. La atención pública cambia de tema. La memoria empieza a debilitarse. Y finalmente llega el olvido.

Cuando el ciclo termina, quienes ayer aparecían asociados a un problema reaparecen convertidos en expertos, asesores, dirigentes, candidatos o salvadores.

La máquina de la absolución transforma responsabilidades en amnesia colectiva.

No necesita demostrar inocencias.

Le basta con producir olvido.

Quizás por eso una de las grandes debilidades de nuestras democracias no sea la falta de indignación, sino la corta duración de la memoria. Nos indignamos con facilidad. Nos escandalizamos durante algunas semanas. Exigimos explicaciones. Pedimos investigaciones. Pero luego el péndulo emocional se desplaza hacia otro tema y el escándalo anterior queda suspendido en una especie de limbo colectivo.

La corrupción comprende perfectamente este mecanismo.

Sabe que no necesita convencer a toda la sociedad.

Le basta con esperar.

Sabe que el tiempo suele ser uno de sus mejores abogados.

Y sabe también que las elecciones pueden convertirse en una de las piezas centrales de la máquina de la absolución.

No porque la democracia sea el problema.

Al contrario.

La democracia es indispensable.

Pero las elecciones producen legitimidad política, no necesariamente verdad, memoria o justicia.

Una victoria electoral puede otorgar poder.

No necesariamente inocencia.

Sin embargo, con demasiada frecuencia actuamos como si el simple hecho de ganar una elección borrara preguntas que nunca fueron respondidas. Como si una victoria en las urnas pudiera sustituir la rendición de cuentas. Como si el respaldo popular equivaliera automáticamente a una absolución moral.

Quizás por eso la corrupción rara vez se presenta a las elecciones con nombre propio.

Prefiere esconderse detrás de discursos ideológicos, banderas partidistas, promesas de cambio o llamados al orden.

No tiene partido fijo.

No tiene ideología permanente.

No tiene lealtades duraderas.

Su verdadera lealtad es consigo misma.

Por eso sobrevive a gobiernos de izquierda, de derecha y de centro. Sobrevive a reformas, revoluciones, acuerdos nacionales y cambios constitucionales. Cambia de rostro cuando es necesario. Cambia de lenguaje cuando conviene. Cambia de aliados cuando las circunstancias lo exigen.

Pero permanece.

Quizás el verdadero dilema de esta campaña no sea únicamente quién ocupará la Casa de Nariño.

La pregunta más profunda es otra.

¿Existe una voluntad real de desmontar los sistemas de corrupción que atraviesan al Estado o simplemente estamos asistiendo a una nueva disputa por su administración?

Porque una democracia puede sobrevivir a los corruptos.

Lo que difícilmente puede soportar es acostumbrarse a absolverlos.

Y cuando una sociedad deja de exigir memoria, explicaciones y responsabilidades, la corrupción ya no necesita ganar elecciones.

Le basta con esperar. Tarde o temprano siempre encuentra quien vote por ella.