miércoles, 29 de abril de 2026

Hipopótamos II: la derrota de la ecología

 

Hipopótamos II: la derrota de la ecología

Conozco ese debate desde adentro. Lo conocí en los años en que dirigía educación ambiental, en Minambiente, cuando todavía resonaba el escándalo de los animales traídos a la hacienda de Escobar y comenzaba a imponerse, desde muchos organismos e instituciones, una visión tecnocrática según la cual la naturaleza debía ser administrada como inventario, problema de manejo o asunto de costos. Desde entonces asumí que una cosa era el medio ambientalismo y otra muy distinta la ecología.

Lo digo ahora porque el país asiste, una vez más, al triunfo de la confusión.

Las decisiones judiciales conocidas hasta hoy han salido a favor de lo que llaman “eutanasia” de decenas de hipopótamos. El lenguaje vuelve a hacer de las suyas. Se utiliza una palabra asociada al alivio del sufrimiento para nombrar lo que en realidad es la eliminación programada de animales sanos que incomodan a la burocracia, al presupuesto o a la incapacidad estatal de pensar soluciones inteligentes. Una ampliación de aquello que hizo tanto daño cuando nacía el Sistema Nacional Ambiental: el que contamina paga, un credo que defendieron hasta la saciedad o la suciedad, la tecno burocracia.

Debe quedar claro: No es eutanasia. Es matar animales con sello oficial.

Más decepcionante aún resulta la posición del Ministerio que debería enfrentar este conflicto desde una perspectiva de defensa de la vida. Un Ministerio que, por historia, por responsabilidad y hasta por simbolismo político, tendría que estar del lado de la imaginación ética, de la creatividad institucional y de la protección de la vida, termina colocándose del lado de la muerte.

Se esperaba una gran estrategia nacional e internacional: esterilización masiva, reubicación gradual, convenios con zoológicos, santuarios y reservas del mundo, cooperación técnica, pedagogía ciudadana y un debate amplio sobre la responsabilidad humana. Se recibió, en cambio, la vieja receta burocrática: reducir el problema eliminando a quienes no tienen voz.

Eso revela algo más profundo.

Desde hace décadas el discurso dominante no ha sido la ecología, sino el medio ambientalismo impuesto desde múltiples organismos e instituciones, justamente en la época en que el neoliberalismo se consolidaba como religión práctica del mundo. La naturaleza comenzó a traducirse en recursos, indicadores, impactos, costos, rentabilidad y fórmulas de gestión. Se nos enseñó a administrar, compensar y calcular, pero mucho menos a pensar la vida como valor en sí misma.

El medio ambientalismo administra la naturaleza. La ecología pregunta por la vida.

El primero ve bosques en hectáreas, ríos en caudales y animales en variables de control. La segunda entiende que compartimos el planeta con otras especies y que nuestros errores no pueden resolverse descargando la violencia sobre los más indefensos.

Por eso lo ocurrido con los hipopótamos no es una victoria de la ciencia. Es una derrota de la imaginación moral o acaso de la doble moral. Fracking no, pero masacre de hipopótamos sí.

Porque también conviene aclararlo: la ciencia no gobierna. La ciencia estudia, advierte, calcula riesgos, propone escenarios. Las decisiones las toman funcionarios, jueces, ministros y estructuras de poder atravesadas por ideologías, prioridades presupuestales y limitaciones humanas. Invocar “la ciencia” como si fuera una divinidad neutral es otra forma de esconder responsabilidades políticas. Todo esto sucede mientras están reunido en Santa Marta expertos, acaso científicos. Allí se discute cómo salvar el planeta del petróleo; en el Magdalena Medio se decide matar animales para administrar un problema creado por humanos.

Hagamos entonces un ejercicio sencillo. Supongamos que la decisión no la toma un ministerio, ni un tribunal, ni una oficina repleta de expertos que jamás han mirado a los ojos a uno de esos animales. Supongamos que la toma un tribunal compuesto por niñas y niños. Allí están sus hijos, hijas, nietos y nietas.

Escuchan los hechos: los hipopótamos no llegaron solos. Fueron traídos por el capricho criminal de una época en la que el dinero del narcotráfico compraba silencios, tierras, animales exóticos y respetabilidad social. Luego fueron abandonados y convertidos en problema público.

¿Qué decidirían esos niños?

No conozco uno solo que propusiera empezar por la muerte.

Propondrían esterilizarlos, repartirlos entre reservas, zoológicos y santuarios del mundo, trasladarlos gradualmente, buscar cooperación internacional y convertir este episodio en una lección planetaria sobre responsabilidad humana. Preguntarían cuánto cuesta todo eso. Y al saber que podría financiarse con lo que vale un solo misil de los muchos que hoy se envían para matar niñas y niños en Gaza o en Irán, comprenderían algo elemental: no faltan recursos, faltan prioridades.

Comprenderían también algo más incómodo: los adultos hablan mucho de educación ambiental, pero cuando llega la hora de enseñar con el ejemplo enseñan otra cosa. Enseñan que la vida vale mientras no incomode. Que la compasión dura hasta donde empieza el presupuesto. Que matar puede llamarse gestión. Que la impotencia administrativa puede disfrazarse de sensatez.

Si la educación ambiental —yo preferiría llamarla educación ecológica— no sirve para defender la vida cuando la vida estorba, entonces sirve de muy poco.

Porque proteger la naturaleza no consiste solo en sembrar árboles, reciclar botellas o repetir consignas escolares. Consiste en decidir, frente a conflictos reales, de qué lado estamos.

Hoy, frente a los hipopótamos, demasiadas instituciones han escogido el lado equivocado. Y quizá por eso convendría, por una vez, dejar votar a los niños, a la niñas, a las mujeres. 

 

lunes, 20 de abril de 2026

Hipopótamos: la política de la vida frente a los falsos dilemas

Hipopótamos: la política de la vida frente a los falsos dilemas

 Guillermo Solarte Lindo 


El debate sobre los hipopótamos en Colombia ha sido presentado como un asunto puramente técnico: una especie invasora, un problema ambiental, un cálculo de costos, una decisión urgente. Pero, en realidad, estamos ante algo más profundo: un debate político y moral sobre el valor de la vida y sobre el tipo de sociedad que queremos ser. 

Parecería sencillo tomar una decisión sobre 200 hipopótamos mientras la amenaza de guerra mundial y los bombardeos matan, sin ningún tipo de freno, a cientos y miles de niñas, niños y mujeres en Oriente. Una decisión de esta importancia no debe reducirse a exponer argumentos periodísticos, técnicos o burocráticos. Tampoco debe reducirse a la argumentación dominante, que no es otra que la estupidez política. Buscar un consenso sobre este aspecto de la vida es un desafío y una oportunidad para asumir responsabilidades colectivas deliberando, construyendo una democracia que supere lo meramente electoral. 

Cuando una comunidad discute si debe matar animales para resolver un conflicto creado por los propios seres humanos, no está discutiendo solo sobre la fauna. Está discutiendo su escala ética, su inteligencia pública y sus prioridades. Los hipopótamos no llegaron por decisión propia. Fueron traídos por la arbitrariedad del poder humano y luego abandonados en un ecosistema ajeno. Son, en cierto sentido, una herencia de irresponsabilidad convertida en problema público. Resulta llamativo que ahora se pretenda trasladar toda la culpa a los animales. Fueron traídos en un contexto preciso: cuando el narcotráfico era un poder no solo dominante, sino también aceptado. Pablo Escobar quería un zoológico y lo hizo. Se permitió hacerlo con argumentos poco éticos: tenía derecho a hacerlo porque tenía el dinero y lo hacía en su propiedad privada. Todo fue un error en el que no se previó, teniendo la capacidad para hacerlo, que sucedería lo que sucedió. Muerto Escobar, los animales quedaron a la deriva. 

Sin embargo, para justificar ahora la muerte de los animales se construye una serie de falsos dilemas que buscan cerrar el debate y presentar la eliminación como única salida. El primero dice: o protegemos a las personas, o protegemos a los hipopótamos. Pero proteger la vida humana no exige automáticamente matar animales. En muchas regiones del mundo se convive con especies potencialmente peligrosas mediante cercamientos, monitoreo, educación comunitaria, protocolos de alerta, manejo territorial y reubicaciones selectivas. Nadie propone exterminar todos los Puma concolor para proteger a quienes viven cerca de las montañas. 

El segundo afirma: o salvamos el ecosistema, o salvamos a los hipopótamos. También es engañoso. Si existen impactos ambientales —y deben estudiarse seriamente—, la respuesta racional comienza por el control reproductivo, la esterilización, los traslados nacionales o internacionales, el manejo técnico sostenido y la cooperación especializada. La muerte no puede ser la primera herramienta de la política ambiental. 

El tercero sostiene: o escuchamos a la ciencia, o caemos en sentimentalismo. Pero la ciencia no gobierna ni legisla valores. La ciencia mide riesgos, analiza escenarios, calcula impactos y propone opciones. Las decisiones finales las toman instituciones humanas atravesadas por ideologías, intereses, prioridades presupuestales y visiones del mundo. Invocar “la ciencia” como sentencia definitiva suele ocultar decisiones políticas ya tomadas. 

Existe, además, el argumento económico: o gastamos en hipopótamos, o atendemos necesidades urgentes del país. Conviene preguntar: ¿caro frente a qué? Sociedades enteras gastan fortunas en armas, helicópteros, burocracias ineficientes, obras fallidas y destrucción ambiental tolerada. Se deforestan selvas, se arrasan humedales y se expande el cemento sobre ecosistemas frágiles sin el mismo escándalo moral. Un misil puede costar más que programas serios de manejo animal. El problema no siempre es la falta de dinero, sino la jerarquía política de las prioridades. 

También se habla de “eutanasia”, término que suaviza el conflicto real. La eutanasia busca aliviar sufrimiento irreversible del ser que padece. No es ese el caso de animales sanos cuya existencia incomoda o genera costos. Llamar eutanasia a lo que sería una eliminación administrativa es un recurso del lenguaje para volver aceptable lo que, de otro modo, sonaría brutal.

 Y aparece, finalmente, el argumento más pobre: desacreditar a quienes defienden la vida animal acusándolos de incoherencias en otros debates públicos. Eso no responde nada. Solo desvía la discusión. La pregunta aquí es concreta: si existen alternativas razonables a la matanza, ¿por qué escoger la muerte?

 Incluso la comunidad internacional podría intervenir con mayor seriedad. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente podría facilitar una estrategia multilateral de reubicación, cooperación técnica y financiación compartida. Si el mundo se moviliza para salvar especies amenazadas, también puede hacerlo para evitar sacrificios masivos cuando existen otras rutas

. El asunto de fondo es simple y profundo. La política, en su mejor sentido, no debería consistir en decidir qué vidas sobran, sino en crear soluciones donde otros solo ven eliminación. Los hipopótamos nos están formulando una pregunta incómoda: ¿somos capaces de corregir errores humanos sin volver a descargar la violencia sobre los más indefensos?

 La respuesta dirá mucho más sobre nosotros que sobre ellos. De este problema puede surgir también un proyecto pedagógico sobre la protección de la fauna propia. Muchos animales nuestros son capturados, traficados, arrancados de sus hábitats o convertidos en mascotas domésticas. Tal vez la discusión sobre los hipopótamos pueda servir, al menos, para despertar una conciencia más amplia sobre el deber humano de proteger toda forma de vida. 


Durante décadas no predominó la ecología, sino el medioambientalismo como discurso dominante impulsado desde múltiples organismos e instituciones, justamente en el período en que el neoliberalismo se consolidaba como visión hegemónica del mundo. La naturaleza comenzó a traducirse en recursos, servicios, indicadores, impactos y fórmulas de gestión. Se nos enseñó a administrar, compensar y rentabilizar, pero mucho menos a pensar la vida como valor en sí misma, la interdependencia entre especies o las responsabilidades éticas de la humanidad frente al mundo vivo. La ecología quedó