Hipopótamos II: la derrota de la ecología
Conozco ese
debate desde adentro. Lo conocí en los años en que dirigía educación ambiental,
en Minambiente, cuando todavía resonaba el escándalo de los animales traídos a
la hacienda de Escobar y comenzaba a imponerse, desde muchos organismos e
instituciones, una visión tecnocrática según la cual la naturaleza debía ser
administrada como inventario, problema de manejo o asunto de costos. Desde
entonces asumí que una cosa era el medio ambientalismo y otra muy distinta la
ecología.
Lo digo
ahora porque el país asiste, una vez más, al triunfo de la confusión.
Las
decisiones judiciales conocidas hasta hoy han salido a favor de lo que llaman
“eutanasia” de decenas de hipopótamos. El lenguaje vuelve a hacer de las suyas.
Se utiliza una palabra asociada al alivio del sufrimiento para nombrar lo que
en realidad es la eliminación programada de animales sanos que incomodan a la
burocracia, al presupuesto o a la incapacidad estatal de pensar soluciones
inteligentes. Una ampliación de aquello que hizo tanto daño cuando nacía el
Sistema Nacional Ambiental: el que contamina paga, un credo que
defendieron hasta la saciedad o la suciedad, la tecno burocracia.
Debe quedar
claro: No es eutanasia. Es matar animales con sello oficial.
Más decepcionante
aún resulta la posición del Ministerio que debería enfrentar este conflicto
desde una perspectiva de defensa de la vida. Un Ministerio que, por historia,
por responsabilidad y hasta por simbolismo político, tendría que estar del lado
de la imaginación ética, de la creatividad institucional y de la protección de
la vida, termina colocándose del lado de la muerte.
Se esperaba
una gran estrategia nacional e internacional: esterilización masiva,
reubicación gradual, convenios con zoológicos, santuarios y reservas del mundo,
cooperación técnica, pedagogía ciudadana y un debate amplio sobre la
responsabilidad humana. Se recibió, en cambio, la vieja receta burocrática:
reducir el problema eliminando a quienes no tienen voz.
Eso revela
algo más profundo.
Desde hace
décadas el discurso dominante no ha sido la ecología, sino el medio
ambientalismo impuesto desde múltiples organismos e instituciones, justamente
en la época en que el neoliberalismo se consolidaba como religión práctica del
mundo. La naturaleza comenzó a traducirse en recursos, indicadores, impactos,
costos, rentabilidad y fórmulas de gestión. Se nos enseñó a administrar,
compensar y calcular, pero mucho menos a pensar la vida como valor en sí misma.
El medio
ambientalismo administra la naturaleza. La ecología pregunta por la vida.
El primero
ve bosques en hectáreas, ríos en caudales y animales en variables de control.
La segunda entiende que compartimos el planeta con otras especies y que
nuestros errores no pueden resolverse descargando la violencia sobre los más
indefensos.
Por eso lo
ocurrido con los hipopótamos no es una victoria de la ciencia. Es una derrota
de la imaginación moral o acaso de la doble moral. Fracking no, pero
masacre de hipopótamos sí.
Porque
también conviene aclararlo: la ciencia no gobierna. La ciencia estudia,
advierte, calcula riesgos, propone escenarios. Las decisiones las toman
funcionarios, jueces, ministros y estructuras de poder atravesadas por
ideologías, prioridades presupuestales y limitaciones humanas. Invocar “la
ciencia” como si fuera una divinidad neutral es otra forma de esconder
responsabilidades políticas. Todo esto sucede mientras están reunido en Santa
Marta expertos, acaso científicos. Allí se discute cómo salvar el
planeta del petróleo; en el Magdalena Medio se decide matar animales para
administrar un problema creado por humanos.
Hagamos
entonces un ejercicio sencillo. Supongamos que la decisión no la toma un
ministerio, ni un tribunal, ni una oficina repleta de expertos que jamás han
mirado a los ojos a uno de esos animales. Supongamos que la toma un tribunal
compuesto por niñas y niños. Allí están sus hijos, hijas, nietos y nietas.
Escuchan los
hechos: los hipopótamos no llegaron solos. Fueron traídos por el capricho
criminal de una época en la que el dinero del narcotráfico compraba silencios,
tierras, animales exóticos y respetabilidad social. Luego fueron abandonados y
convertidos en problema público.
¿Qué
decidirían esos niños?
No conozco
uno solo que propusiera empezar por la muerte.
Propondrían
esterilizarlos, repartirlos entre reservas, zoológicos y santuarios del mundo,
trasladarlos gradualmente, buscar cooperación internacional y convertir este
episodio en una lección planetaria sobre responsabilidad humana. Preguntarían
cuánto cuesta todo eso. Y al saber que podría financiarse con lo que vale un
solo misil de los muchos que hoy se envían para matar niñas y niños en Gaza o
en Irán, comprenderían algo elemental: no faltan recursos, faltan prioridades.
Comprenderían
también algo más incómodo: los adultos hablan mucho de educación ambiental,
pero cuando llega la hora de enseñar con el ejemplo enseñan otra cosa. Enseñan
que la vida vale mientras no incomode. Que la compasión dura hasta donde
empieza el presupuesto. Que matar puede llamarse gestión. Que la impotencia
administrativa puede disfrazarse de sensatez.
Si la
educación ambiental —yo preferiría llamarla educación ecológica— no sirve para
defender la vida cuando la vida estorba, entonces sirve de muy poco.
Porque
proteger la naturaleza no consiste solo en sembrar árboles, reciclar botellas o
repetir consignas escolares. Consiste en decidir, frente a conflictos reales,
de qué lado estamos.
Hoy, frente
a los hipopótamos, demasiadas instituciones han escogido el lado equivocado. Y
quizá por eso convendría, por una vez, dejar votar a los niños, a la niñas, a las mujeres.
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