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martes, 13 de mayo de 2025

Reseña de Corazón Loco

 


Reseña Corazón Loco: Yo soy yo y mis emociones

E Book  y Libro  Impreso 

 Corazón Loco es mucho más que el testimonio de una experiencia médica; es una obra que se ubica en la frontera entre la crónica literaria, el ensayo emocional y la escritura terapéutica. Tras una cirugía a corazón abierto, el autor no solo sobrevive: escribe. Y en ese acto de escribir, no busca sanar al lector, sino comprenderse a sí mismo. Este libro es, en esencia, una muestra poderosa de lo que significa la escritura como forma de terapia, como dispositivo de reconstrucción del yo tras el quiebre físico y emocional.

Lejos de la lógica convencional de la autoayuda, Solarte Lindo se desliza por las zonas ambiguas del miedo, la tristeza y la vulnerabilidad, sin convertirlas en mercancía emocional. El texto no receta ni aconseja: simplemente expone, interroga, revive. En ese sentido, no es un libro que se lee con distancia, sino que interpela directamente al lector desde su humanidad compartida.

Corazón Loco de Guillermo Solarte Lindo dialoga con los estudios de la medicina narrativa, la psicología narrativa, la sociología del cuerpo y la escritura testimonial, ofreciendo una voz singular dentro del campo interdisciplinario que cruza salud, literatura y emociones. Su valor radica en cómo, desde lo íntimo, logra abrir preguntas universales: ¿cómo narramos el dolor?, ¿cómo se reorganiza la identidad después del colapso?, ¿qué papel juega el lenguaje cuando el cuerpo ya no responde?

Esta obra resulta especialmente relevante para académicos, terapeutas, médicos humanistas y estudiantes de ciencias sociales o humanas que exploren los vínculos entre narración, subjetividad y resiliencia.

Esta historia puede ser  de interés  entre lectores, profesionales de la salud y, por supuesto, periodistas interesados en temas de cultura, emociones, salud o literatura del yo.

📘 Enlace al libro en Amazon:
https://www.amazon.com/dp/B0F6KTL9WJ
               
Contacto  con el autor

gsoloarte@gmail.com ,

wsp 57-3123794727


jueves, 5 de mayo de 2016

Un dia en Shoreditch, arte urbano en Londres



Shoreditch: septiembre 2015

No eran todavia  las diez de la mañana cuando salimos de Clapham. Tomamos el autobus 344 que nos llevaria a Shoderich . Subí al segundo piso, queria mirar desde allí  otra vez este Londres que siempre tiene algo que me atrae, que me anima a hacer algo distinto de ser turista. Mientras viajo intento recordar las veces que he venido aqui y las razones para hacerlo. Son muchas. La atraccion que esta ciudad ejerce sobre mi es un misterio. Siempre está presente la musica y siempre, tambien, esa extraña sensacion de que las cosas no cambian. Que la ciudad es, en esencia,  la misma que visité por primera vez en 1971.

En esta ocasión la idea era buscar entre paredes londinenses nuevas formas de expresión. Me ilusionaba. caminar en busca de algo, tiene más atractivos que hacerlo sin ningún sentido. Queria buscar  por las calles de Londres a Banksy y encontré una galería de buenos de artistas que llenaban algunas de las paredes de la zona de  Shoreditch, allí estaban presentes: Pang, Stik, Roa, Phlegm, Cranio, Bambi, Otto Schade, grandes todos, una larga lista de artistas que mostraban que el asunto era serio. Usando distintas técnicas, distintas visiones del arte construyen poco a poco una escena menos monótona de la calle. De lo publico.

Unos años antes, había hecho  parte de este recorrido buscando las huellas de Jack the ripper. Los londinenses llenan de misterio algunas cosas que terminan convirtiéndose en atractivo turístico. Nadie supo quién era Jack y hasta ahora muy pocos conocen quien es Banksy. El enigma parece dar a los personajes un toque british que los distingue. De Jack ya hablé en otra crónica.

El  arte urbano  de ese sector de Londres era el propósito. Algunos ubican este proceso en lo que denominan "gentrification" del sector y lo enlazan con lo que puede entenderse como la revalorización de una zona a partir de la cultura ; en este caso, el arte de calle, que es también fuente de dinamización económica en tanto, creo, atrae turismo. Tampoco es el propósito de este escrito dilucidar el sentido de este proceso. Hago referencia a él en tanto la cultura avanza creando y también re escribiendo sus propias dinámicas. Entiendo la cultura como la huella nuestra en el planeta: desde las cuevas de Altamira hasta los muros de las calles, serán testimonio durante siglos de la angustia, ansiedad, alegria o  tristeza que nos anima.

Hacia algo de frio, se iniciaba el otoño. Bajamos del autobús y caminamos por la calle Commercial St, my cerca y en una calle, de cuyo nombre no alacnzo a acordarme,estaban dos chicas jóvenes, cada una subida en una escalera; pintaban dos grandes murales que anunciaban que la calidad iba a ser parte de este paseo. Las estuve observando unos minutos. No tenían más de 25 años. Cuando me acerque, la más joven bajo de la escalera y se alejó, se distanció, la otra continúo en la parte alta de su escalera culminando su tarea. Amigas con dos estilos distintos le daban color y sentido a una pared muerta que ahora, dibujada por estas grandes artistas,  será alegría para muchos. El mural de Pang me hizo recordar a Goya y su pintura negra.

Me pregunto ¿Es la ciudad un museo para sus habitantes y en ella todos pueden encontrar un lugar para su expresión? Si, en tanto lo que se hace, se pinta, se canta, se escribe es producto del talento, del esfuerzo, del oficio.
Las dos chicas  trabajan y nos regalan el esfuerzo de ese trabajo. El paisaje, ya transformado, atrae y obliga a preguntarse, por el sentido del arte, por la idea de que el artista comunica para hacer de la vida una aventura de la imaginación. Una forma de mostrar que no estamos sólo en manos de los vendedores. Un aviso, abra los ojos no hay sólo vitrinas.En síntesis: arte que, como todo arte, transforma y por eso mismo libera. El arte  se presenta también como ruptura: es propiedad de todos. Nos pertenece. Es publico. Diría que La Ciudad Museo, La Ciudad Galería, la Ciudad Escenario es una aventura que  no se puede detener. La calidad de lo que allí acontece es asunto del artista, de la conciencia clara de este, de que solo el trabajo y la dedicación y la calidad le garantiza un lugar en la historia del arte.



Como les decía Pang bajó de la escalera y desapareció. Pensé en ella al regreso a Bogotá. Mi ingles en ese momento limitó a muy poco mi conversación. A casi nada. Recuerdo no solo su pintura, también el momento preciso en que la realizaba. Me emocionó. Tenia un pequeño papel en la mano, que miraba detenidamente. Era el boceto de lo que hacia en la pared. Lo consultaba y volvía a su tarea ;  de forma religiosa lo retocaba hasta la perfección.

Avancé con Lina mi compañera de aventura. Tomaba fotos de todo lo que había en las paredes. Salía un hombre de un lugar le preguntamos si conocía algún Banksy en el sector. Nos respondió: "los hay muchos mejores".

Continuamos nuestro  camino y en una de las puertas estaba esta pintura de Otto Schade que expresaba con fuerza la condena a la que están sometidos los niños y niñas, la esclavitud moderna, la violencia. La mente se llenó de referencias, los millones de niños explotados  que trabajan encadenados a una ilusión de libertad y cuya labor siempre mal remunerada y en condiciones de cruel explotación se vende en forma de grandes marcas en las capitales de la opulencia.

La referencia a Apple en el suelo y en la mitad de los dos niños  me obliga a preguntarme¿Sera  esa la manzana de  Discordia?  O una referencia, quizás, a que la tecnología está en los campos de batalla y más que un juego, es un destino fatal? Los dos niños juegan, encadenados en medio de los bombardeos, a piedra, tijera, papel y la niña sale derrotada con la tijera en la mano ante la roca del niño ¿una referencia al machismo? Me intereso por la interpretación de lo que allí veo. Pienso en mil cosas, mirando la pintura, pero no las anoto. Me atrae la capacidad critica, cuando la tiene, del arte callejero, de los murales. Recuerdo los miles de niños que en Colombia sufren la guerra y vuelvo a sentir desprecio por los políticos:  han pasado miles de muertos y décadas sin solucionar el problema. La política en Colombia y especialmente los políticos perdieron el rumbo y van, en medio de su egocentrismo, prometiendo estupideces. Sigo mi camino y encuentro: Dont shot, dont shot, dont shot La guerra o la muerte esta también presente en la mirada critica de esta pintura de Bambi. El texto que acompaña la obra dice
“You abuse your powers again and again
Another innocent unarmed soul is murdered in your name
Filthy blue lies flow and flow
You shot him six times for just jaywalking home
Left in a pool of blood on the street
But you think it’s just another day on the beat
Come on justice must be done or anarchy will bite you on the bum  Bambi”
Como leí con posterioridad, la imagen tiene referencias a Obama y también al poder en general, a Elvis en la versión  Warhol. Dicen que Bambi es la mujer de Banksy, tampoco allí el rumor  alcanza a confirmarse. Dicen que la imagen es la de Obama con un pie sobre la calavera de sus muertos, de los muertos de sus guerras.


De cada pintura, de cada obra, decimos  lo que ellas provocan. Hay unas que no dicen mucho. Otras dicen todo. Algunas  se debaten entre el diseño y la nada. El paseo por esta calles se alarga. Tomo fotos aquí y allá.Mi entuisasmo aumenta en la medida que descubro diversidad de propuetas.

Esto es un galeria  abierta en donde no es prohibido tomar fotos. Un museo encantado que tiene  la increíble posibilidad de desaparecer. De ser saboteado,  por el poder si el artista es critico. La diversidad expresada en mil miradas. La ironía como expresión critica. La imagen como forma de  la critica. Retratos de famosos, de hombres de la historia. Del cine. Del poder.

Mil imágenes al aire libre hacen mas que miles de palabras. La calle ya no està en silencio. Las paredes hablan. Se transito de forma consecuente con la dinámica de la sociedad: no solo la palabra escrita es precisa. No solo de ella dependemos para conocer lo que sucede o lo que somos. Hay en la imagen de estas paredes algo profundo que rescata el sentido de lo publico.


De aquella ágora griega de la que tanto nos hablaron se esta transitando a una escena distinta. Del grafiti de los 60, de aquel mayo 68, de las paredes que hablaban y que decían todo, estamos siendo invitados a no solo pedir lo imposible, sino también  a mirar lo imposible: la ciudad del futuro cambia su concepción de lo publico, pero exisste un peligro: convertir espacios urbanos en  parque de diversiones, en  parques tematicos para el consumo de turistas distraidos . Pero la ciudad es cultura en ebullicion. Es Cultura en proceso de conformacion. El arte es parte fundacional de lo que somos.

Los artistas, los verdaderos, luchan como siempre por  su reconocimiento. Hay otros que apenas rayan sin sentido, otros que copian, otros que intentan inventar y fracasan. Muchos buscan en la calle el lugar que les ha negado la red de galerías comerciales. Muchos otros  batallan porque su obra sea parte de la historia del arte.Y lo logran. Ya el proceso no puede ser desconocido: La vida de la ciudad cambia, pero ya se anuncia algo que,  como se preguntaría y se respondería el poeta por allá en el siglo XVI, no tiene reversa : ¿ Quien hace de piedras pan sin ser el dios verdadero? El dinero, poderoso caballero que compra ilusiones y las convierte en mercancías. Ya Banksy vende. La dinamica pareciera anunciar que todo, al tener un precio sera comprado.

Pero el poder no puede intervenir en la creacion. No puede reglamentar. El arte no se reglamenta. No le pueden indicar al artista  que hacer ni donde hacerlo. Solo el o ella pueden. Su calidad servirá como medio de autorregulación. El peligro de la intervención del gobierno en este tipo de procesos, es  la censura o la cooptacion. No puedes hablar del que te permite algo. El poder lo sabe y por eso avanza hacia la formalización del arte callejero. Hacia su destrucción como expresion critica del poder, de la violencia, del capital.

La dinámica de la historia habla de la manera como el poder absorbe aquello que lo cuestiona en este sentido : Lo vuelve moda, Lo empaca y lo vende al mejor postor. El poder dará el visto bueno a todo lo que le pertenece. El proceso de critica se ira poco a poco convirtiendo en algo limpio. En algo políticamente correcto. En algo que se ajusta a las reglas del mercado.


Las paredes pintadas, en ese transito hacia la aceptación por parte  del poder, irán ocultando su capacidad critica:



Algunas de las foto de  obras encontradas en ese camino por el Shoderich las dejo como parte de este escrito. Ellas hablan solas:






















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viernes, 11 de septiembre de 2015

Blown Up -Cartografía de unos dias en Londres



Viajé con la mente ocupada de imágenes que iban y venían como un hermoso déjà vu. Lecturas que se confundían con episodios del pasado y escenas frágiles que llegaban borrosas, de orígenes desconocidos. Momentos fugaces de mis primeros pasos por el Londres de comienzos de los setenta se entrelazaban con fragmentos del libro London de Edward Rutherfurd que acababa de terminar. Allí comprendí el significado del Támesis para la ciudad y sus primeros habitantes. La confusión y el miedo a los aviones me debilitaban. Solo pensaba en llegar, recorrer el tramo desde Heathrow hasta Northcote Road y descansar de la angustia que produce estar encerrado en una inmensa y estruendosa caja de metal, siempre a punto de caer.

Llegué. El avión, por una inmensa generosidad del piloto, sobrevoló todo Londres, desde la desembocadura del Támesis hasta el aeropuerto. La ciudad estaba hermosa, el día era azul y el cielo londinense no era un obstáculo para verla de extremo a extremo. En este viaje, entre mil cosas más, quería redescubrir la realidad que Michelangelo Antonioni había creado en 1966 sobre la ficción real que Julio Cortázar escribió en París. La adaptación de Blow Up parecía precisa: ampliar una foto. Los cambios que el director italiano había hecho eran claves para volverla una historia cinematográficamente atractiva. El Londres de aquel entonces era el lugar de Europa donde todo sucedía; París ya no era una fiesta, o para muchos, como yo, era una fiesta aburrida tres años antes del Mayo del 68. Pero eso es otra historia.

Hace tiempo prometí volver a recorrer los pasos del fotógrafo que, sin querer, había descubierto el asesinato de un hombre de unos cincuenta años. Mis obsesiones me hicieron soñar varias veces con las escenas del parque. También vi la película no menos de seis veces. Salí en la mañana en busca de un mapa de Londres. Ya sabía el nombre del parque y pensé en trazar una ruta precisa hacia él. Bajé por Northcote Road y en una librería cerca de Clapham Junction, compré el mapa. Me senté en el café Costa a examinarlo, identificando los lugares que formarían parte de esta historia.

Al mirar el mapa, volví a mi pasado en esa ciudad: descubrí las dificultades que tenía para orientarme. Con el dedo recorrí el mapa como si lo tocara, acariciándolo. Allí estaba el lugar donde había visto el concierto de Pink Floyd en 1981, The Wall, y vino a mi memoria el Earls Court Exhibition, el sitio de aquel concierto que se convirtió con el tiempo en un hito del rock. Recordé Zeppelin, Wings en Hammersmith Odeón, y deslicé el dedo hacia el sur hasta llegar al Royal Albert Hall, donde había visto a Clapton y Morrison, Dylan. Me detuve en Carnaby Street, un icono de los sesenta que se había convertido en una sosa y poco atractiva calle ocupada por almacenes sin encanto. La invasión de las marcas y el dominio de ellas sobre el diseño revolucionario redujeron el comercio a la compra por la compra. En Londres pasa algo de esto: la ropa punk o la hippie ya no son modas transgresoras, son solo estilos o estéticas que se pueden consumir sin ningún temor.

Desperté de mi letargo al acercarse a mi mesa una mujer de unos 80 años, inglesa, que me miró y me dijo: “la vida sucede sin peligros”. Quise entablar una pequeña conversación, pero ella me miró fijamente y se fue. Podría ser un personaje del libro de Rutherfurd pero no de la película de Antonioni. Me distraje pensando que los seres humanos somos nuestros propios antepasados y que ella bien podría ser de la familia de aquel druida que era consultado por los primeros habitantes de Londinium, antes de lo que se conoce como la fundación romana de la ciudad hace más de dos mil años. Su rostro me era familiar, es posible que lo hubiese visto en alguna película inglesa. Tenía más parecido a Glenda que a Vanessa. Pelo corto de color castaño claro, ojos color miel y un rostro de fuertes líneas que se diluía en una mirada amenazante. Pensé en ella durante un largo rato. Salí sin lograr escapar de su recuerdo.


Al día siguiente la busqué, suponiendo que llegaría a la misma hora, y así fue. Me miró con desprecio y, cuando intenté acercarme, su mirada fría me advirtió del peligro. No insistí. Extendí el mapa sobre la mesa y tracé la ruta entre Clapham y Greenwich, donde se encuentra Maryon Park. Mi memoria no me permitía recordar toda la película con precisión, por lo que decidí volver a verla; tenía dudas que podrían hacerme perder el viaje hasta el lugar. No sabía con exactitud si la tienda de antigüedades que aparece en la película quedaba en el mismo sitio o había sido un montaje, ni si los mimos jugaban tenis exactamente en ese parque. Tomé lentamente el café y decidí que esa noche iría al pub Bedford.

Cuando levanté la cabeza, pensando que era la mesera para cobrarme, la anciana inglesa estaba parada frente a mí, luciendo un vestido azul y un sombrero del mismo color. Me miró fijamente, se inclinó, colocó su mano derecha sobre la mesa y me dijo: “la vida sucede sin peligros”, luego salió rápidamente, escapando de mi curiosidad. No intenté nada, sabía que era inútil.

El Bedford parecía el mismo, conservando el esplendor de aquellos años en que lo conocí. No estaba lleno. Un grupo grande, principalmente ingleses, estaba fuera con un vaso de cerveza y un cigarrillo. La escena, ahora común en la ciudad, reflejaba cómo la prohibición del tabaco había ampliado las fronteras del pub hasta los andenes, de la misma forma que el verano extiende el día hasta las diez de la noche. Quizás el mayor peligro que enfrenta Londres es convertirse en tierra caliente; medio mundo vendría a vivir aquí.

Pedí media pinta de Stella Artois y reflexioné sobre cómo mis obsesiones habían cambiado; no solo estaba en mi mente el fotógrafo de Blow Up, sino también esta mujer, que generaba cada vez más intriga y algo de suspenso. No sabía qué pasaría con ella, dónde estaba en ese momento, ni si volvería a encontrarla. La imagen de su blanca mano, cruzada por venas profundamente azules que parecían a punto de reventar, permanecía conmigo mientras terminaba esta cerveza. October cantaba en el fondo, acompañando mi divagar londinense; el vino del almuerzo y la cerveza hacían el resto.

Extrañé a los Yardbirds, especialmente la escena de Blow Up: el ritmo, la voz, la guitarra, la batería, todo indicaba que las cosas empezaban bien en esos años. Ese afán por la perfección llevó a Jeff Beck a romper una guitarra en público. Otros podrían ver en el acto una protesta contra la pasividad del público. Luego, en la película, los trozos de la guitarra son recogidos en la trifulca por el fotógrafo, quien al salir los arroja. Antonioni nos regala en toda la película escenas para la especulación simbólica. Pero eso no es lo que deseo ahora.

Hoy supe que David Hemmings, el fotógrafo de la película, había muerto y me entristecí como cuando muere un amigo, un amigo desconocido como los mejores amigos. No llegó a los setenta; un ataque al corazón lo mató hace cerca de siete años en un set de filmación, de la misma manera que mueren los que aman lo que hacen. Supe que había trabajado en Gangs of New York pero ya no lo reconocí; los años no habían pasado en vano. En ese film, DiCaprio se parecía más al Hemmings de Blow Up que el propio David.


En el Bedford, mientras October se esforzaba por no parecer Joss Stone, sus pies descalzos la delataban. Su voz alegre y su presencia establecían un diálogo con el público que no alcancé a entender. Salimos por la puerta trasera y nos encontramos en una amplia sala de baile. Allí bailamos hasta descubrir que las cuatro parejas presentes estaban en una clase de Foxtrot, avanzando y retrocediendo en una versión lenta del baile, deslizándose y girando, lo que hizo imposible no recordar la escena de Brando con María Schneider en El Último Tango en París.

Salimos sin rumbo fijo. Al menos yo, absorbido por mi obsesión, no estaba en capacidad de planear algo. No me interesaba. Al llegar a casa, me senté en las escaleras de la entrada para fumar un largo habano, dejándome llevar por mi más reciente pasión: reescribir historias que permanecían de forma borrosa en mi mente pero cuya fuerza me impedía escapar de ellas. El cine es una fuente inagotable de estas historias. La música es el puente que las conecta con mi realidad. También recordé que Keith Relf, el cantante de los Yardbirds, el rubio que cantó de manera impecable "Stroll On" en la película, murió electrocutado en 1976 mientras tocaba su guitarra.

La tarde me arrastró, de la mano de un sol resplandeciente, hacia una noche corta. Desfilaban frente a mí imágenes musicalizadas con "I'm So Tired" de Lennon y McCartney, reforzando una vieja idea que me rondaba: los Beatles fueron cronistas de una época, los años 60 y 70, y de una Inglaterra repleta de imágenes como "Penny Lane", "Lovely Rita", "Eleanor Rigby", "Michelle". Crónicas de personajes que debieron cruzarse por sus vidas de forma inesperada, instantes fugaces convertidos en iconos musicales de este país y exportados con éxito a todo el mundo.

El cigarro se consumía, un hombre pasó y me miró: "¡Nice cigar!", dijo, y sonreí. Lo observé alejarse al ritmo tarareado de "The Benefit of Mr. Kite", desapareciendo y dejando una estela de colores en la que naufragaba un submarino amarillo. Sin saber cómo, me sumergí con él en imágenes que parecían la carátula de un disco de aquellos años. Me hundí en ella, recordé que en algún sueño había aprendido a volar y lo hice, entrando en una inmensa foto ampliada, liberándome de los miedos.

Me acerco lentamente a la entrada del parque Maryon; la tienda de antigüedades ha desaparecido. En su lugar han construido un grupo de casas horrendas que no reflejan nada de Londres y que opacan la vista de una ciudad que amo. Subo las escaleras de entrada y busco afanosamente el lugar. Los árboles, los mismos pero treinta años más viejos, rodean exactamente el sitio donde Vanessa se besa con el hombre que es asesinado en el laboratorio fotográfico de David. Camino lentamente hacia el fondo; las imágenes de la película se fusionan con la realidad. Mi cámara busca el mismo ángulo, la misma luz, el mismo fondo; disparo más de mil fotos en fracción de minutos. El parque es silencioso, no se ven pájaros, no hay ruido, parece un homenaje a una película de cine mudo.

Me inclino en el lugar exacto donde, hace cerca de 35 años, yacía el hombre muerto. Busco como un aprendiz de arqueólogo forense algún rastro, una huella que me diga algo, que rescate la historia de un final sumido en dudas. Paso suavemente la mano sobre la hierba; una fuerza extraña me hace recorrerla y con la mano dibujo una figura humana.


Corro hacia la cancha de tenis y allí están, petrificados, los mimos jugando un partido de tenis sin final, congelados en la mirada de los transeúntes como estatuas de sal, de hielo. La pelota suspendida en el aire en el preciso momento del match point sugiere que el partido no tendrá ganadores. Intento comprender el fenómeno de suspensión de la pelota y miro hacia arriba; nada físico parece detenerla. Giro la cabeza para observar a los mimos: el hombre está en suspenso esperando que la bola caiga, su raqueta parece preparada para dar un revés; la mujer, que acaba de dar el golpe, esboza una ligera sonrisa, sus ojos bien abiertos muestran algo de sorpresa y parece disculparse por un golpe torpe que dirige la bola hacia afuera.

Reflexiono sobre el hombre que yace en el piso y vuelvo al lugar. Un hombre negro cruza nuestro camino, lleva unos auriculares que lo aíslan del mundo. Ríe, parece que flota en su propia alegría. Consulto el mapa del parque, me detengo y noto que el nombre del parque es Blow Up; imagino que lo han cambiado en homenaje a la película o en honor a Antonioni. Una camioneta se acerca rápidamente. Avanzo hacia la parte alta del parque, como si huyera. Volteo de nuevo a mirar hacia la cancha y veo que los mimos se están subiendo en la camioneta. Les hago adiós con la mano en respuesta a las muchas manos que se despiden de mí como si fuese el final