miércoles, 7 de octubre de 2026

 

 

        

Mini columna

Guillermo Solarte Lindo


         
El pájaro que sabe cantar y no quiere

A veces —o casi siempre— nos sucede eso: somos el pájaro que sabe cantar y no quiere hacerlo. O elegimos cantar loas al que triunfa y, desde ese triunfo, nos silencia. No pocas veces el canto es desafinado por la ignorancia inducida o por los intereses propios.

El poder, que sabe cantar, provoca y usa los medios para cantar o divulgar los himnos militares que ensordecen o que, a las seis de la tarde, nos obligan a un patriotismo armado o a uno del balón desinflado.

Nos cantó el grito de la batalla cultural y con eso montó otra falsa tramoya. Nos cantó que la cultura es solo Caro y Cuervo, la Biblioteca o el Ministerio. Pero la batalla cultural también es la idea de esconder, bajo un lenguaje culturalista, la batalla verdadera: aquella que se libra alrededor de los principios culturales que guían la vida humana hacia el bien común.

Los misiles —o las ojivas— de la batalla planteada están en la economía, la educación, la naturaleza y, claro —o no tan claro—, en el sentido común. Si la batalla se libra allí, entiendo que los primeros dominios que quieren alcanzar son el Banco de la República, Ecopetrol y la DIAN le gusta el tintineo de las monedas. Se regocijan con el.

Desde allí, y no solo desde allí, se defenderá la militarización como soporte de la ya declarada guerra contra todo aquel que se niegue a someterse o a declinar su resistencia a cambio de una transacción presupuestal. El presupuesto como esa inmensa zanahoria que se pudre en la corrupción.

La batalla cultural es contra palabras como desigualdad, naturaleza, sostenibilidad, derechos, Estado de bienestar e igualdad, honestidad y contra cualquier atisbo de verdadera libertad.

Los movimientos han sido claros: ocupar los espacios donde la economía, la educación, el medioambiente y los ingresos se legitiman. Y, claro, subir al podio de las virtudes el armamentismo. Que el presidente tome las armas para dictar que es natural estar armado legalmente.

El pájaro sabe cantar, pero prefiere callar o cantar el coro que ellos quieren  que cantemos.

Armaos los unos contra los otros para entrar al cielo de los muertos.

 

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