Doctrina envenenada
Guillermo Solarte Lindo
Desde la
cruz, y mucho antes, los doctrinarios envenenaron las doctrinas con armas y
mentiras. Hicieron de las ideas un fértil campo de guerra y avanzaron sobre los
demás como si fueran sus enemigos a muerte. Construyeron un escudo cubierto de
dogmas y se volvieron intocables
Pensadores y
caudillos fueron convertidos en iconos y mesías. Cada doctrina encontró un
libro y levantó un símbolo. El cristianismo tuvo la Biblia y la cruz; el
marxismo, El manifiesto comunista y la hoz y el martillo; el anarquismo,
¿Qué es la propiedad? y la bandera negra; el fascismo, La doctrina
del fascismo y el haz de varas con el hacha; el nazismo, Mi lucha y
la esvástica; el falangismo, sus Veintisiete puntos y el yugo y las
flechas. El islamismo revolucionario tuvo en Hitos en el camino un texto
y convirtió símbolos religiosos en banderas políticas.
Después
vinieron los tribunales, las hogueras, las cárceles, los paredones, los campos
de concentración y las fosas comunes. Se torturó para obtener confesiones, se
condenó al hambre para conseguir obediencia, se bombardearon ciudades, se
llenaron trenes y se construyeron cámaras de gas y hornos crematorios. La crueldad
dejó de ser exceso y se convirtió en método.
La
Inquisición castiga en nombre de Dios; el Gulag, en nombre de la revolución; el
nazismo extermina en nombre de la raza. Hiroshima y Nagasaki introducen otra
legitimación: hacerlo porque “funciona”. Matar para terminar la guerra.
Destruir dos ciudades para evitar una destrucción mayor. La eficacia comenzó a
absolver la crueldad.
Armas y
mentiras no desaparecieron: se perfeccionaron. Las armas se volvieron
armamentismo y militarización; las mentiras se hicieron propaganda y compraron
medios. Unas ocuparon territorios; las otras, el lenguaje. Ya no bastó derrotar
al enemigo: fue necesario nombrarlo y convertirlo en amenaza. La batalla
cultural hizo de las palabras otro armamento y del sentido común el territorio
por conquistar.
Si la bomba
nuclear culminó las armas, la mentira culminó al convencernos de que no existe
alternativa: que la guerra garantiza la paz, el crecimiento puede ser infinito,
la competencia nos mejora, el dinero mide nuestro valor y el éxito justifica
los medios. La mentira dejó de ocultar la verdad: comenzó a fabricarla.
Para este
pragmatismo, el dinero es Dios; el éxito, la señal de su gracia; la
competencia, su mandamiento; el mercado, el tribunal que separa elegidos de
perdedores. La riqueza se vuelve virtud y la pobreza, culpa. No importa cómo se
alcanzó la cima: llegar demuestra que se tenía razón.
La Doctrina
de la Seguridad Nacional convirtió el orden en verdad, al enemigo interno en
hereje y a las Fuerzas Armadas en primer argumento. En nombre de la seguridad justificó
golpes de Estado, persecuciones, torturas, desapariciones y guerras contra la
población.
La
democracia y los derechos humanos también se volvieron credo: las urnas fueron
su símbolo; la Declaración Universal, su texto. En su nombre se invadieron
países, se protegieron dictaduras y se desconocieron elecciones. La democracia
quedó reducida a votar y los derechos humanos dependieron de quién fuera la
víctima. La mentira consistió en proclamarlos universales y aplicarlos según la
conveniencia.

