Mini columna
Guillermo Solarte Lindo
El pájaro que sabe cantar y no
quiere
A veces —o
casi siempre— nos sucede eso: somos el pájaro que sabe cantar y no quiere
hacerlo. O elegimos cantar loas al que triunfa y, desde ese triunfo, nos
silencia. No pocas veces el canto es desafinado por la ignorancia inducida o
por los intereses propios.
El poder,
que sabe cantar, provoca y usa los medios para cantar o divulgar los himnos
militares que ensordecen o que, a las seis de la tarde, nos obligan a un
patriotismo armado o a uno del balón desinflado.
Nos cantó el
grito de la batalla cultural y con eso montó otra falsa tramoya. Nos cantó que
la cultura es solo Caro y Cuervo, la Biblioteca o el Ministerio. Pero la
batalla cultural también es la idea de esconder, bajo un lenguaje culturalista,
la batalla verdadera: aquella que se libra alrededor de los principios
culturales que guían la vida humana hacia el bien común.
Los misiles
—o las ojivas— de la batalla planteada están en la economía, la educación, la
naturaleza y, claro —o no tan claro—, en el sentido común. Si la batalla se
libra allí, entiendo que los primeros dominios que quieren alcanzar son el
Banco de la República, Ecopetrol y la DIAN le gusta el tintineo de las monedas.
Se regocijan con el.
Desde allí,
y no solo desde allí, se defenderá la militarización como soporte de la ya
declarada guerra contra todo aquel que se niegue a someterse o a declinar su
resistencia a cambio de una transacción presupuestal. El presupuesto como esa
inmensa zanahoria que se pudre en la corrupción.
La batalla
cultural es contra palabras como desigualdad, naturaleza, sostenibilidad,
derechos, Estado de bienestar e igualdad, honestidad y contra cualquier atisbo
de verdadera libertad.
Los
movimientos han sido claros: ocupar los espacios donde la economía, la
educación, el medioambiente y los ingresos se legitiman. Y, claro, subir al
podio de las virtudes el armamentismo. Que el presidente tome las armas para
dictar que es natural estar armado legalmente.
El pájaro
sabe cantar, pero prefiere callar o cantar el coro que ellos quieren que
cantemos.
Armaos los
unos contra los otros para entrar al cielo de los muertos.
