La campaña electoral como campo de batalla
Guillermo
Solarte Lindo
Colombia vive momentos electorales similares a los que
se llevan a cabo en varios países. Los tiempos actuales parecen reafirmar que
vivimos una elección continua. El ciudadano transitó de consumidor a elector en
un mercado de votos en donde los extremos venden mucho más que los moderados o
los matices. Desparecido el comunismo, nos queda el capitalismo electoral como
punto culminante del ejercicio político. La idea de la polarización como motor
que impulsa las emociones ya es parte fundamental del electoralismo reinante,
tanto como las encuestas. Este texto busca abrir un espacio en la deliberación
y dejar el menos una pregunta en el aire. ¿Es posible rescatar la democracia de
los vendedores de emociones?
I
Definidos los competidores, la campaña deja de ser un
proceso abierto y se transforma en otra cosa: un campo de batalla. O un estadio
lleno de fanáticos que gritan insultos a los contrarios, a quienes han
declarado sus enemigos, y al árbitro, que siempre estará en su contra y que se
convierte, sin querer, en factor de odio.
No es una metáfora exagerada. Es una descripción de su
funcionamiento. Los candidatos dejan de ser interlocutores que buscan persuadir
y pasan a ser contendores que deben imponerse. La política se desplaza, casi
sin que se note, del terreno de la deliberación al de la confrontación
organizada. Se abren trincheras mediáticas; desde allí se hace circular todo
tipo de información, desde las encuestas hasta las columnas de opinión
fabricadas con la única intención de orientar el voto. Ya lo decía: la encuesta
es el dispositivo más eficaz para la tarea de inducción al voto útil. Para unos
y para otros, la información que de allí emerge se convierte en el tema
central. La encuesta alimenta las campañas y define a los contrincantes
finales.
Ese desplazamiento no ocurre por accidente. Está
diseñado.
Los estrategas no improvisan. Se alimentan de las
encuestas y replican fórmulas que han demostrado eficacia. Recomiendan a sus
clientes desde el peinado hasta la forma de vestir y hablar. Estructuran
narrativas de fácil comprensión para la mayoría y las hacen circular como
verdades; en síntesis, mensajes que muchas veces no dicen nada, pero producen
reacciones emocionales que aumentan la belicosidad de las respuestas. Los
estrategas, y también los expertos, son llamados a dar una apariencia de
cientificidad estadística a los datos que salen de la encuesta.
Miles de titulares políticos se construyen sobre
muestras de apenas tres o cuatro mil personas. A veces, un candidato que
“lidera” una encuesta representa realmente la opinión de solo unos pocos
cientos de entrevistados.
Pero convertidos en gráficos y porcentajes, esos datos terminan moldeando
percepciones y fabricando ganadores anticipados.
Durante estos seis últimos meses hemos escuchado una
especulación estadística que se repite cada vez que aparece una encuesta: que
subió Cepeda, que bajó Paloma, que se mantiene Abelardo. Llega un momento en
que producen tal confusión que muchos terminan pensando que todos están
empatados. La fuerza de lo que dicen o proponen queda legitimada por pequeñas
muestras estadísticas, consolidando así una gran ficción: la opinión de
periodistas y expertos convertida en información incuestionable.
Los estrategas, y también los medios y sus
periodistas, observan el clima social, lo reducen a un conjunto de reacciones
previsibles y, a partir de ahí, impulsan la campaña. No trabajan sobre los
problemas en sí, sino sobre la manera en que esos problemas pueden ser
percibidos. Identifican lo que produce miedo, lo que genera rechazo, lo que
alimenta frustración, y orientan la discusión en esa dirección. Se respaldan
además en estadísticas que dan a sus narrativas un toque de veracidad. La
manipulación sutil del deseo y de la necesidad.
Todo pareciera darle la razón a Winston Churchill
cuando afirmaba: “Solo creo en las estadísticas que yo mismo he manipulado”.
Una síntesis exacta de lo que muchos candidatos piensan y de lo que estrategas
y expertos ocultan. Saben también que, como decía William Ruckelshaus, “si
torturas los datos lo suficiente, confesarán cualquier cosa”. En ese ejercicio
han estado periodistas, analistas y expertos de los medios: exprimiendo los
datos para que muestren aquello que desean instalar. Parafraseando a un famoso
humorista: “La estadística es la única
ciencia donde distintos expertos, periodistas o estrategas, con los mismos
datos, pueden defender conclusiones opuestas”.
Las campañas son el resultado de todo esto y de la
articulación eficaz entre medios de comunicación, periodistas, expertos en
comunicación política y, por supuesto, los candidatos, que en su gran mayoría
piden visibilidad. Buscan ser noticia, quieren que su presencia produzca
titulares. En síntesis: la campaña convertida en espectáculo mediático. En este
escenario, las encuestas ocupan un lugar privilegiado. Reemplazan la
deliberación política sobre los asuntos centrales por la discusión incesante de
porcentajes de favorabilidad o rechazo de quienes participan en la carrera
electoral.
Y en ese desplazamiento continuo, casi imperceptible,
ocurre algo más profundo: la política termina siendo apropiada por quienes la
administran como técnica de poder y, al mismo tiempo, expropiada de quienes
deberían ejercerla. El ciudadano —el pueblo, en el sentido más pleno de la
palabra— es reducido a su mínima expresión: un votante. Se le convoca no a
pensar, no a debatir, no a dialogar, sino simplemente a elegir. Toda gira
alrededor de la elección, del voto, de la democracia electoral convertida en
horizonte casi exclusivo de la política.
La política deja entonces de ser un ejercicio
cotidiano de construcción colectiva y se transforma en un acto episódico,
medido en porcentajes y decidido en urnas. Entre una elección y otra, el
silencio. O peor aún: el ruido.
Porque lo que se presenta como participación no es
muchas veces más que una coreografía dirigida, una ilusión de intervención
donde las decisiones ya han sido moldeadas por encuestas, relatos y emociones
inducidas. Así, mientras la política se profesionaliza y se tecnifica, el
ciudadano es desplazado no por exclusión abierta, sino por sustitución: ya no
participa, reacciona; ya no delibera, responde; ya no construye, elige. Y en
ese tránsito, casi sin advertirlo, pierde aquello que hacía de la política un espacio
común orientado a hacer posible lo deseable.
II
Pero el fenómeno ya no puede entenderse únicamente
desde los medios tradicionales. La televisión y la prensa escrita dejaron hace
tiempo de monopolizar la construcción de la opinión pública. El ecosistema
mediático se fragmentó, se multiplicó y terminó creando una red mucho más
compleja de producción política y emocional. Hoy intervienen medios digitales,
plataformas, periodistas convertidos en figuras de influencia, programas de
opinión, podcasters e influencers que no solo informan, sino que participan
activamente en la disputa por el sentido de lo que ocurre.
La campaña ya no circula únicamente por los espacios
clásicos del periodismo. Se desplaza por un entramado continuo de opiniones,
reacciones, titulares, videos, memes, escándalos y confrontaciones instantáneas
que terminan moldeando la percepción colectiva.
En ese nuevo escenario, los medios dejan de funcionar
simplemente como intermediarios entre los hechos y la ciudadanía. Se convierten
en actores que seleccionan, jerarquizan, amplifican y encuadran la realidad
política. Definen qué merece indignación, qué debe ser olvidado, qué escándalo
debe permanecer varios días en circulación y cuál puede desaparecer en cuestión
de horas. La política termina así atrapada en una dinámica donde los
acontecimientos importan menos por lo que son que por la manera en que logran
ser narrados y distribuidos.
Ese proceso se intensifica todavía más en las redes
sociales. Allí la velocidad desplaza progresivamente a la reflexión. Lo que
importa no es tanto la profundidad de una idea como su capacidad de producir
reacción inmediata. Un insulto, una acusación, una frase agresiva o una
simplificación grosera pueden alcanzar en pocas horas una difusión mucho mayor
que cualquier análisis serio. Las plataformas terminan premiando aquello que
despierta rabia, miedo o indignación, porque esas emociones garantizan
circulación, interacción y permanencia.
Detrás de esa circulación incesante de indignaciones,
escándalos y confrontaciones opera además un actor casi invisible: el
algoritmo. Ya no se trata simplemente de una herramienta tecnológica asociada a
las redes sociales o a la inteligencia artificial. El algoritmo ha comenzado a
ocupar progresivamente el espacio político mismo. Los medios, las plataformas,
las campañas, los estrategas y hasta los propios candidatos terminan
adaptándose a su lógica.
Los algoritmos aprenden qué emociones producen más
reacción, qué mensajes generan más miedo, rabia o adhesión inmediata, y
amplifican precisamente aquellos contenidos que aumentan la confrontación y
mantienen cautiva la atención colectiva. La política empieza entonces a
organizarse alrededor de esa dinámica emocional permanente. Ya no se compite
únicamente por ideas o propuestas, sino por dominar el flujo de percepciones,
indignaciones y antagonismos que circula diariamente por las plataformas.
El algoritmo no organiza solamente información.
Organiza emociones, miedos y formas de confrontación política.
La consecuencia de todo esto es profunda. La política
comienza a organizarse alrededor de estímulos emocionales breves y
discontinuos. Los candidatos ya no necesitan necesariamente construir
pensamiento ni desarrollar propuestas complejas. Necesitan producir impacto. Necesitan
ocupar permanentemente el flujo de atención. Y en medio de esa lógica, la
frontera entre información, propaganda, entretenimiento y manipulación se
vuelve cada vez más difusa.
Existen, por supuesto, figuras políticas que intentan
conservar una relación más argumentativa con la política y menos subordinada al
espectáculo emocional permanente. Pero incluso esas voces terminan operando
dentro de un ecosistema mediático y electoral que premia la confrontación, la
simplificación y el impacto inmediato.
Por eso el problema no puede reducirse simplemente a
la existencia de noticias falsas o campañas sucias. El problema es más
estructural. Tiene que ver con una transformación cultural del espacio público.
La deliberación pierde terreno frente a la espectacularizacion del conflicto.
La discusión de ideas es reemplazada por la administración estratégica de
emociones y percepciones.
En medio de ese escenario ocurre además algo
particularmente inquietante: la memoria comienza a debilitarse como herramienta
de análisis político. La velocidad de la confrontación diaria termina
imponiendo una lógica de presente permanente donde cada escándalo sustituye al
anterior y donde el pasado pierde capacidad de intervenir críticamente sobre lo
que ocurre. La política empieza entonces a ser juzgada casi exclusivamente por
el efecto inmediato de cada acontecimiento, mientras trayectorias,
responsabilidades históricas y procesos acumulados desaparecen del horizonte de
comprensión.
Hoy ocurre además un fenómeno particularmente significativo.
Buena parte de los medios, periodistas, plataformas digitales y espacios de
opinión han concentrado una parte importante de su agenda en la crítica
permanente al gobierno Petro y, por extensión, a la posibilidad de continuidad
política representada por sectores de izquierda. Nada de eso sería problemático
en sí mismo. Toda democracia necesita crítica, vigilancia y confrontación
pública del poder.
El problema aparece cuando esa crítica comienza a
desarrollarse en medio de una especie de pérdida de memoria política reciente.
Como si el presente electoral absorbiera completamente el pasado y la
conversación pública terminara reducida únicamente a los errores, escándalos y
contradicciones del gobierno actual.
La campaña empieza entonces a funcionar dentro de una
lógica de presente permanente donde ciertos procesos históricos desaparecen
parcialmente del horizonte de discusión. Y resulta llamativo que, mientras el
petrismo ocupa diariamente titulares, columnas, programas de opinión, videos y
tendencias digitales, gran parte de la memoria relacionada con el uribismo —sus
vínculos con la violencia, los falsos positivos, el paramilitarismo, la
corrupción o las interceptaciones ilegales— aparezca muchas veces diluida,
fragmentada o desplazada hacia un segundo plano del debate electoral.
No se trata de negar las críticas al actual gobierno
ni de reemplazar una polarización por otra. El problema es distinto. Tiene que
ver con la manera desigual en que la memoria opera dentro de la campaña. Porque
la política deja de analizarse históricamente y comienza a organizarse
alrededor de percepciones inmediatas, emociones coyunturales y reacciones
rápidas alimentadas diariamente por medios, redes y plataformas.
En ese escenario, periodistas, analistas, medios
empresariales, digitales o llamados alternativos dejan de ser simples
observadores de la campaña y pasan a convertirse también en actores que
participan activamente en la construcción emocional del conflicto electoral.
Definen prioridades, jerarquizan indignaciones, amplifican ciertos temas y
silencian otros. Y al hacerlo, intervienen directamente en la manera en que la
sociedad recuerda, olvida y finalmente vota.
Eso explica en parte la asimetría que suele observarse
en muchos medios y espacios de opinión. El gobierno de turno es sometido a un
escrutinio constante y cotidiano, mientras otros sectores políticos, a pesar de
sus antecedentes, de sus responsabilidades o de las consecuencias históricas de
sus decisiones, aparecen muchas veces protegidos por una especie de amnesia
selectiva. No se trata de cuestionar la crítica al poder. Toda democracia
necesita crítica. El problema aparece cuando esa crítica pierde perspectiva
histórica y termina funcionando más como mecanismo de alineamiento político que
como ejercicio de comprensión.
En ese contexto, el llamado debate público corre el
riesgo de convertirse en un tribunal emocional permanente. Un espacio donde ya
no importa tanto comprender los procesos sociales o políticos, sino producir
condenas rápidas, adhesiones inmediatas y rechazos automáticos. La política
deja entonces de ser un ejercicio de interpretación colectiva de la realidad y
se transforma progresivamente en una disputa por imponer percepciones.
Mientras tanto, existe un actor enorme que permanece
parcialmente fuera de esa maquinaria: el abstencionismo. Pero interpretarlo
únicamente como apatía sería simplificar demasiado el problema. El
abstencionismo también puede leerse como distancia, como desconfianza
acumulada, como sensación de extrañamiento frente a una política que muchos
perciben cada vez más cerrada sobre sí misma y más subordinada a las reglas del
espectáculo mediático.
Los estrategas saben medir comportamientos
electorales, identificar segmentos de opinión y construir narrativas dirigidas
a públicos específicos. Pero tienen enormes dificultades para comprender algo
más profundo: la relación cultural que una sociedad establece con la política,
con el poder, con la credibilidad y con la memoria. Confunden comportamiento
con cultura. Creen que una sociedad puede entenderse únicamente a partir de
encuestas, tendencias o reacciones instantáneas, cuando en realidad también
está atravesada por experiencias históricas, símbolos, frustraciones, lenguajes
y formas colectivas de interpretar el mundo.
Y quizás ahí se encuentra uno de los mayores límites
de la política contemporánea: creer que la sociedad puede ser administrada
emocionalmente sin comprender verdaderamente las culturas que le dan sentido.
G. K. Chesterton advertía que cuando las ideas dejan
de dialogar y se convierten en certezas cerradas, la discusión termina por
hacerse imposible. No porque desaparezcan los argumentos, sino porque
desaparece la disposición a escuchar. Y cuando eso ocurre, la democracia puede
seguir funcionando formalmente, puede seguir celebrando elecciones, debates y
campañas, pero comienza lentamente a vaciarse por dentro.
Porque una democracia no se sostiene únicamente sobre
el voto. También necesita conversación pública, memoria, capacidad de escucha y
deliberación real. Y cuando todo eso es reemplazado por la confrontación
permanente, por el espectáculo emocional y por la manipulación estratégica de
percepciones, la política deja de construir comunidad y empieza simplemente a
administrar antagonismos.
Es ahí donde la campaña deja de ser solamente una
competencia electoral.
Y se convierte en el síntoma de una democracia que,
sin dejar de existir, corre el riesgo de quedarse cada vez más vacía.
¿Sabía usted que en Colombia suele votar apenas entre
el 50 % y el 55 % del censo electoral?
Y que, si participa, por ejemplo, el 52 % de los ciudadanos habilitados para
votar, un candidato puede llegar a la Presidencia con poco más de la mitad de
esos votos; es decir, con el respaldo efectivo de apenas una cuarta parte del
total del electorado.