lunes, 20 de abril de 2026

Hipopótamos: la política de la vida frente a los falsos dilemas

Hipopótamos: la política de la vida frente a los falsos dilemas

 Guillermo Solarte Lindo 


El debate sobre los hipopótamos en Colombia ha sido presentado como un asunto puramente técnico: una especie invasora, un problema ambiental, un cálculo de costos, una decisión urgente. Pero, en realidad, estamos ante algo más profundo: un debate político y moral sobre el valor de la vida y sobre el tipo de sociedad que queremos ser. 

Parecería sencillo tomar una decisión sobre 200 hipopótamos mientras la amenaza de guerra mundial y los bombardeos matan, sin ningún tipo de freno, a cientos y miles de niñas, niños y mujeres en Oriente. Una decisión de esta importancia no debe reducirse a exponer argumentos periodísticos, técnicos o burocráticos. Tampoco debe reducirse a la argumentación dominante, que no es otra que la estupidez política. Buscar un consenso sobre este aspecto de la vida es un desafío y una oportunidad para asumir responsabilidades colectivas deliberando, construyendo una democracia que supere lo meramente electoral. 

Cuando una comunidad discute si debe matar animales para resolver un conflicto creado por los propios seres humanos, no está discutiendo solo sobre la fauna. Está discutiendo su escala ética, su inteligencia pública y sus prioridades. Los hipopótamos no llegaron por decisión propia. Fueron traídos por la arbitrariedad del poder humano y luego abandonados en un ecosistema ajeno. Son, en cierto sentido, una herencia de irresponsabilidad convertida en problema público. Resulta llamativo que ahora se pretenda trasladar toda la culpa a los animales. Fueron traídos en un contexto preciso: cuando el narcotráfico era un poder no solo dominante, sino también aceptado. Pablo Escobar quería un zoológico y lo hizo. Se permitió hacerlo con argumentos poco éticos: tenía derecho a hacerlo porque tenía el dinero y lo hacía en su propiedad privada. Todo fue un error en el que no se previó, teniendo la capacidad para hacerlo, que sucedería lo que sucedió. Muerto Escobar, los animales quedaron a la deriva. 

Sin embargo, para justificar ahora la muerte de los animales se construye una serie de falsos dilemas que buscan cerrar el debate y presentar la eliminación como única salida. El primero dice: o protegemos a las personas, o protegemos a los hipopótamos. Pero proteger la vida humana no exige automáticamente matar animales. En muchas regiones del mundo se convive con especies potencialmente peligrosas mediante cercamientos, monitoreo, educación comunitaria, protocolos de alerta, manejo territorial y reubicaciones selectivas. Nadie propone exterminar todos los Puma concolor para proteger a quienes viven cerca de las montañas. 

El segundo afirma: o salvamos el ecosistema, o salvamos a los hipopótamos. También es engañoso. Si existen impactos ambientales —y deben estudiarse seriamente—, la respuesta racional comienza por el control reproductivo, la esterilización, los traslados nacionales o internacionales, el manejo técnico sostenido y la cooperación especializada. La muerte no puede ser la primera herramienta de la política ambiental. 

El tercero sostiene: o escuchamos a la ciencia, o caemos en sentimentalismo. Pero la ciencia no gobierna ni legisla valores. La ciencia mide riesgos, analiza escenarios, calcula impactos y propone opciones. Las decisiones finales las toman instituciones humanas atravesadas por ideologías, intereses, prioridades presupuestales y visiones del mundo. Invocar “la ciencia” como sentencia definitiva suele ocultar decisiones políticas ya tomadas. 

Existe, además, el argumento económico: o gastamos en hipopótamos, o atendemos necesidades urgentes del país. Conviene preguntar: ¿caro frente a qué? Sociedades enteras gastan fortunas en armas, helicópteros, burocracias ineficientes, obras fallidas y destrucción ambiental tolerada. Se deforestan selvas, se arrasan humedales y se expande el cemento sobre ecosistemas frágiles sin el mismo escándalo moral. Un misil puede costar más que programas serios de manejo animal. El problema no siempre es la falta de dinero, sino la jerarquía política de las prioridades. 

También se habla de “eutanasia”, término que suaviza el conflicto real. La eutanasia busca aliviar sufrimiento irreversible del ser que padece. No es ese el caso de animales sanos cuya existencia incomoda o genera costos. Llamar eutanasia a lo que sería una eliminación administrativa es un recurso del lenguaje para volver aceptable lo que, de otro modo, sonaría brutal.

 Y aparece, finalmente, el argumento más pobre: desacreditar a quienes defienden la vida animal acusándolos de incoherencias en otros debates públicos. Eso no responde nada. Solo desvía la discusión. La pregunta aquí es concreta: si existen alternativas razonables a la matanza, ¿por qué escoger la muerte?

 Incluso la comunidad internacional podría intervenir con mayor seriedad. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente podría facilitar una estrategia multilateral de reubicación, cooperación técnica y financiación compartida. Si el mundo se moviliza para salvar especies amenazadas, también puede hacerlo para evitar sacrificios masivos cuando existen otras rutas

. El asunto de fondo es simple y profundo. La política, en su mejor sentido, no debería consistir en decidir qué vidas sobran, sino en crear soluciones donde otros solo ven eliminación. Los hipopótamos nos están formulando una pregunta incómoda: ¿somos capaces de corregir errores humanos sin volver a descargar la violencia sobre los más indefensos?

 La respuesta dirá mucho más sobre nosotros que sobre ellos. De este problema puede surgir también un proyecto pedagógico sobre la protección de la fauna propia. Muchos animales nuestros son capturados, traficados, arrancados de sus hábitats o convertidos en mascotas domésticas. Tal vez la discusión sobre los hipopótamos pueda servir, al menos, para despertar una conciencia más amplia sobre el deber humano de proteger toda forma de vida. 


Durante décadas no predominó la ecología, sino el medioambientalismo como discurso dominante impulsado desde múltiples organismos e instituciones, justamente en el período en que el neoliberalismo se consolidaba como visión hegemónica del mundo. La naturaleza comenzó a traducirse en recursos, servicios, indicadores, impactos y fórmulas de gestión. Se nos enseñó a administrar, compensar y rentabilizar, pero mucho menos a pensar la vida como valor en sí misma, la interdependencia entre especies o las responsabilidades éticas de la humanidad frente al mundo vivo. La ecología quedó

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