Guillermo
Solarte Lindo
El debate sobre los hipopótamos en Colombia ha sido presentado
como un asunto puramente técnico: una especie invasora, un problema ambiental,
un cálculo de costos, una decisión urgente. Pero, en realidad, estamos ante algo
más profundo: un debate político y moral sobre el valor de la vida y sobre el
tipo de sociedad que queremos ser.
Parecería sencillo tomar una decisión sobre
200 hipopótamos mientras la amenaza de guerra mundial y los bombardeos matan,
sin ningún tipo de freno, a cientos y miles de niñas, niños y mujeres en
Oriente. Una decisión de esta importancia no debe reducirse a exponer argumentos
periodísticos, técnicos o burocráticos. Tampoco debe reducirse a la
argumentación dominante, que no es otra que la estupidez política. Buscar un
consenso sobre este aspecto de la vida es un desafío y una oportunidad para
asumir responsabilidades colectivas deliberando, construyendo una democracia que
supere lo meramente electoral.
Cuando una comunidad discute si debe matar
animales para resolver un conflicto creado por los propios seres humanos, no
está discutiendo solo sobre la fauna. Está discutiendo su escala ética, su
inteligencia pública y sus prioridades. Los hipopótamos no llegaron por decisión
propia. Fueron traídos por la arbitrariedad del poder humano y luego abandonados
en un ecosistema ajeno. Son, en cierto sentido, una herencia de
irresponsabilidad convertida en problema público. Resulta llamativo que ahora se
pretenda trasladar toda la culpa a los animales. Fueron traídos en un contexto
preciso: cuando el narcotráfico era un poder no solo dominante, sino también
aceptado. Pablo Escobar quería un zoológico y lo hizo. Se permitió hacerlo con
argumentos poco éticos: tenía derecho a hacerlo porque tenía el dinero y lo
hacía en su propiedad privada. Todo fue un error en el que no se previó,
teniendo la capacidad para hacerlo, que sucedería lo que sucedió. Muerto
Escobar, los animales quedaron a la deriva.
Sin embargo, para justificar ahora
la muerte de los animales se construye una serie de falsos dilemas que buscan
cerrar el debate y presentar la eliminación como única salida. El primero dice:
o protegemos a las personas, o protegemos a los hipopótamos. Pero proteger la
vida humana no exige automáticamente matar animales. En muchas regiones del
mundo se convive con especies potencialmente peligrosas mediante cercamientos,
monitoreo, educación comunitaria, protocolos de alerta, manejo territorial y
reubicaciones selectivas. Nadie propone exterminar todos los Puma concolor para
proteger a quienes viven cerca de las montañas.
El segundo afirma: o salvamos el
ecosistema, o salvamos a los hipopótamos. También es engañoso. Si existen
impactos ambientales —y deben estudiarse seriamente—, la respuesta racional
comienza por el control reproductivo, la esterilización, los traslados
nacionales o internacionales, el manejo técnico sostenido y la cooperación
especializada. La muerte no puede ser la primera herramienta de la política
ambiental.
El tercero sostiene: o escuchamos a la ciencia, o caemos en
sentimentalismo. Pero la ciencia no gobierna ni legisla valores. La ciencia mide
riesgos, analiza escenarios, calcula impactos y propone opciones. Las decisiones
finales las toman instituciones humanas atravesadas por ideologías, intereses,
prioridades presupuestales y visiones del mundo. Invocar “la ciencia” como
sentencia definitiva suele ocultar decisiones políticas ya tomadas.
Existe,
además, el argumento económico: o gastamos en hipopótamos, o atendemos
necesidades urgentes del país. Conviene preguntar: ¿caro frente a qué?
Sociedades enteras gastan fortunas en armas, helicópteros, burocracias
ineficientes, obras fallidas y destrucción ambiental tolerada. Se deforestan
selvas, se arrasan humedales y se expande el cemento sobre ecosistemas frágiles
sin el mismo escándalo moral. Un misil puede costar más que programas serios de
manejo animal. El problema no siempre es la falta de dinero, sino la jerarquía
política de las prioridades.
También se habla de “eutanasia”, término que
suaviza el conflicto real. La eutanasia busca aliviar sufrimiento irreversible
del ser que padece. No es ese el caso de animales sanos cuya existencia incomoda
o genera costos. Llamar eutanasia a lo que sería una eliminación administrativa
es un recurso del lenguaje para volver aceptable lo que, de otro modo, sonaría
brutal.
Y aparece, finalmente, el argumento más pobre: desacreditar a quienes
defienden la vida animal acusándolos de incoherencias en otros debates públicos.
Eso no responde nada. Solo desvía la discusión. La pregunta aquí es concreta: si
existen alternativas razonables a la matanza, ¿por qué escoger la muerte?
Incluso la comunidad internacional podría intervenir con mayor seriedad. El
Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente podría facilitar una
estrategia multilateral de reubicación, cooperación técnica y financiación
compartida. Si el mundo se moviliza para salvar especies amenazadas, también
puede hacerlo para evitar sacrificios masivos cuando existen otras rutas
. El
asunto de fondo es simple y profundo. La política, en su mejor sentido, no
debería consistir en decidir qué vidas sobran, sino en crear soluciones donde
otros solo ven eliminación. Los hipopótamos nos están formulando una pregunta
incómoda: ¿somos capaces de corregir errores humanos sin volver a descargar la
violencia sobre los más indefensos?
La respuesta dirá mucho más sobre nosotros
que sobre ellos. De este problema puede surgir también un proyecto pedagógico
sobre la protección de la fauna propia. Muchos animales nuestros son capturados,
traficados, arrancados de sus hábitats o convertidos en mascotas domésticas. Tal
vez la discusión sobre los hipopótamos pueda servir, al menos, para despertar
una conciencia más amplia sobre el deber humano de proteger toda forma de vida.
Durante décadas no predominó la ecología, sino el medioambientalismo como
discurso dominante impulsado desde múltiples organismos e instituciones,
justamente en el período en que el neoliberalismo se consolidaba como visión
hegemónica del mundo. La naturaleza comenzó a traducirse en recursos, servicios,
indicadores, impactos y fórmulas de gestión. Se nos enseñó a administrar,
compensar y rentabilizar, pero mucho menos a pensar la vida como valor en sí
misma, la interdependencia entre especies o las responsabilidades éticas de la
humanidad frente al mundo vivo. La ecología quedó
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