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viernes, 3 de julio de 2026

Para una ética de la desobediencia civil


Hace muy poco, en tiempos del gobierno de Juan Manuel Santos y en medio de la beligerancia de la oposición, uno de los líderes políticos de un partido de derecha justificaba, con cierto cinismo, que lo que ellos promovían era la resistencia civil, concepto teñido entonces de las ideas del llamado "Estado de opinión". Otro dirigente de ese mismo partido acompañó la convocatoria apelando al Deber de la desobediencia civil, de Henry David Thoreau. Digo que había cierto cinismo porque difícilmente podrían encontrarse dos visiones del mundo más distantes que el pensamiento de Thoreau y los ideales políticos de quienes entonces invocaban su nombre. Ellos lo sabían.

Sin embargo, el tiempo tiene la extraña virtud de obligarnos a revisar nuestras propias certezas. Colombia vivió por primera vez un gobierno de izquierda elegido democráticamente. Ese gobierno terminó su mandato y quien hoy encabeza la oposición, después de reconocer públicamente el resultado electoral, vuelve a convocar una desobediencia civil pacífica como forma de incidencia política. La historia, caprichosa, devuelve las palabras a escenarios distintos y obliga a preguntarse de nuevo qué entendemos realmente por desobediencia civil.

Vale la pena volver a Thoreau. Él nunca concibió la desobediencia civil como una estrategia para conquistar el poder ni como un mecanismo para desconocer la democracia. La entendía como un deber moral frente a aquello que la conciencia considera profundamente injusto. Su fuerza no provenía de las armas ni de la violencia, sino precisamente de la renuncia a ellas. Décadas después Gandhi convertiría esa intuición en una fuerza política capaz de derrotar un imperio, y Martin Luther King demostraría que la desobediencia civil podía ampliar derechos y fortalecer la democracia sin destruirla. Los tres compartían una convicción sencilla y profundamente revolucionaria: la conciencia puede llegar a ser más poderosa que la fuerza.

La desobediencia civil vuelve entonces al ruedo, despojada del ropaje oportunista con el que tantas veces se la ha utilizado y recuperando, al menos en teoría, su sentido original. Actuar frente al poder en búsqueda de aquello que se considera no solo necesario sino también justo. No es, o no debería ser, un acto partidista ni mucho menos violento. No pertenece a la derecha ni a la izquierda; no es una revolución burguesa ni proletaria. Es, ante todo, una forma de incidencia política nacida de la conciencia ciudadana. La fuerza de los desobedientes proviene de la indignación, pero también de una decisión ética: negarse a aceptar pasivamente aquello que consideran injusto.

Muchas veces las acciones de desobediencia civil se desencadenan por hechos concretos que permiten comprender que las decisiones del poder amenazan la tranquilidad, el bienestar o incluso la vida de quienes desobedecen. La explosión social suele comenzar con un acontecimiento específico, pero su verdadera dimensión nace de una acumulación de agravios. En Chile fue el aumento del precio del metro; en Francia las reformas pensionales; en Cataluña el conflicto sobre la independencia; en el Reino Unido el Brexit. Ninguna de esas movilizaciones puede entenderse únicamente por el hecho que las detonó. Todas expresaban malestares mucho más profundos.

En Colombia gran parte de esas explosiones han surgido por razones igualmente diversas: el asesinato de líderes sociales, el bombardeo y muerte de menores en Caquetá, la fosa común encontrada en Dabeiba, la crisis de la universidad pública, los incumplimientos de los acuerdos con las FARC, con los pueblos indígenas y un largo etcétera que terminó reuniendo múltiples formas de resistencia social no reducibles a los partidos políticos. Cuando afirmo esto no quiero decir que esos movimientos carezcan de pensamiento político. Lo tienen. Pero ese pensamiento ya no cabe cómodamente dentro de las viejas categorías ideológicas. Es una sensibilidad más amplia, más ecologista, más feminista, más libertaria, más territorial y más cercana a la democracia participativa que a la mera representación.

A diferencia de algunas personas amigas, sigo creyendo que la desobediencia civil no es una movilización liderada por los partidos políticos, casi siempre tentados a convertir toda indignación en capital electoral. La entiendo mejor como una movilización que se nutre de la infinidad de movimientos sociales que hacen resiliencia desde lo local, desde el barrio, la vereda, la comunidad y también desde las redes. Hablaría de la sociedad en red, o quizá de la trama profunda de la cultura. Esos movimientos existen mucho antes que las marchas mismas y sobreviven mucho después de que estas terminan. Se fortalecen en la confianza construida día tras día, cara a cara, en los territorios.

Una movilización alimentada por la desobediencia civil busca cambiar las dinámicas de la política y crear otra manera de hacer política; un lenguaje distinto; un orden político nacido de la participación y no únicamente de la representación, o, mejor dicho, una representación permanentemente sometida a la participación ciudadana y vigilada por ella. Busca abrir el sistema político a las miles de experiencias locales y a las expresiones culturales que nacen y resisten en los microterritorios. Pretende romper los liderazgos individuales y mesiánicos para sustituirlos por liderazgos colectivos capaces de sumar inteligencias, diversificar lenguajes, ampliar horizontes, debilitar dogmas y asumir la libertad como horizonte compartido.

No se trataría de que los viejos partidos, de izquierda o de derecha, incorporen algunas demandas sociales a sus programas. Se trataría de algo mucho más profundo: que emerjan nuevas formas de organización política construidas desde abajo, desde la diversidad, desde la pluralidad y desde la riqueza cultural de los territorios. Se trataría de transformar el Estado transformando primero la cultura política. De construir una democracia alimentada por la experiencia cotidiana de mujeres y hombres organizados, una democracia que no se limite al acto de votar cada cuatro años.

Quizá aquí convenga hacer una precisión que el paso del tiempo vuelve necesaria. La desobediencia civil no debería organizarse únicamente alrededor de los gobiernos de turno. Si depende exclusivamente de quién ocupe el poder terminará convirtiéndose en un instrumento partidista. Su verdadera fuerza consiste en organizarse alrededor de causas capaces de interpelar a toda la sociedad.

Pienso, por ejemplo, en una desobediencia civil permanente contra la guerra que Colombia arrastra desde hace tantas décadas; una desobediencia civil contra la corrupción, sin importar quién gobierne; una desobediencia civil contra toda forma de discriminación que niegue la dignidad de cualquier persona. Esas luchas no pertenecen a un partido. Pertenecen al país. Son causas que deberían movilizar por igual a quienes votaron por el gobierno y a quienes votaron por la oposición.

Desobedecer no significa destruir la democracia. Significa recordar que la democracia no termina el día de las elecciones. Entre una elección y otra existe un inmenso territorio de participación, vigilancia e incidencia política que ninguna ciudadanía debería abandonar. La desobediencia civil constituye quizá una de las expresiones más exigentes de esa ciudadanía porque obliga al poder a escuchar sin recurrir a la violencia. Esa fue la enseñanza de Thoreau; esa fue la revolución ética de Gandhi; esa fue la fuerza moral de Martin Luther King.

Es, si se me permite, una movilización cultural. Una forma de transgredir la resignación antes que la ley; una manera de ampliar la democracia antes que de sustituirla. No busca gobernar desde la calle sino impedir que el poder deje de escuchar a la calle. Tal vez Colombia necesite convertir la desobediencia civil en una práctica democrática permanente, capaz de enfrentarse, sin odio y desde la noviolencia, a sus tres enemigos históricos: la guerra, la corrupción y la discriminación. Solo así dejará de ser una herramienta ocasional de la oposición para convertirse en un patrimonio ético de la ciudadanía.

Y quizá esa sea la pregunta que deberíamos hacernos como sociedad: si desobedecer pacíficamente la injusticia no es un deber ciudadano, ¿qué nombre le damos entonces a la obediencia frente a ella?

domingo, 22 de junio de 2025

Si esto no es la Tercera Guerra Mundial, ¿entonces qué es?

 

                                        

ARTIFICIAL

Tu  Bola de Cristal   

Con una pequeña ayuda de mi amiga IA      

 NUMERO 5

 

Si esto no es la Tercera Guerra Mundial, ¿entonces qué es?
por Guillermo Solarte Lindo


Israel, USA  bombardean Irán. Antes fue Gaza. Antes, Siria. Antes y después de C. Ahora  y en la hora de nuestra muerte, el mundo asiente. No, no es el mundo eso es mentira son los dementes del poder y del Estado militar. Ya sabes que si callas otorgas también sabes que el que otorga legitima.  Las fronteras rotas, los valores trastocados. Irán, poco a  poco apareciendo los cuerpos inertes, las almas en silencio.  ¿Cuántos países deben implicarse, incluido el tuyo, cuántos muertos, incluidos tus hermanas, tú mama, tú abuela, deben contarse, cuántos niños, tus hijos, deben arder para que aceptemos que esta ya es una guerra mundial sin nombre?

No hay declaración formal de  guerra mundial, pero los hechos la gritan. Occidente juega a favor, y se rearma, y el Sur sangra. La orden del emperador  es armarse hasta los dientes. ¿Saben por qué? Porque está dispuesto a todo. Ríos de sangre, llanto y dolor. El grito  de niñas  y niños es silenciado por la  justificación de impunidad  miserable de los que detentan algún poder.

No es  una sospecha las cosas esta sucediendo  poco a poco con la crueldad suficiente para que el miedo nos arrope como cómplices y la sagacidad de los halcones de la guerra   hampones de la muerte, nos hagan pensar que las victimas son las responsables de su propio castigo y que, entre más castigo, más víctimas estarán  al borde de aceptar su culpabilidad.

Te llegarán con el cuento y lo impondrán que, los responsables son los otros, o somos nosotros, es decir todos, y así tirar bombas y asesinar civiles, es algo hecho con el  permiso  de todas y todos. Mentira de sangre. Los Estados armados hasta los dientes piden permiso para asesinar inocentes: No se lo otorgues. Es la voz del emperador para ejecutar la pena de muerte a seres humanos sin culpa de nada, sin juicio: amante de la pena de muerte a inocentes, Sátrapa protegido por el inexpugnable bunker del miedo que produce y de la democracia que lo eligió. El sabe que la democracia defenderá la paradoja criminal de haberlo elegido.  Por eso ríe o  hace la mueca de sonreír.

 El monigote lo hace para  lavar su propia conciencia. La del miserable rico y poderoso magnate de la guerra  que despliega su ira, y la justifica, sobre el débil. La del emperador ignorante enceguecido por su inmunda codicia de dominar el  mundo.

¿Mientras tanto que estamos haciendo? ¿En qué estamos  pensando, ¿qué estamos deseando? ¿Todavía creemos que luchar por una patria liderada por ególatras justifica nuestra propia declaración de guerra?? ¿Es la aceptación del suicidio colectivo? ¿Salimos  todos a comprar una pistola, una  metralla, una granada? ¿Para, así cuando tu hermana o hermano decida oponerse los matemos?

No olvidar que nos empujan al odio con un algoritmo de aceptación de  la muerte de los demás mientras asistimos felices a nuestro propio funeral

Si esto no es la Tercera Guerra Mundial, que alguien nos explique por qué el mundo entero está al borde del abismo… y nadie grita fuego.

    En Colombia sino elegimos a una mujer  o un hombre pacifista   somos imbéciles,

jueves, 25 de junio de 2015

QUE LOS QUE MATAN SE MUERAN DE MIEDO [1] Esta vez en Siria


Mucho más dramático que la carrera armamentista que no es detenida por aquellos con poder para hacerlo,  está la falta de sensibilidad de los países más poderosos, sobre el hambre en el planeta. Ellos, que invierten centenares de miles de millones de dólares en armas, son los  mismos que venden armas  a los países con hambre para defenderse de unos enemigos que muchas veces no existen.

La estrategia de guerra permanente, lo de Siria no es nuevo,  o de guerra a punto de iniciarse, crea el ambiente de inseguridad planetaria, que es usada por los productores de armas para mantener ese mercado, legal e ilegal de altísima rentabilidad. La venta de armas es un gran negocio y de él se lucran las democracias más sólidas del mundo. Esto más que una paradoja es una tragedia mundial.

Hay cinismo y crueldad en los líderes de esas democracias desarrolladas. La idea de impulsar parte del desarrollo con la industria militar no deja de ser una fatal decisión. La militarización del planeta esta en marcha. Una marcha fúnebre vendida como seguridad y una mentira agazapada en las entrañas de la democracia.

Un Submarino tipo Tridente puede llegar a costar  1,600 millones de dólares y un
Misil tipo Crucero o Pershing II 7’000,000 de dólares, dinero suficiente  para rescatar de la miseria un cordón suburbano  o barrio pobre  de cualquier ciudad latinoamericana.


Cada año se gasta en el mundo cerca de un billón de dólares (un millón de millones) en armamentos, tanto convencionales como nucleares. La cifra mundial de gastos bélicos aumenta aproximadamente en 3% cada año.

El año 2002 aumentó en un 6% en términos reales, hasta los actuales 794.000 millones de dólares. Los países que más gastan -Estados Unidos, Japón, Reino Unido, Francia y China- suman el 62% del gasto total mundial. Casi tres cuartos del incremento del 2002 vinieron de Estados Unidos, que aumentó el gasto militar en un 10% en respuesta a los atentados del 11 de septiembre del 2001. Los Estados Unidos contabilizan ahora el 43% del gasto militar mundial. SIPRI





   

      
1 Submarino nuclear, 2,400 millones de dólares
=
Comida durante un mes para 53
millones de niños


Hay cerca de 250 millones de niños esclavos entre 5 y 14 años.  No puede ser legal que las tres personas más ricas del mundo posean una fortuna superior al producto interno bruto de los 48 países más pobres y que la mitad de la población mundial viva con menos de un dólar al día. Que sólo con lo que gastan los ciudadanos del norte en perfumes, 13 mil millones de dólares, se pueda solucionar el problema sanitario de la población en la miseria. No puede ser  legal que 30 millones de personas mueran de hambre al año, en este planeta de la abundancia. Pues bien,  es legal dirán algunos, sí, pero absolutamente injusto y si la ley está basada en este tipo de obscenidades es urgente cambiarla.

Mucho más que el imperio de la ley  vendido como lo políticamente correcto nos urge imaginar sociedades justas con gobiernos legítimos. Quizás un imperio de la justicia que garantice que la ley no viole los principios más elementales de lo que es justo. Una ley nacida en el seno de instituciones ilegitimas es una  comedia, de la misma manera que una democracia sin justicia es un sin sentido: como un ciego moviéndose al filo de la navaja, al borde del abismo o caminando con una bomba de tiempo en nuestro bolso.

La paz no es la ausencia de guerra, es el logro de sociedades justas y dispuestas a creer en el destino pacifista de la humanidad. Como afirma José Saramago:

 “Sin paz, sin una paz auténtica, justa y respetuosa, no habrá derechos humanos. Y sin derechos humanos -todos ellos, uno por uno- la democracia nunca será más que un sarcasmo, una ofensa a la razón, una tomadura de pelo. Los que estamos aquí somos una parte de la nueva potencia mundial. Asumimos nuestras responsabilidades. Vamos a luchar con el corazón y el cerebro, con la voluntad y la ilusión. Sabemos que los seres humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor. Ellos (no necesito ahora decir sus nombres) han elegido lo peor. Nosotros hemos elegido lo mejor.”

El mundo hay que cambiarlo y es posible que la única manera de hacerlo tenga que ver con el cambio radical  del pensamiento que lo ha orientado o lo ha construido de esa manera. Aquel pensamiento que condujo a hacer de cada sociedad un estado armado y de cada ciudadano un soldado en potencia. Ese pensamiento que, todavía hoy, empuja con desafuero la idea de que es mejor ser soldado y siervo y que fomenta la desigualdad como fuente de la vida en común.

Oponerse al dominio de una visión del hombre como defensor de un estado bélico, es decir como militar, es más sensato que esperar a que ese mismo estado libere al hombre de esa esclavitud. La objeción de conciencia es un derecho individuad inalienable. Negarse a pagar impuestos para las armas es una obligación moral que todos los ciudadanos del mundo deberían asumir como compromiso radical. Los jóvenes y los niños deben tener la posibilidad de negarse a ser utilizados por ejércitos legales o ilegales.

La lucha contra la idea de lo militar como fuente de todo orden es la más humana de las luchas. La idea de las armas como el argumento último de toda convivencia pacífica es, aun hoy, el rezago más salvaje de lo que somos. La guerra es siempre promovida por intereses económicos que prevalecen en el fondo de todos los ejércitos.

Decir no a la guerra es oponerse a la idea de un mundo militarizado, esclavizado por las armas y amenazado de forma permanente, encadenado por la idea bélica de que en algún momento se desatará una guerra mundial y que sólo la fuerza de nuestras armas nos liberará.

Nunca existió Irak como potencia nuclear que amenazaba la estabilidad del planeta. Las razones de bombardear el Líbano son las mismas que para invadir Irak. Las mismas que se utilizaron para Vietnam, las que se utilizarán para Corea. Las que se tienen dispuestas para Irán. Una guerra desenfrenada contra los civiles y escudada en una mentira de amenaza contra la democracia. Una farsa dramática en la que sólo mueren inocentes.

No me quiero  escabullir en el laberinto de las palabras para expresar la más rotunda condena contra el más grande de los ejércitos, que cuenta con la máquina más poderosa de muerte jamás inventada. Tampoco quisiera navegar por el mar de las ambigüedades y no dejar claro que es un imperio va en total contravía de un pensamiento pacifista, pero tampoco, quisiera pasar por alto que ese mismo poder único se sustenta en la condescendencia de los otros estados poderosos de la tierra.

¿Pero cuál es el ejército contra el que se quieren defender los países del norte? ¿Hasta dónde quieren llevar su carrera armamentista y su esquizofrenia bélica? ¿No es suficiente toda la capacidad de destrucción instalada para garantizar su propia seguridad? ¿Es que acaso esa carrera se justifica en la mutua desconfianza entre ellos mismos, los países del norte?

El pensamiento militar no puede seguir siendo la fuente de la vida. Este pensamiento es la madre de las violencias. Es una paradoja vendida en los medios con todo éxito. Metido en las  escuelas al resaltar, por encima de todo, a aquellos llamados héroes, que en general han dejado una estela de sangre para llegar a sus cimas. Ese pensamiento militar que se ha metido en las casas con la tele invasión y que ha creado una idea de violencia legitima que nos abruma día a día. Que nos asfixia y nos convoca a la aceptación de la violencia y la muerte como un recurso para la solución de nuestros conflictos o la defensa de nuestras ideas.

Desmilitarizar la vida, es urgente quitarle a ella el camuflaje que le pusieron los defensores acérrimos de intereses obscuros. Amputar de las mentes la idea de que un arma es la última o primera de las salidas. Abolir todas las penas de muerte, desde las que se producen por la indiferencia de los países ricos que condena a millones de seres a morir de hambre hasta aquellas mentes que piensan que matando al que mata acaba con el crimen. O que asesinar puede llegar a crear justicia.

Podrá pensarse que ir en contra de la guerra de forma pacifista es una herejía militar y lo es. Escapar al dominio del pensamiento militar es sólo posible para los herejes de ese dominio. Para todos aquellos que pensamos que la lucha por sobrevivir no es una lucha a muerte, que no tiene sentido condenar a muerte a millares, millones de seres humanos por la sola idea de que las armas les van a dar la libertad. Sólo un estado desmilitarizado será un estado que de garantías ciertas de libertad.

Las guerras de invasión que inundan el mundo de estos comienzos de milenio son la prueba una vez más de que la institución que domina al mundo es el ejército y su exponencial crecimiento del presupuesto armamentista.

El estado nunca será de derecho si, para imponer la justicia, tiene que tener a sus ciudadanos con un arma en la espalda. Bajo la amenaza permanente no se puede edificar un mundo justo. La justicia no se respalda con armas. Sólo los derechos darán al ciudadano un mundo en paz.


En febrero de 2003, la revista Time realizó una encuesta mundial. Preguntaba qué países representaban la mayor amenaza para el mundo. 82% de encuestados respondió que EEUU.

Estados Unidos ha sido el mayor suministrador de armas en 1998-2002, con el 41% de las entregas totales. Rusia, en segundo lugar, sumó el 22% de las transferencias totales de armas. SIPRI






[1] Frase de Sabina de la canción  Noches de Boda

martes, 26 de mayo de 2015

Grito de Alerta (uno)

En los tiempos que corren y cuando oleadas de seres humanos del sur intentan trepar los muros de las fronteras impuestas por la feliz globalización, solo nos queda recordar que hace algo así como  quinientos años, comenzando lo que llaman modernidad, la cosa era al revés. De la mano de las ambiciones de los imperios europeos se ampliaron las fronteras a la fuerza y en épocas que llamaron de conquistas fueron borrando con armas, vestigios antiquísimos de ricas civilizaciones, huellas de culturas valiosas para la comprensión de lo que somos.
Los europeos de aquel entonces cargaban barcos con africanos para someterlos a la esclavitud y explotarlos para obtener de su trabajo la riqueza con la que se construyeron imperios. Extrajeron y explotan actualmente al África pero ven naufragar y morir a cientos de ciudadanos africanos en las costas de la opulencia decadente.
 
En el inicio del siglo pasado y a mediados del mismo, también, oleadas inmensas de seres humanos en ese entonces europeos, zarpaban hacia el sur colonial exiliados de la miseria y el hambre en medio de tambores de guerra (de la primera y segunda, de la guerra civil española) que implacables anunciaban la persecución. Fueron acogidos
 
Hombres y mujeres del sur con nombres y apellidos en lenguas propias de la Europa llamada civilizada (franceses de Africa, españoles de América, ingleses de Asia)  merodean hoy  en las costas, en las fronteras terrestres y aéreas,  esperando que alguna puerta entreabierta deje una luz de entusiasmo para seguir viviendo. Las imágenes de barcos que se hunden con miles de seres humanos en las heladas aguas de los océanos son reflejo fiel de la insensatez del poder. Los cadáveres de hombres y mujeres atrapados en contenedores  de camiones no se alejan de nuestra memoria. Los campos de refugiados fronterizos que escapan al sonar de las sirenas de los bombardeos, son actuales. En lo local los millones de desterrados tocan la puerta de su propia casa y nadie les abre. La sordera nacional solo la rompen los políticos, de derecha y de izquierda, que ya tienen identificados a los millones de desplazados como potenciales votantes.
 
Son otros y otras que  en sus mismas naciones han sido expulsados de sus tierras por las ambiciones de los guerreristas, de los terratenientes, de los poderes económicos. Igual que aquellos que en las fronteras norteñas esperan una mínima seña de razón, un ligero intersticio para romper las barreras impuestas por la misma idea moderna de democracia, los nuestros encuentran cerradas con fuerza las puertas de la justicia y son expulsados a la mayor empresa generadora de empleo de la época neoliberal: la calle.
Miles, millones de desterrados buscan la patria que les contaron tenían en la infancia. Millones de niños se arrullan al zumbido de los carros en las calles bogotanas, mejicanas, africanas, asiáticas, los mismos millones de niños que cambiaron el tablero de la escuela por la caja de productos elaborados por niños explotados en todas partes. La cadena de la miseria se expande eficazmente de la mano de lo que llaman el mercado neo libre, una cosa brutal que esconde en sus propias entrañas el germen del mal. La guerra está aquí y significa muerte, hambre, destierro, violación, crueldad, es ella la expresión más ruin de lo humano.
 
Ahora, en el año 2015  de este milenio, en donde lo frecuente  es la violación legal de los derechos de los ciudadanos del sur, los territorios de la integración son solo espejismos. Ilusiones ópticas creadas para la sumisión económica, política y cultural. Los acuerdos para tal integración surgen en el seno de las multinacionales y de ellas se desprenden así mismo las reglas que orientan el juego global de las economías y las desigualdades.
 
Muchos todavía vemos como una alucinación del norte aquella necesidad impuesta de competir, cuando sabemos a ciencia cierta que correr en búsqueda del bienestar es bastante distinto a correr en búsqueda de la riqueza. Todavía parece imposible, hacer entender a todos aquellos que empujan con entusiasmo infantil la competencia, que para vivir no necesitamos comprarlo todo. Un espíritu renovado de éticas comunitarias que reorienten a los políticos, se hace urgente en estos días de la incertidumbre belicista.
 
¿Será que la guerra es parte de la estrategia? La guerra sucia y lo que se denomina corrupción, que es sinónimo de poder, reinan en todo lado. La aceptación de la violencia como forma de vida está en la raíz más profunda de nuestra desgracia. La vinculación de la política a  la ilegalidad poco a poco ha minado la esperanza en lo democrático. La defensa armada de la democracia ha deslegitimado la esencia misma de ese sistema político: el respeto a los derechos humanos.
 
Muchos de los que mueven los hilos han hechos leyes injustas y las han  puesto en manos de los policías que no hacen otra cosa que defender lo injusto. No es el imperio de la justicia es el de la ley que campea produciendo mas pobreza y sirviendo de trinchera a los que se benefician de la suerte de ser parte de ese monopolio que tanto se defiende: el monopolio de la fuerza. Seguimos algunos ingenuos creyendo que el único monopolio que vale la pena sostener es el de la inteligencia. Esa inteligencia que traza la belleza del mundo, la misma que da a la vida el sentido de lo humano. Esa inteligencia que inventa todos los días la vida y que nos hace menos violentos, menos avaros, menos ruines
 
Como diría Monterroso, el pequeño y hermoso guatemalteco: cuando despertamos el dinosaurio ya no estaba. No había desaparecido: solo no estaba. El monstruo algunas veces parece dormido, otras dopado, pero siempre esta en sala de la casa esperando, encima del tapete en el que se encuentra la llave, en donde esta escondida la palabra, en donde se esconde la libertad. Nos han empujado a transitar de una sociedad cuya perplejidad y asombro provenía de la imaginación a una sociedad sumida en el terror que proviene de la sin razón.
 
Así se organiza lo que podría ser la más cruel de las paradojas: ante la imposibilidad de ser razonables nos imponen la urgencia de ser irracionales. El buen salvaje se esconde todavía en los escaparates armamentistas de las potencias que promueven al mismo tiempo la paz como la guerra. La libertad como la esclavitud. La democracia como las dictaduras. La polución como la descontaminación. La explotación insensata de la naturaleza y el equilibrio ecológico.
 
Frágil como todas las mentiras, las promesas liberales de la igualdad, la fraternidad y la libertad, se desmoronan en medio de los abismos más grandes de desigualdades, fuertes censuras e insolidaridades que han vuelto añicos la esperada hermandad entre los seres humanos.

Los laberintos lingüísticos edificados para controlar las resistencias, las actitudes y los corazones revolucionarios también muestran su fuerza invasora. El miedo a perder lo poco que se tiene ha construido más egoísmo. El miedo a todo, se ha convertido en la fuerza que orienta la política. La promesa política de todos los que quieren gobernar está orientada a mentir: no tenga miedo, yo le garantizo lo poco que tiene.