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martes, 22 de marzo de 2016
miércoles, 13 de mayo de 2015
Filtro de amor
Cuando abrió los ojos, el agua
del río que llevaba por dentro inundó la habitación, se fue por debajo de la
puerta y llenó poco a poco los corazones de todos los hombres y mujeres que
estaban en el edificio. Antonio se
balanceaba entre la intensidad de una pasión furtiva y lo efímero de un amor que
estaba condenado a no ser eterno. Él lo sabía.
Durante la mañana hizo planes
para lograr esto último y escucho los boleros. De todas las alternativas
analizadas eligió una que, siendo bastante difícil de llevar a cabo, pensó que podría ser la más segura para alcanzar la
felicidad al lado de la mujer que amaba. Volvió a tomarse una taza de café, se
fumó lentamente un cigarrillo y, mirando el reloj, supo con exactitud el tiempo
que tardó en consumirlo: una hora entre aspiraciones y suspiros. Sentía un
dolor confuso. Como una desesperanza que avisaba que algo tenía que pasar.
Sospechaba que ese amor apasionado era algo así como el estado
más cercano a la libertad, le permitía, desde que había conocido a Miranda,
alejarse de aquellas cosas que siendo útiles y necesarias se habían convertido
en inhumanas: el trabajo, que le quitaba el tiempo para pensar en ella, y la
rutina, que lo condenaba de forma miserable a no verla en carne y hueso. Cerró
los ojos y la vio pasar corriendo, desnuda, entre una selva de pasiones; los
volvió a abrir y la ilusión de sentirla se convirtió en la alucinación de
poseerla: estaba frente a él como cuando uno se encuentra al borde de un
abismo, y la atracción de este, al hacerse fatal, lo empuja a volar. Y voló
hacia ese mundo lleno de aguas que era Miranda y la besó. Un beso largo, suave.
Nadie podría decir que era una ilusión óptica o un delirio. Lo delirante era
que ella estaba allí. Sentía sus pezones y ella sentía su erección. La
excitación era más real que la vida misma.
Después del beso vino la calma.
Antonio se levantó, se dirigió a la cocina, vació siete de los sobres que
contenían el filtro de amor en el café de Miranda, revolvió suavemente hasta
hacer desaparecer el rastro de polvo blanco que quedaba y volvió a la sala.
Ella lo esperaba sin sospechas, cruzó las piernas y Antonio escuchó el roce de
las medias de seda, extendió la mano derecha, ella cogió la taza de café, tomó rápidamente
un sorbo, y después otro, y otro, y otro… Lentamente fue metiéndose en aquella
luz intensa de la que hablan los que han tenido cerca la muerte, y esa bella
iluminación la hizo pensar, mientras moría, que el amor de los boleros es menos
cierto que el de las rancheras, y mucho menos real que el de los tangos.
Ay como
es cruel la incertidumbre, se repetía asimismo como un mantra que lo
perseguía .No dejas de tambalearte, no dejas de buscar apoyo, no dejas de vivir
sufriendo. Se decía. Desde que conoció a Miranda la vida era incierta. Su amor
y su presencia, inciertos. Desde la primera vez que la vio hasta la última y
desde el primer beso hasta el último orgasmo, más que mentiras parecían
alucinaciones. Tenía los ojos enrojecidos. Rojos por el humo del cigarrillo y
el llanto.
El sol entró y su luz no dejaba
dudas: el día empezaba, la noche pasada era historia. Despierta que es un nuevo
día se dijo. Se levantó y se dirigió al equipo de sonido, lo encendió y puso el
bolero con el que había estado soñando. Tenía mal aliento, aunque no recordaba
haber vomitado el sabor en la boca lo hizo creer que si lo había hecho. No más
de siete whiskeys, si acaso media
botella. Recordó el sueño, en fragmentos
y vio que todas las imágenes de Miranda iban acompañadas de una canción: aunque
me cueste la vida, sigo buscando tu amor y susurro un trozo de la misma: Aunque me cueste la vida, al fin del mundo
yo iré, para entregarte mi cariñito porque nací para ti. Termino da cantar las
últimas notas y decidió dos cosas:
escuchar durante todo el día la colección de boleros que había heredado y unirse
a Miranda para toda la vida. Pero ‒pensó‒ lo primero será fácil, ¿y lo segundo?
Durante la mañana hizo planes
para lograr esto último y escucho los boleros. De todas las alternativas
analizadas eligió una que, siendo bastante difícil de llevar a cabo, pensó que podría ser la más segura para alcanzar la
felicidad al lado de la mujer que amaba. Volvió a tomarse una taza de café, se
fumó lentamente un cigarrillo y, mirando el reloj, supo con exactitud el tiempo
que tardó en consumirlo: una hora entre aspiraciones y suspiros. Sentía un
dolor confuso. Como una desesperanza que avisaba que algo tenía que pasar.
El humo que entró a sus pulmones,
el amor que se le salía por los poros y la ansiedad que había aprendido a
disfrutar lo empujaron a la calle. Allí se encontró interpretando a Gaspar Hauser,
aquel personaje de la película de Herzog que, después de estar encerrado
durante años y sin contacto alguno con otros seres, sale a la calle y se queda
estupefacto, inmóvil, como si hubiera descubierto lo infinito de su alma y de
su imaginación. Admiraba a Herzog pero mucho más a Gaspar, pensó.
Sospechaba que ese amor apasionado era algo así como el estado
más cercano a la libertad, le permitía, desde que había conocido a Miranda,
alejarse de aquellas cosas que siendo útiles y necesarias se habían convertido
en inhumanas: el trabajo, que le quitaba el tiempo para pensar en ella, y la
rutina, que lo condenaba de forma miserable a no verla en carne y hueso. Cerró
los ojos y la vio pasar corriendo, desnuda, entre una selva de pasiones; los
volvió a abrir y la ilusión de sentirla se convirtió en la alucinación de
poseerla: estaba frente a él como cuando uno se encuentra al borde de un
abismo, y la atracción de este, al hacerse fatal, lo empuja a volar. Y voló
hacia ese mundo lleno de aguas que era Miranda y la besó. Un beso largo, suave.
Nadie podría decir que era una ilusión óptica o un delirio. Lo delirante era
que ella estaba allí. Sentía sus pezones y ella sentía su erección. La
excitación era más real que la vida misma.
Ella despejó las compuertas de su
felicidad y navegó por el río que en la mañana Antonio había hecho bajar por el
edificio. Antonio lo sintió y ese día entendió que las alucinaciones producidas
por el LSD eran solo juegos pirotécnicos al lado de lo que ocurría con el amor
intenso que sentía. Leyó en el espejo en donde se estaba mirando la frase de
Dylan que había escrito con el carmín que Miranda utilizaba para pintarse su
boquita: I gave her my heart but she
wanted my soul.
Hizo el ademán de ir a poner la canción, pero la promesa de escuchar solo
boleros lo puso de nuevo en la más triste de las realidades: estando a su lado,
ella no estaba.
Encendió el motor del carro y
salió. En el kiosco de la esquina compró el periódico y leyó que una mujer
había matado a un hombre y se lo había comido. Se sonrió al jugar con la frase
y la tradición; la violencia masculina siempre había sido al contrario: primero
se las comían y luego las mataban. Pasó las páginas hasta la penúltima,
encontró los avisos que buscaba y los leyó. Detuvo su mirada en uno:
El aviso fue una señal de que la solución a su problema de desamor era el filtro
de amor. Con el lograría lo que había decidido. Marcó el teléfono pidió la
dirección, se acercó y compró varias dosis del filtro.
Su corazón se aceleró y sintió
que el aire que soplaba se le metía por la nariz hasta el estómago y, en ese
momento, creyó descubrir cuál era la causa del hormigueo que Miranda decía que
sentía cuando la besaban. Pensó en el amor como una cosa relacionada de manera
estrecha con los aromas y recordó El Perfume, la novela en la que descubrió el
increíble poder que se esconde en el olfato y la infinita potencia del olor
como fuente de sensaciones eróticas. Se miró en el espejo retrovisor, se rascó
la nariz y dijo: “no deseo verte, deseo olerte”. Cerró los ojos y la olfateó de
pies a cabeza, navegó por el mar de perfumes que emanaba cada poro de Miranda y
despertó a punto de estrellarse de frente con un camión, cargado de vacas, del
que salía un extraño y delicioso olor a cagajón.
Al frenar vio cómo se le venían
encima todas las influencias literarias y cinematográficas y volvió a descubrir
que la vida era como decía la canción:
una verdadera tómbola. Sintió que el amor era azaroso, pero que la
intensidad y la pasión dependían en buena medida de lo que llamó la voluntad de
amar. En medio de estas conversaciones íntimas pisó el acelerador, subió el
volumen del radio y se fue escuchando el bolero que no dejaba de sonar: esperaré a que sientas lo mismo que yo, a
que la luna la mires del mismo color… Esperaré a que vayas por donde yo voy, a
que tu alma me des como yo te la doy, esperaré… Se puso la mano frente a la boca y soltó un
poco de aire para comprobar que ya no tenía mal aliento. Sonrió.
La casa de Miranda estaba situada
al norte de la ciudad. Atravesó la avenida principal y se detuvo frente a la
reja de metal de la casa de la familia de Miranda: dos pisos, antejardín, un
camino de piedra que conducía de la reja a la puerta, una puerta de madera, un
picaporte con figura de león, cinco habitaciones de las cuales solo dos estaban
ocupadas: una por doña Francisca, la madre y la otra por la única hija que
estaba soltera. Tocó, le abrieron y pasó.
Se sentó en el viejo sofá de la vieja y escuchó que desde el cuarto de
Francisca salía otro bolero que lo hizo pensar que su vida se estaba
convirtiendo en eso. Volvió a reír y Miranda, mirándolo a los ojos, le preguntó
que qué le pasaba, él respondió: si nos
dejan, nos vamos a querer toda la vida. Si nos dejan, nos vamos a vivir a un
mundo nuevo…. Dejó de cantar cuando ella se acercó y le tapó la boca con su
boca, su cuerpo con su cuerpo y sintió que el calor lo inundaba hasta hacerlo
creer que las cosas que él había deseado sucederían. Pero la vida de Antonio ya
estaba decidida o, para ser precisos, él ya había decidido.
Después del beso vino la calma.
Antonio se levantó, se dirigió a la cocina, vació siete de los sobres que
contenían el filtro de amor en el café de Miranda, revolvió suavemente hasta
hacer desaparecer el rastro de polvo blanco que quedaba y volvió a la sala.
Ella lo esperaba sin sospechas, cruzó las piernas y Antonio escuchó el roce de
las medias de seda, extendió la mano derecha, ella cogió la taza de café, tomó rápidamente
un sorbo, y después otro, y otro, y otro… Lentamente fue metiéndose en aquella
luz intensa de la que hablan los que han tenido cerca la muerte, y esa bella
iluminación la hizo pensar, mientras moría, que el amor de los boleros es menos
cierto que el de las rancheras, y mucho menos real que el de los tangos.
Antonio la vio morir, y sin
resistir la tentación de saber que sentía Miranda, tomó el resto del café que
ella había dejado. Apretó con fuerza la mano todavía caliente y vio las luces
que ella había visto y pensó en lo mismo que ella había pensado: toda una vida estaría contigo, no me importa
en qué forma, ni cómo, ni dónde, pero junto a ti.
Música
Alfredo Sadel – Incertidumbre
Celia Cruz – Esperaré
Jose Alfredo Jiménez – Si nos
dejan
Alberto Beltrán – Aunque me
cueste la vida
Marisol - Tómbola
Marisol - Tómbola
Los Panchos – Toda una vida
martes, 14 de abril de 2015
Carmen
El verano de 1976 en Londres, fue el más
caliente. No imaginé que también sería inolvidable. Aquella tarde salí de Barkstons
Gardens 11 y bajé por Earls Court hasta el cruce con Old Brompton Road; podría
decir que buscaba una cerveza fría y encontré casi todo. En muchas partes sonaba
Tina Charles, su Love to love era número uno en listas, y Abba parecía hacer un
coro persistente que repetía sin parar Dancing
Queen. Pero Carmen no eligió ninguna de esas dos canciones.
El poder expresar en la danza su
humanidad plena había sido el mayor descubrimiento; el placer producido por el
baile era para Carmen mucho más grande que el encontrado en el acto sexual, y
por esa razón nunca paraba de bailar: en la casa, en las aulas, en el cine,
haciendo el amor o solo caminando… Ella bailaba.
Antes de iniciar sus
presentaciones, Carmen buscaba llegar a un orgasmo que la descargara de aquella
energía que, consumiéndola de forma lenta, no dejaba que sus poderosas fuerzas
internas se expresaran libremente. Para ella la libertad plena no era otra cosa
que el vacío fugaz dejado por el orgasmo. Esa lucha que libraba Carmen, antes
de cualquier presentación, se había convertido en el sentido de su vida. Desde
el primer orgasmo, cuando era una niña de trece años, había entendido que lo
que se producía en el cerebro no estaba desligado de lo que sucedía en su
vagina; esa conexión natural entre la razón y el placer la convirtió en la
militante más radical del hedonismo.
El acto estaba a punto de
iniciar. Un hombre vestido de negro decía:

You know you're a cute little heartbreaker Foxy lady
You know you're a sweet little lovemaker
Foxy lady I
No era solo una mujer: era la
belleza. Un encuentro fugaz que dejaba ver la felicidad producida por el cuerpo
liberado del vestido, del pudor, de la moral. Carmen, buscando la vida, empezó
una larga y profunda caricia por su sexo, primero con un dedo y luego con toda
la mano, como si el deseo fuera a escapar. Cerró los ojos y casi por la fuerza
y deseo de las representaciones, todos lo hicimos al mismo tiempo.
Cuando entré al lugar vi que la
imagen se movía lentamente, se agachaba, se contorsionaba. Pese a la distancia
que había entre ella y el espejo, se podía ver con toda claridad el sudor:
gotitas que bajaban y subían por los vellos rubios del cuerpo ya cansado de
Carmen. Ella era consciente de toda su belleza y por esa razón la danza ante un
espejo se convertía en un acto erótico sin comparaciones. No estaba sola, a su
lado un hermoso dóberman miraba atento. Guardián de la belleza.
De pronto Carmen gritaba como
para confirmar que la vida era solo la suma de momentos intensos, o se quedaba
en silencio, buscando respuestas en el olor que expelía su cuerpo. Ella era la
estética expuesta a las pasiones, la lujuria de un rito o el deseo incontenible
por hacer sentir a los demás que estaba viva y que eso era un acto de heroísmo:
ella era una heroína.
El poder expresar en la danza su
humanidad plena había sido el mayor descubrimiento; el placer producido por el
baile era para Carmen mucho más grande que el encontrado en el acto sexual, y
por esa razón nunca paraba de bailar: en la casa, en las aulas, en el cine,
haciendo el amor o solo caminando… Ella bailaba.
Siempre acompañaba su danza con
ruidos producidos en la búsqueda de un acercamiento a su animalidad, y estos
sonidos, sacados desde el fondo de su garganta, hacían recordar aquello que
Octavio Paz escribiera pensando en Sade “…
en la vida erótica de todos los días los participantes imitan los rugidos,
relinchos, arrullos y gemidos de toda suerte de animales”. Y pensando en Carmen
se podría decir con toda certeza que ella danzaba como una potranca, bailaba
como un colibrí, se movía como una gacela en celo, y olía como el mejor caballo
de carreras. Carmen, viviendo, había descubierto que es mejor ser una bella
potranca que un triste ser humano, y también por eso imitaba a la perfección el
relincho.
Antes de iniciar sus
presentaciones, Carmen buscaba llegar a un orgasmo que la descargara de aquella
energía que, consumiéndola de forma lenta, no dejaba que sus poderosas fuerzas
internas se expresaran libremente. Para ella la libertad plena no era otra cosa
que el vacío fugaz dejado por el orgasmo. Esa lucha que libraba Carmen, antes
de cualquier presentación, se había convertido en el sentido de su vida. Desde
el primer orgasmo, cuando era una niña de trece años, había entendido que lo
que se producía en el cerebro no estaba desligado de lo que sucedía en su
vagina; esa conexión natural entre la razón y el placer la convirtió en la
militante más radical del hedonismo.
—¡señoras y señores, ladies and
gentlemen, mesdames et messieurs!, lo que ustedes van a vivir será total: la
brisa y el ciclón, el hambre y la gula, el hastío y la necesidad, el deseo y la
represión, el dolor pleno y su cura total. Reirán, llorarán, gritarán…

Carmen, cubierta con ropa del
desierto, quería crear la sensación de soledad, de sed no satisfecha, de oasis,
de ilusión óptica. Apareció en el escenario como un espejismo; exactamente como
ella lo había querido. Dio un paso adelante y produjo el silencio que los
espíritus necesitan para el encuentro. Su presencia inmensa agotaba todo el
espacio, el escenario no era suficiente: ni el teatro, ni la ciudad, ni el
corazón. Hizo un movimiento rápido y brusco y quedó inmóvil como una serpiente
a punto de picar. Miró hacia un hombre que estaba en primera fila, giró, dio la
espalda al público mientras movía suavemente el culo y se acariciaba los senos,
cayó al piso, miró por varios segundos al techo y cuando hubo un gran silencio,
de repente, gritó:
You know you're a cute little heartbreaker Foxy lady
You know you're a sweet little lovemaker
Foxy lady I
El volumen de la música subió, la
guitarra de Hendrix cubrió todos los rincones y después en la voz negra del
dios se escuchó Foxy lady. Carmen, atenta, dio un gran salto, abrió las piernas
en el aire y volvió a caer. Durante el salto se había quitado el turbante que
cubría su hermosa cabellera, y esta, ya suelta, se movía como la crin de un
Pegaso hembra que, inventado por Carmen, ocupó la escena. Minutos después,
cuando se escuchaba el sonido de todas las respiraciones y se percibía el olor
de todos los deseos, sus manos iniciaron un lento recorrido por su cuerpo y
fueron descubriendo, de arriba hacia abajo, primero los brazos, largos y
delgados como los de un pulpo; luego el torso y la cintura; el pubis; las
piernas; los pies. La totalidad se hizo presente.
No era solo una mujer: era la
belleza. Un encuentro fugaz que dejaba ver la felicidad producida por el cuerpo
liberado del vestido, del pudor, de la moral. Carmen, buscando la vida, empezó
una larga y profunda caricia por su sexo, primero con un dedo y luego con toda
la mano, como si el deseo fuera a escapar. Cerró los ojos y casi por la fuerza
y deseo de las representaciones, todos lo hicimos al mismo tiempo.
Durante un largo momento nos
encontramos solos, como buscándonos en los impulsos, como sintiéndonos en el
hombre, como creyéndonos dioses. Después, todo fue quietud y silencio. Al abrir
los ojos vi el cuerpo desnudo que, inerte, parecía cercano al cadáver… Pero era
solo vida. Carmen respiraba lentamente, el movimiento de su estómago dejaba
percibir la calma nacida en el furor de la danza, el sudor que la bañaba
producía los espejismos del oasis
y el deseo de querer tocarla. Me acerqué y acaricié sus pies, sucios por el polvo de las tablas. El impulso de poseerla me hizo creer que lo hacía, me incliné y besé su boca, bajé hacia su sexo y, cuando me detuve a besar sus hermosos senos, Carmen empezó a moverse como empujada por sus instintos. Sus movimientos fueron tomando ritmo y convirtiéndose en danza, la música volvió a sonar y el negro gritó:
y el deseo de querer tocarla. Me acerqué y acaricié sus pies, sucios por el polvo de las tablas. El impulso de poseerla me hizo creer que lo hacía, me incliné y besé su boca, bajé hacia su sexo y, cuando me detuve a besar sus hermosos senos, Carmen empezó a moverse como empujada por sus instintos. Sus movimientos fueron tomando ritmo y convirtiéndose en danza, la música volvió a sonar y el negro gritó:
—There must be some way out of
here!
Rápidamente Carmen se paró y sus
movimientos volvieron a inundarlo todo. Los olores a semen, a castañas, a coño
húmedo y a saliva penetraron todo el espacio. El aire se volvió aroma de
excitación, las aletas de la nariz se abrieron y cerraron al compás de las
convulsiones provocadas por el ritmo de la música y el compás de la danza.
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martes, 24 de marzo de 2015
Matriz del amor
Sobre amores imposibles, difíciles y ridículos
La idea de escribir a partir de las ideas de otros es natural. La idea
de hacerlo a partir de las ideas de algunos genios es muy difícil. Hacerlo
bien es un desafío que no quiero asumir, pero lo hago, tambaleándome en medio
de sus susurros. el amor esta presente siempre podria decirse sin ningun temor que de los dioses el que mejor punteria tiene e Cupido que siempre esta lli atento a cualquier señal o sintoma para atinar sin misiericordia en el centro del corazon.
Hace algún tiempo me ronda, hasta la asfixia, la idea de construir una
matriz que reúna dos entradas: por un lado, en la entrada vertical, la afirmación, dicen que de Gabo,
que existen tres vidas: la pública, la privada y la secreta, y por el otro lado, la entrada horizontal, los tres
tipos de amores: los imposibles, los difíciles y los ridículos. Unos del genio
de Kundera, los ridículos, otros del genio de Calvino, los difíciles y el otro,
los amores imposibles que no recuerdo haber leído libro alguno sobre ellos,
pero que permanecen allí en medio de los otros dos y siempre han estado
presentes en mi vida de forma casi que ridícula.
Tener o soñar amores imposibles es parte de la vida de todos, muchas
veces, en esos amores creamos espacios de libertad que no podrían realizarse de
otra manera. Lo imposible en el amor parece estar vedado. Las ensoñaciones vividas
en la imposibilidad de consumación sexual de un amor, nutren la imaginación y liberan
el cuerpo de la necesidad de otro cuerpo físico. Vivimos enamorados de seres
inalcanzables que alegran nuestras noches y que aparecen y desaparecen en medio
de nuestra vida cotidiana, nos sacan sonrisas y escapan como fantasmas
liberadores de nuestra libido, de nuestra eroticidad. El mordisco de Eva a una
manzana imaginaria dejo para siempre la huella de su deseo y en todos, el deseo
de ser los primeros en morderla, en disfrutarla.
Eva la primera mujer y por eso la más deseada es metáfora y origen de
todo lo imposible, parece una paradoja, pero después de ella no hubo pecado
original, solo pecados mortales. Origen de todos los amores imposibles la
perdida de la virginidad de Eva
sobrevuela el planeta causando estragos y desvaríos, dejando huérfanos a
aquellos que por alguna razón buscan en el amor de la madre, el amor perdido,
el amor no encontrado, el amor imposible que no es otra cosa, en este texto,
que el amor no consumado sexualmente. Eva distante y lejana sonríe de forma
perversa ante el deseo desencadenado que como condena nos persigue.
Eva, María y la Madre serían las entradas de esa matriz imaginaria que
cargo como compañera permanente. Cada uno y cada una tendrán la propia. Algunos
amigos me han dicho que en el amor
erótico, Dios debe aparecer primero y es probable que lo sea como fuente
inspiradora de amores imposibles, para estos amigos dejo suelto el poema de Sor
Juana Inés de la Cruz siempre presente en aquellos paraísos del amor religioso:
Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo.
¿Es Él quien persigue a Sor Juana hasta el orgasmo? ¿O es ella que al
verlo hace aguas?
Dejemos a Juana Eros tranquila y sigamos con esos amores imposibles
que tienen nombre propio. A los hombres de mi edad y alguna que otra mujer, los
perseguía otra Eva, diva ella Marilyn
Monroe, que abrió las mentes a los amores de pantalla que ahora nombrarían como
virtuales. Amores imposibles como lo fueron también las que están en ese listado erótico presente en la mente de
todos nosotros: desde la Monroe hasta la Scarlet Johansson pasando por María Félix
de la mano de Penélope Cruz, Sonia Braga o mejor sin bragas, Claudia Cardinale,
Victoria Abril, Sylvia Kristel, María Schneider, Nastassja Kinski y tantas y
tantas como cada cual desea harían parte de ese universo de vírgenes
santificadas en la pantalla.
Irían todos en la parte
superior de la matriz y los marcaria con una x poco a poco descenderían algunos
hasta el inferior y estarían representados con una y. Pocos muy poco amores
imposibles transitan hacia amores difíciles, sin embargo, puede ocurrir y se
convierte en imposible-secreto.
Los que nombro como amores difíciles son aquellos que alcanzan formas
distintas de amor sexual pero que, por razones del carácter de alguno de los dos,
no se soportan pero persisten en medio de una pasión vengativa, los limitados por la moral dominante, por ejemplo, del mismo sexo
o de la misma familia; entre hermanos, entre madre hijo, serían los más
difíciles pero a medida que se aleja el lazo de consanguinidad la cosa se puede
volver ridícula o normal que casi siempre es lo mismo.
Se podría afirmar que lo pasional no es ridículo y que en cambio lo
rutinario o normal lo es por definición. Te casas y esperas a que la cuestión
avance hacia la ridiculez que, paradójicamente, lo hace soportable. El lenguaje
es testigo de esa ridícula forma de amar. El uso del diminutivo destruye ya no
solo la pasión sino que enternece lo sexual y lo sitúa en el plano de la
ternura fraterno maternal en donde es imposible ser libertino. Es cruel el uso
del diminutivo en las referencias genitales y así penecito, téticas, cuquita y
también lo es cuando, el cambio de nombre al apodo, se hace en
diminutivo: amorcito es destructivo
de la misma forma que lo es dame un
besito.
La tabla muestra, mírela analíticamente, como mi vida ha sido equilibrada en cuestión
de amores. Tantos imposibles como difíciles y de manera inevitable un numero
parecido de amores ridículos o de amores que transitaron sin poderlo evitar a la
ridiculez. Cada uno puede hacer la matriz según su conveniencia o según su
sinceridad pero en esto podría aplicarse la frase aquella que creo era de
Wilde: un poco de sinceridad es mala una
total sinceridad es fatal.
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martes, 10 de marzo de 2015
El pensamiento, un cinturón de castidad
Sexo, mentiras y algo de video
No se sabe con certeza cuando fue la primera erección ni tampoco
cuando el primer orgasmo. Y menos aún se
sabe, a ciencia cierta, si fue primero el del hombre o el de la mujer. El
origen de la excitación no ha sido objetivo específico de ninguna de las
ciencias y si es cierto que ese big bang
del cuerpo no ha sido investigado, poco podríamos decir del universo infinito
de la sexualidad, de la genitalidad y casi nada del erotismo. La especulación
nos ronda ya no solo los genitales sino también el cerebro. La mente esta
embadurnada de moralina y con relación a
lo sexual naufraga casi siempre por el peso de lo religioso.
Sobre el cuerpo y su sexualidad
se han desplegado tantos obstáculos y tantas limitaciones que lo más placentero
es la transgresión. También lo más humano: es ella fuente inagotable de
renacimientos y es la menos dañina de las prácticas sexuales. La más sana. Si la
sexualidad debe ser entendida como territorio de libertad, la trasgresión es la
musa inspiradora de todos los placeres y de todas las virtudes sexuales.
No existe en lo natural un impedimento
a la atracción; los obstáculos y los interdictos son culturales, la idea de una
sexualidad única sea heterosexual, homosexual o bisexual son construcciones
culturales que convirtieron en prohibido lo que era natural. También son
artificiales, es decir, creados por nosotros mismos, aquellos obstáculos a relaciones mujer joven
mujer mayor, hombre mayor mujer joven, mujer mayor hombre joven o rubia con
negro y negro con rubia y así hasta la infinidad de formas que toma el mundo de
las relaciones. Si miramos con atención la sociedad al poner estorbos a unas
relaciones libres pareciera querer defender el territorio supuesto de lo normal
o de las conductas correctas produciendo una paradoja: somos libres mientras
estemos atados a la cultura, a las normas, a las instituciones.
Este mundo de las condenas a las
atracciones diversas va más allá de las fronteras familiares hasta llegar a
constituirse un universo infinito de los amores prohibidos y de las relaciones
sexuales, que vivimos inmersos en una tensión permanente que limita al menos la
libertad de expresión sexual, concepto
que podría ser mucho más preciso que el de libertad sexual tan limitado y
restringido como el mismo sexo. El amor prohibido tiene así mismo algo anti
natural por extensión: el sexo prohibido.
Es también asombrosa la condena
que se ejerce en el campo de lo sexual sobre seres humanos clasificados con diferentes o enfermos. No pueden ni
locos ni limitados por alguna razón física o mental hacer parte de la
normalidad sexual. Es un mundo repleto de silencios en donde médicos y
psicólogos naufragan en diagnósticos, no solo, imprecisos sino también o ante
todo morales. Son amores prohibidos pudiendo ser parte de la felicidad de
aquellos que por alguna circunstancia están limitados en algunas cosas de la
vida, menos en la sexual.
No se sabe con certeza cuando fue la primera erección ni tampoco
cuando el primer orgasmo. Y menos aún se
sabe, a ciencia cierta, si fue primero el del hombre o el de la mujer. El
origen de la excitación no ha sido objetivo específico de ninguna de las
ciencias y si es cierto que ese big bang
del cuerpo no ha sido investigado, poco podríamos decir del universo infinito
de la sexualidad, de la genitalidad y casi nada del erotismo. La especulación
nos ronda ya no solo los genitales sino también el cerebro. La mente esta
embadurnada de moralina y con relación a
lo sexual naufraga casi siempre por el peso de lo religioso.
La mente encuentra en la
transgresión un desafío y las fronteras establecidas por la cultura se hacen trizas ante la atracción y aguas ante la
excitación. El cuerpo sexual una vez desplegado el encantamiento de la seducción sucumbe, sin
ningún remedio, al placer. No importan las diferencias o las similitudes o las
apariencias: la atracción, la excitación y la pasión liberan al cuerpo de las
prohibiciones y lo meten de manera irremediable en el mundo de lo erótico en
donde cuerpo y mente ya no están separados: son uno solo. Esta la comunión más cercana a la expresión: lo humano.
No existe en lo natural un impedimento
a la atracción; los obstáculos y los interdictos son culturales, la idea de una
sexualidad única sea heterosexual, homosexual o bisexual son construcciones
culturales que convirtieron en prohibido lo que era natural. También son
artificiales, es decir, creados por nosotros mismos, aquellos obstáculos a relaciones mujer joven
mujer mayor, hombre mayor mujer joven, mujer mayor hombre joven o rubia con
negro y negro con rubia y así hasta la infinidad de formas que toma el mundo de
las relaciones. Si miramos con atención la sociedad al poner estorbos a unas
relaciones libres pareciera querer defender el territorio supuesto de lo normal
o de las conductas correctas produciendo una paradoja: somos libres mientras
estemos atados a la cultura, a las normas, a las instituciones.
Son muchas, demasiadas las
restricciones: desde las que limitan lo sexual a lo heterosexual condenando lo
homosexual o, los que al interior de este tipo de relaciones, podrían darse
entre mayores y menores o las que condenan las atracciones que se cuecen al
interior de los grupos familiares; padres hijos o aquellas incompresibles de
primos o tíos con sobrinas. La condena de aquellos que transgreden las
costumbres familiares puede ser más fuerte que las que tienen los del mismo
sexo. La atracción que puede darse en cualquiera de estas situaciones es censurada por la sociedad y condenada por la familia. El poder
de la autorregulación como dispositivo de control moral es tan fuerte que la
atracción que pueda llegar a sentir alguna persona es identificada como desviación o en no pocos
casos como locura.
Este mundo de las condenas a las
atracciones diversas va más allá de las fronteras familiares hasta llegar a
constituirse un universo infinito de los amores prohibidos y de las relaciones
sexuales, que vivimos inmersos en una tensión permanente que limita al menos la
libertad de expresión sexual, concepto
que podría ser mucho más preciso que el de libertad sexual tan limitado y
restringido como el mismo sexo. El amor prohibido tiene así mismo algo anti
natural por extensión: el sexo prohibido.
Sobre el mundo del trabajo y del
matrimonio también se ha entretejido una maraña difícil de desenredar. No
desear a la mujer del prójimo se amplía de forma infinita pues tu prójimo es
tan diverso que se hace difícil de precisar. Desde la mujer de tu mejor amigo o
amiga hasta la mujer u hombre casados
pueden ser amores prohibidos o condenados. El deseo que puedes llegar a sentir
por tu jefa o jefe o por tu subalterno o compañero de trabajo es considerado
peligroso para tu mundo laboral y la sociedad despliega sobre él todo tipo de
condenas. Si es mujer podría decirse que es una aprovechada y si es hombre lo
mismo.
Es también asombrosa la condena
que se ejerce en el campo de lo sexual sobre seres humanos clasificados con diferentes o enfermos. No pueden ni
locos ni limitados por alguna razón física o mental hacer parte de la
normalidad sexual. Es un mundo repleto de silencios en donde médicos y
psicólogos naufragan en diagnósticos, no solo, imprecisos sino también o ante
todo morales. Son amores prohibidos pudiendo ser parte de la felicidad de
aquellos que por alguna circunstancia están limitados en algunas cosas de la
vida, menos en la sexual.
Todo está hecho un lio. Si te masturbas joven
es malo y si lo haces de mayor, puede ser peor. La sexualidad plena debe emerger como un
dialogo libre en donde todos, hombres y mujeres, puedan ejercer la su expresión sexual como fuente del derecho más
humano: la libertad.
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