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miércoles, 13 de mayo de 2015

Filtro de amor

Cuando abrió los ojos, el agua del río que llevaba por dentro inundó la habitación, se fue por debajo de la puerta y llenó poco a poco los corazones de todos los hombres y mujeres que estaban en el edificio.  Antonio se balanceaba entre la intensidad de una  pasión furtiva y lo efímero de un amor que estaba condenado a no ser eterno. Él lo sabía.

 Ay como es cruel la incertidumbre, se repetía asimismo como un mantra que lo perseguía .No dejas de tambalearte, no dejas de buscar apoyo, no dejas de vivir sufriendo. Se decía. Desde que conoció a Miranda la vida era incierta. Su amor y su presencia, inciertos. Desde la primera vez que la vio hasta la última y desde el primer beso hasta el último orgasmo, más que mentiras parecían alucinaciones. Tenía los ojos enrojecidos. Rojos por el humo del cigarrillo y el llanto.
 



El sol entró y su luz no dejaba dudas: el día empezaba, la noche pasada era historia. Despierta que es un nuevo día se dijo. Se levantó y se dirigió al equipo de sonido, lo encendió y puso el bolero con el que había estado soñando. Tenía mal aliento, aunque no recordaba haber vomitado el sabor en la boca lo hizo creer que si lo había hecho. No más de siete whiskeys,  si acaso media botella.  Recordó el sueño, en fragmentos  y vio que todas las imágenes de Miranda  iban acompañadas de una  canción: aunque me cueste la vida, sigo buscando tu amor y susurro un trozo de la misma: Aunque me cueste la vida, al fin del mundo yo iré, para entregarte mi cariñito porque nací para  ti. Termino da cantar   las últimas notas y  decidió dos cosas: escuchar durante todo el día la colección de boleros que había heredado y unirse a Miranda para toda la vida. Pero ‒pensó‒ lo primero será fácil, ¿y lo segundo?

 

Durante la mañana hizo planes para lograr esto último y escucho los boleros. De todas las alternativas analizadas eligió una que, siendo bastante difícil de llevar a cabo, pensó que  podría ser la más segura para alcanzar la felicidad al lado de la mujer que amaba. Volvió a tomarse una taza de café, se fumó lentamente un cigarrillo y, mirando el reloj, supo con exactitud el tiempo que tardó en consumirlo: una hora entre aspiraciones y suspiros. Sentía un dolor confuso. Como una desesperanza que avisaba que algo tenía que pasar.

El humo que entró a sus pulmones, el amor que se le salía por los poros y la ansiedad que había aprendido a disfrutar lo empujaron a la calle. Allí se encontró interpretando a Gaspar Hauser, aquel personaje de la película de Herzog que, después de estar encerrado durante años y sin contacto alguno con otros seres, sale a la calle y se queda estupefacto, inmóvil, como si hubiera descubierto lo infinito de su alma y de su imaginación. Admiraba a Herzog pero mucho más a Gaspar, pensó.

Sospechaba que ese  amor apasionado era algo así como el estado más cercano a la libertad, le permitía, desde que había conocido a Miranda, alejarse de aquellas cosas que siendo útiles y necesarias se habían convertido en inhumanas: el trabajo, que le quitaba el tiempo para pensar en ella, y la rutina, que lo condenaba de forma miserable a no verla en carne y hueso. Cerró los ojos y la vio pasar corriendo, desnuda, entre una selva de pasiones; los volvió a abrir y la ilusión de sentirla se convirtió en la alucinación de poseerla: estaba frente a él como cuando uno se encuentra al borde de un abismo, y la atracción de este, al hacerse fatal, lo empuja a volar. Y voló hacia ese mundo lleno de aguas que era Miranda y la besó. Un beso largo, suave. Nadie podría decir que era una ilusión óptica o un delirio. Lo delirante era que ella estaba allí. Sentía sus pezones y ella sentía su erección. La excitación era más real que la vida misma.

 
Ella despejó las compuertas de su felicidad y navegó por el río que en la mañana Antonio había hecho bajar por el edificio. Antonio lo sintió y ese día entendió que las alucinaciones producidas por el LSD eran solo juegos pirotécnicos al lado de lo que ocurría con el amor intenso que sentía. Leyó en el espejo en donde se estaba mirando la frase de Dylan que había escrito con el carmín que Miranda utilizaba para pintarse su boquita: I gave her my heart but she wanted my soul. Hizo el ademán de ir a poner la canción, pero la promesa de escuchar solo boleros lo puso de nuevo en la más triste de las realidades: estando a su lado, ella no estaba.



Encendió el motor del carro y salió. En el kiosco de la esquina compró el periódico y leyó que una mujer había matado a un hombre y se lo había comido. Se sonrió al jugar con la frase y la tradición; la violencia masculina siempre había sido al contrario: primero se las comían y luego las mataban. Pasó las páginas hasta la penúltima, encontró los avisos que buscaba y los leyó. Detuvo su mirada en uno:
 


El aviso fue una señal de que la solución a su problema de desamor era el filtro de amor. Con el lograría lo que había decidido. Marcó el teléfono pidió la dirección, se acercó y compró varias dosis del filtro.

Su corazón se aceleró y sintió que el aire que soplaba se le metía por la nariz hasta el estómago y, en ese momento, creyó descubrir cuál era la causa del hormigueo que Miranda decía que sentía cuando la besaban. Pensó en el amor como una cosa relacionada de manera estrecha con los aromas y recordó El Perfume, la novela en la que descubrió el increíble poder que se esconde en el olfato y la infinita potencia del olor como fuente de sensaciones eróticas. Se miró en el espejo retrovisor, se rascó la nariz y dijo: “no deseo verte, deseo olerte”. Cerró los ojos y la olfateó de pies a cabeza, navegó por el mar de perfumes que emanaba cada poro de Miranda y despertó a punto de estrellarse de frente con un camión, cargado de vacas, del que salía un extraño y delicioso olor a cagajón.




Al frenar vio cómo se le venían encima todas las influencias literarias y cinematográficas y volvió a descubrir que la vida era como decía la canción: una verdadera tómbola. Sintió que el amor era azaroso, pero que la intensidad y la pasión dependían en buena medida de lo que llamó la voluntad de amar. En medio de estas conversaciones íntimas pisó el acelerador, subió el volumen del radio y se fue escuchando el bolero que no dejaba de sonar: esperaré a que sientas lo mismo que yo, a que la luna la mires del mismo color… Esperaré a que vayas por donde yo voy, a que tu alma me des como yo te la doy, esperaré…  Se puso la mano frente a la boca y soltó un poco de aire para comprobar que ya no tenía mal aliento. Sonrió.



La casa de Miranda estaba situada al norte de la ciudad. Atravesó la avenida principal y se detuvo frente a la reja de metal de la casa de la familia de Miranda: dos pisos, antejardín, un camino de piedra que conducía de la reja a la puerta, una puerta de madera, un picaporte con figura de león, cinco habitaciones de las cuales solo dos estaban ocupadas: una por doña Francisca, la madre y la otra por la única hija que estaba soltera.  Tocó, le abrieron y pasó. Se sentó en el viejo sofá de la vieja y escuchó que desde el cuarto de Francisca salía otro bolero que lo hizo pensar que su vida se estaba convirtiendo en eso. Volvió a reír y Miranda, mirándolo a los ojos, le preguntó que qué le pasaba, él respondió: si nos dejan, nos vamos a querer toda la vida. Si nos dejan, nos vamos a vivir a un mundo nuevo…. Dejó de cantar cuando ella se acercó y le tapó la boca con su boca, su cuerpo con su cuerpo y sintió que el calor lo inundaba hasta hacerlo creer que las cosas que él había deseado sucederían. Pero la vida de Antonio ya estaba decidida o, para ser precisos, él ya había decidido.




Después del beso vino la calma. Antonio se levantó, se dirigió a la cocina, vació siete de los sobres que contenían el filtro de amor en el café de Miranda, revolvió suavemente hasta hacer desaparecer el rastro de polvo blanco que quedaba y volvió a la sala. Ella lo esperaba sin sospechas, cruzó las piernas y Antonio escuchó el roce de las medias de seda, extendió la mano derecha,  ella cogió la taza de café, tomó rápidamente un sorbo, y después otro, y otro, y otro… Lentamente fue metiéndose en aquella luz intensa de la que hablan los que han tenido cerca la muerte, y esa bella iluminación la hizo pensar, mientras moría, que el amor de los boleros es menos cierto que el de las rancheras, y mucho menos real que el de los tangos.
 Antonio la vio morir, y sin resistir la tentación de saber que sentía Miranda, tomó el resto del café que ella había dejado. Apretó con fuerza la mano todavía caliente y vio las luces que ella había visto y pensó en lo mismo que ella había pensado: toda una vida estaría contigo, no me importa en qué forma, ni cómo, ni dónde, pero junto a ti.


Música
Alfredo Sadel – Incertidumbre
Celia Cruz – Esperaré
Jose Alfredo Jiménez – Si nos dejan
Alberto Beltrán – Aunque me cueste la vida

Marisol - Tómbola
Los Panchos – Toda una vida

martes, 14 de abril de 2015

Carmen

El verano de 1976 en Londres,  fue el más caliente. No imaginé que también sería  inolvidable. Aquella tarde salí de Barkstons Gardens 11 y bajé por Earls Court hasta el cruce con Old Brompton Road; podría decir que buscaba una cerveza fría y encontré casi todo. En muchas  partes sonaba Tina Charles, su Love to love era número uno en listas, y Abba parecía hacer un coro persistente  que repetía sin parar Dancing Queen. Pero Carmen no eligió ninguna de esas dos canciones.

Cuando entré al lugar vi que la imagen se movía lentamente, se agachaba, se contorsionaba. Pese a la distancia que había entre ella y el espejo, se podía ver con toda claridad el sudor: gotitas que bajaban y subían por los vellos rubios del cuerpo ya cansado de Carmen. Ella era consciente de toda su belleza y por esa razón la danza ante un espejo se convertía en un acto erótico sin comparaciones. No estaba sola, a su lado un hermoso dóberman miraba atento. Guardián de la belleza.
De pronto Carmen gritaba como para confirmar que la vida era solo la suma de momentos intensos, o se quedaba en silencio, buscando respuestas en el olor que expelía su cuerpo. Ella era la estética expuesta a las pasiones, la lujuria de un rito o el deseo incontenible por hacer sentir a los demás que estaba viva y que eso era un acto de heroísmo: ella era una heroína.

El poder expresar en la danza su humanidad plena había sido el mayor descubrimiento; el placer producido por el baile era para Carmen mucho más grande que el encontrado en el acto sexual, y por esa razón nunca paraba de bailar: en la casa, en las aulas, en el cine, haciendo el amor o solo caminando… Ella bailaba.

Siempre acompañaba su danza con ruidos producidos en la búsqueda de un acercamiento a su animalidad, y estos sonidos, sacados desde el fondo de su garganta, hacían recordar aquello que Octavio Paz escribiera pensando en Sade “…  en la vida erótica de todos los días los participantes imitan los rugidos, relinchos, arrullos y gemidos de toda suerte de animales”. Y pensando en Carmen se podría decir con toda certeza que ella danzaba como una potranca, bailaba como un colibrí, se movía como una gacela en celo, y olía como el mejor caballo de carreras. Carmen, viviendo, había descubierto que es mejor ser una bella potranca que un triste ser humano, y también por eso imitaba a la perfección el relincho.
Antes de iniciar sus presentaciones, Carmen buscaba llegar a un orgasmo que la descargara de aquella energía que, consumiéndola de forma lenta, no dejaba que sus poderosas fuerzas internas se expresaran libremente. Para ella la libertad plena no era otra cosa que el vacío fugaz dejado por el orgasmo. Esa lucha que libraba Carmen, antes de cualquier presentación, se había convertido en el sentido de su vida. Desde el primer orgasmo, cuando era una niña de trece años, había entendido que lo que se producía en el cerebro no estaba desligado de lo que sucedía en su vagina; esa conexión natural entre la razón y el placer la convirtió en la militante más radical del hedonismo.

 El acto estaba a punto de iniciar. Un hombre vestido de negro decía:

—¡señoras y señores, ladies and gentlemen, mesdames et messieurs!, lo que ustedes van a vivir será total: la brisa y el ciclón, el hambre y la gula, el hastío y la necesidad, el deseo y la represión, el dolor pleno y su cura total. Reirán, llorarán, gritarán…

Carmen, cubierta con ropa del desierto, quería crear la sensación de soledad, de sed no satisfecha, de oasis, de ilusión óptica. Apareció en el escenario como un espejismo; exactamente como ella lo había querido. Dio un paso adelante y produjo el silencio que los espíritus necesitan para el encuentro. Su presencia inmensa agotaba todo el espacio, el escenario no era suficiente: ni el teatro, ni la ciudad, ni el corazón. Hizo un movimiento rápido y brusco y quedó inmóvil como una serpiente a punto de picar. Miró hacia un hombre que estaba en primera fila, giró, dio la espalda al público mientras movía suavemente el culo y se acariciaba los senos, cayó al piso, miró por varios segundos al techo y cuando hubo un gran silencio, de repente, gritó:

 You know you're a cute little heartbreaker  Foxy lady
You know you're a sweet little lovemaker
Foxy lady I
 



El volumen de la música subió, la guitarra de Hendrix cubrió todos los rincones y después en la voz negra del dios se escuchó Foxy lady. Carmen, atenta, dio un gran salto, abrió las piernas en el aire y volvió a caer. Durante el salto se había quitado el turbante que cubría su hermosa cabellera, y esta, ya suelta, se movía como la crin de un Pegaso hembra que, inventado por Carmen, ocupó la escena. Minutos después, cuando se escuchaba el sonido de todas las respiraciones y se percibía el olor de todos los deseos, sus manos iniciaron un lento recorrido por su cuerpo y fueron descubriendo, de arriba hacia abajo, primero los brazos, largos y delgados como los de un pulpo; luego el torso y la cintura; el pubis; las piernas; los pies. La totalidad se hizo presente.




No era solo una mujer: era la belleza. Un encuentro fugaz que dejaba ver la felicidad producida por el cuerpo liberado del vestido, del pudor, de la moral. Carmen, buscando la vida, empezó una larga y profunda caricia por su sexo, primero con un dedo y luego con toda la mano, como si el deseo fuera a escapar. Cerró los ojos y casi por la fuerza y deseo de las representaciones, todos lo hicimos al mismo tiempo.
 
Durante un largo momento nos encontramos solos, como buscándonos en los impulsos, como sintiéndonos en el hombre, como creyéndonos dioses. Después, todo fue quietud y silencio. Al abrir los ojos vi el cuerpo desnudo que, inerte, parecía cercano al cadáver… Pero era solo vida. Carmen respiraba lentamente, el movimiento de su estómago dejaba percibir la calma nacida en el furor de la danza, el sudor que la bañaba producía los espejismos del oasis
y el deseo de querer tocarla. Me acerqué y acaricié sus pies, sucios por el polvo de las tablas. El impulso de poseerla me hizo creer que lo hacía, me incliné y besé su boca, bajé hacia su sexo y, cuando me detuve a besar sus hermosos senos, Carmen empezó a moverse como empujada por sus instintos. Sus movimientos fueron tomando ritmo y convirtiéndose en danza, la música volvió a sonar y el negro gritó:

—There must be some way out of here!
Rápidamente Carmen se paró y sus movimientos volvieron a inundarlo todo. Los olores a semen, a castañas, a coño húmedo y a saliva penetraron todo el espacio. El aire se volvió aroma de excitación, las aletas de la nariz se abrieron y cerraron al compás de las convulsiones provocadas por el ritmo de la música y el compás de la danza.

martes, 24 de marzo de 2015

Matriz del amor



Sobre amores imposibles, difíciles y ridículos

La idea de escribir a partir de las ideas de otros es natural. La idea de hacerlo a partir de las ideas de algunos genios es muy difícil. Hacerlo bien es un desafío que no quiero asumir, pero lo hago, tambaleándome en medio de sus susurros. el amor esta presente siempre podria decirse sin ningun temor que de los dioses el que mejor punteria tiene e Cupido que siempre esta lli atento a cualquier señal o sintoma para atinar sin misiericordia en el centro del corazon.
  
Hace algún tiempo me ronda, hasta la asfixia, la idea de construir una matriz que reúna dos entradas: por un lado, en la entrada  vertical, la afirmación, dicen que de Gabo, que existen tres vidas: la pública, la privada y la secreta, y por  el otro lado, la entrada horizontal, los tres tipos de amores: los imposibles, los difíciles y los ridículos. Unos del genio de Kundera, los ridículos, otros del genio de Calvino, los difíciles y el otro, los amores imposibles que no recuerdo haber leído libro alguno sobre ellos, pero que permanecen allí en medio de los otros dos y siempre han estado presentes en mi vida de forma casi que ridícula.

Tener o soñar amores imposibles es parte de la vida de todos, muchas veces, en esos amores creamos espacios de libertad que no podrían realizarse de otra manera. Lo imposible en el amor parece estar vedado. Las ensoñaciones vividas en la imposibilidad de consumación sexual de un amor, nutren la imaginación y liberan el cuerpo de la necesidad de otro cuerpo físico. Vivimos enamorados de seres inalcanzables que alegran nuestras noches y que aparecen y desaparecen en medio de nuestra vida cotidiana, nos sacan sonrisas y escapan como fantasmas liberadores de nuestra libido, de nuestra eroticidad. El mordisco de Eva a una manzana imaginaria dejo para siempre la huella de su deseo y en todos, el deseo de ser los primeros en morderla, en disfrutarla.
 
Eva la primera mujer y por eso la más deseada es metáfora y origen de todo lo imposible, parece una paradoja, pero después de ella no hubo pecado original, solo pecados mortales. Origen de todos los amores imposibles la perdida de la  virginidad de Eva sobrevuela el planeta causando estragos y desvaríos, dejando huérfanos a aquellos que por alguna razón buscan en el amor de la madre, el amor perdido, el amor no encontrado, el amor imposible que no es otra cosa, en este texto, que el amor no consumado sexualmente. Eva distante y lejana sonríe de forma perversa ante el deseo desencadenado que como condena nos persigue. 

Eva, María y la Madre serían las entradas de esa matriz imaginaria que cargo como compañera permanente. Cada uno y cada una tendrán la propia. Algunos amigos me han dicho  que en el amor erótico, Dios debe aparecer primero y es probable que lo sea como fuente inspiradora de amores imposibles, para estos amigos dejo suelto el poema de Sor Juana Inés de la Cruz siempre presente en aquellos paraísos del amor religioso: 

 Detente, sombra de mi bien esquivo,
 imagen del hechizo que más quiero,
 bella ilusión por quien alegre muero,
 dulce ficción por quien penosa vivo.

¿Es Él quien persigue a Sor Juana hasta el orgasmo? ¿O es ella que al verlo hace aguas? 

Dejemos a Juana Eros tranquila y sigamos con esos amores imposibles que tienen nombre propio. A los hombres de mi edad y alguna que otra mujer, los perseguía otra Eva, diva ella  Marilyn Monroe, que abrió las mentes a los amores de pantalla que ahora nombrarían como virtuales. Amores imposibles como lo fueron también las que están en  ese listado erótico presente en la mente de todos nosotros: desde la Monroe hasta la Scarlet Johansson pasando por María Félix de la mano de Penélope Cruz, Sonia Braga o mejor sin bragas, Claudia Cardinale, Victoria Abril, Sylvia Kristel, María Schneider, Nastassja Kinski y tantas y tantas como cada cual desea harían parte de ese universo de vírgenes santificadas en la pantalla. 


Estos amores imposibles muchas veces rondan lo ridículo o para ser más exacto, casi siempre terminan en ello, pues la imposibilidad de sexo crea conductas grotescas y casi todos estos amores se resuelven por el camino de la masturbación de jóvenes compulsivos mirando fotos, antes,  pantallas, luego, y ahora  móviles. Alguna vez han conducido a uno que otro al suicidio que no es otra cosa que un amor imposible convertido en un suicidio ridículo. Son amores, además de imposibles, lejanos. Podría afirmar que se disfruta esa lejanía hasta el placer. Amores sin interlocutor y por lo tanto sin conflicto, sexo mudo, sexo verbal. El verbo hecho carne.

 Irían todos en la parte superior de la matriz y los marcaria con una x poco a poco descenderían algunos hasta el inferior y estarían representados con una y. Pocos muy poco amores imposibles transitan hacia amores difíciles, sin embargo, puede ocurrir y se convierte en imposible-secreto.



Los que nombro como amores difíciles son aquellos que alcanzan formas distintas de amor sexual pero que, por razones del carácter de alguno de los dos, no se soportan pero persisten en medio de una pasión vengativa,  los limitados por la  moral dominante, por ejemplo, del mismo sexo o de la misma familia; entre hermanos, entre madre hijo, serían los más difíciles pero a medida que se aleja el lazo de consanguinidad la cosa se puede volver ridícula o normal que casi siempre es lo mismo. 

Se podría afirmar que lo pasional no es ridículo y que en cambio lo rutinario o normal lo es por definición. Te casas y esperas a que la cuestión avance hacia la ridiculez que, paradójicamente, lo hace soportable. El lenguaje es testigo de esa ridícula forma de amar. El uso del diminutivo destruye ya no solo la pasión sino que enternece lo sexual y lo sitúa en el plano de la ternura fraterno maternal en donde es imposible ser libertino. Es cruel el uso del diminutivo en las referencias genitales y así penecito, téticas, cuquita y  también lo es cuando, el cambio de nombre al apodo, se hace en diminutivo: amorcito es destructivo de la misma forma que lo es dame un besito.
 
La tabla muestra, mírela analíticamente,  como mi vida ha sido equilibrada en cuestión de amores. Tantos imposibles como difíciles y de manera inevitable un numero parecido de amores ridículos o de amores que transitaron sin poderlo evitar a la ridiculez. Cada uno puede hacer la matriz según su conveniencia o según su sinceridad pero en esto podría aplicarse la frase aquella que creo era de Wilde: un poco de sinceridad es mala una total sinceridad es fatal.



martes, 10 de marzo de 2015

El pensamiento, un cinturón de castidad

Sexo, mentiras y algo de video


No se sabe con certeza  cuando fue la primera erección ni tampoco cuando  el primer orgasmo. Y menos aún se sabe, a ciencia cierta, si fue primero el del hombre o el de la mujer. El origen de la excitación no ha sido objetivo específico de ninguna de las ciencias y si es  cierto que ese big bang del cuerpo no ha sido investigado, poco podríamos decir del universo infinito de la sexualidad, de la genitalidad y casi nada del erotismo. La especulación nos ronda ya no solo los genitales sino también el cerebro. La mente esta embadurnada  de moralina y con relación a lo sexual naufraga casi siempre por el peso de lo religioso.
Sobre el cuerpo y su sexualidad se han desplegado tantos obstáculos y tantas limitaciones que lo más placentero es la transgresión. También lo más humano: es ella fuente inagotable de renacimientos y es la menos dañina de las prácticas sexuales. La más sana. Si la sexualidad debe ser entendida como territorio de libertad, la trasgresión es la musa inspiradora de todos los placeres y de todas las virtudes sexuales.
La mente encuentra en la transgresión un desafío y las fronteras establecidas por la cultura se  hacen trizas ante la atracción y aguas ante la excitación. El cuerpo sexual una vez desplegado  el encantamiento de la seducción sucumbe, sin ningún remedio, al placer. No importan las diferencias o las similitudes o las apariencias: la atracción, la excitación y la pasión liberan al cuerpo de las prohibiciones y lo meten de manera irremediable en el mundo de lo erótico en donde cuerpo y mente ya no están separados: son uno solo.  Esta la comunión más cercana a la expresión: lo humano.
No existe en lo natural un impedimento a la atracción; los obstáculos y los interdictos son culturales, la idea de una sexualidad única sea heterosexual, homosexual o bisexual son construcciones culturales que convirtieron en prohibido lo que era natural. También son artificiales, es decir, creados por nosotros mismos,  aquellos obstáculos a relaciones mujer joven mujer mayor, hombre mayor mujer joven, mujer mayor hombre joven o rubia con negro y negro con rubia y así hasta la infinidad de formas que toma el mundo de las relaciones. Si miramos con atención la sociedad al poner estorbos a unas relaciones libres pareciera querer defender el territorio supuesto de lo normal o de las conductas correctas produciendo una paradoja: somos libres mientras estemos atados a la cultura, a las normas, a las instituciones.

Son muchas, demasiadas las restricciones: desde las que limitan lo sexual a lo heterosexual condenando lo homosexual o, los que al interior de este tipo de relaciones, podrían darse entre mayores y menores o las que condenan las atracciones que se cuecen al interior de los grupos familiares; padres hijos o aquellas incompresibles de primos o tíos con sobrinas. La condena de aquellos que transgreden las costumbres familiares puede ser más fuerte que las que tienen los del mismo sexo. La atracción que puede darse en cualquiera de estas situaciones es  censurada por la  sociedad y condenada por la familia. El poder de la autorregulación como dispositivo de control moral es tan fuerte que la atracción que pueda llegar a sentir alguna persona  es identificada como desviación o en no pocos casos como locura.
Este mundo de las condenas a las atracciones diversas va más allá de las fronteras familiares hasta llegar a constituirse un universo infinito de los amores prohibidos y de las relaciones sexuales, que vivimos inmersos en una tensión permanente que limita al menos la libertad  de expresión sexual, concepto que podría ser mucho más preciso que el de libertad sexual tan limitado y restringido como el mismo sexo. El amor prohibido tiene así mismo algo anti natural por extensión: el sexo prohibido.

Sobre el mundo del trabajo y del matrimonio también se ha entretejido una maraña difícil de desenredar. No desear a la mujer del prójimo se amplía de forma infinita pues tu prójimo es tan diverso que se hace difícil de precisar. Desde la mujer de tu mejor amigo o amiga  hasta la mujer u hombre casados pueden ser amores prohibidos o condenados. El deseo que puedes llegar a sentir por tu jefa o jefe o por tu subalterno o compañero de trabajo es considerado peligroso para tu mundo laboral y la sociedad despliega sobre él todo tipo de condenas. Si es mujer podría decirse que es una aprovechada y si es hombre lo mismo. 

Es también asombrosa la condena que se ejerce en el campo de lo sexual sobre seres humanos clasificados con diferentes o enfermos. No pueden ni locos ni limitados por alguna razón física o mental hacer parte de la normalidad sexual. Es un mundo repleto de silencios en donde médicos y psicólogos naufragan en diagnósticos, no solo, imprecisos sino también o ante todo morales. Son amores prohibidos pudiendo ser parte de la felicidad de aquellos que por alguna circunstancia están limitados en algunas cosas de la vida, menos en la sexual.

 Todo está hecho un lio. Si te masturbas joven es malo y si lo haces de mayor, puede ser peor.  La sexualidad plena debe emerger como un dialogo libre en donde todos, hombres y mujeres, puedan ejercer la su  expresión sexual como fuente del derecho más humano: la libertad.