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viernes, 11 de septiembre de 2015

Blown Up -Cartografía de unos dias en Londres



Viajé con la mente ocupada de imágenes que iban y venían como un hermoso déjà vu. Lecturas que se confundían con episodios del pasado y escenas frágiles que llegaban borrosas, de orígenes desconocidos. Momentos fugaces de mis primeros pasos por el Londres de comienzos de los setenta se entrelazaban con fragmentos del libro London de Edward Rutherfurd que acababa de terminar. Allí comprendí el significado del Támesis para la ciudad y sus primeros habitantes. La confusión y el miedo a los aviones me debilitaban. Solo pensaba en llegar, recorrer el tramo desde Heathrow hasta Northcote Road y descansar de la angustia que produce estar encerrado en una inmensa y estruendosa caja de metal, siempre a punto de caer.

Llegué. El avión, por una inmensa generosidad del piloto, sobrevoló todo Londres, desde la desembocadura del Támesis hasta el aeropuerto. La ciudad estaba hermosa, el día era azul y el cielo londinense no era un obstáculo para verla de extremo a extremo. En este viaje, entre mil cosas más, quería redescubrir la realidad que Michelangelo Antonioni había creado en 1966 sobre la ficción real que Julio Cortázar escribió en París. La adaptación de Blow Up parecía precisa: ampliar una foto. Los cambios que el director italiano había hecho eran claves para volverla una historia cinematográficamente atractiva. El Londres de aquel entonces era el lugar de Europa donde todo sucedía; París ya no era una fiesta, o para muchos, como yo, era una fiesta aburrida tres años antes del Mayo del 68. Pero eso es otra historia.

Hace tiempo prometí volver a recorrer los pasos del fotógrafo que, sin querer, había descubierto el asesinato de un hombre de unos cincuenta años. Mis obsesiones me hicieron soñar varias veces con las escenas del parque. También vi la película no menos de seis veces. Salí en la mañana en busca de un mapa de Londres. Ya sabía el nombre del parque y pensé en trazar una ruta precisa hacia él. Bajé por Northcote Road y en una librería cerca de Clapham Junction, compré el mapa. Me senté en el café Costa a examinarlo, identificando los lugares que formarían parte de esta historia.

Al mirar el mapa, volví a mi pasado en esa ciudad: descubrí las dificultades que tenía para orientarme. Con el dedo recorrí el mapa como si lo tocara, acariciándolo. Allí estaba el lugar donde había visto el concierto de Pink Floyd en 1981, The Wall, y vino a mi memoria el Earls Court Exhibition, el sitio de aquel concierto que se convirtió con el tiempo en un hito del rock. Recordé Zeppelin, Wings en Hammersmith Odeón, y deslicé el dedo hacia el sur hasta llegar al Royal Albert Hall, donde había visto a Clapton y Morrison, Dylan. Me detuve en Carnaby Street, un icono de los sesenta que se había convertido en una sosa y poco atractiva calle ocupada por almacenes sin encanto. La invasión de las marcas y el dominio de ellas sobre el diseño revolucionario redujeron el comercio a la compra por la compra. En Londres pasa algo de esto: la ropa punk o la hippie ya no son modas transgresoras, son solo estilos o estéticas que se pueden consumir sin ningún temor.

Desperté de mi letargo al acercarse a mi mesa una mujer de unos 80 años, inglesa, que me miró y me dijo: “la vida sucede sin peligros”. Quise entablar una pequeña conversación, pero ella me miró fijamente y se fue. Podría ser un personaje del libro de Rutherfurd pero no de la película de Antonioni. Me distraje pensando que los seres humanos somos nuestros propios antepasados y que ella bien podría ser de la familia de aquel druida que era consultado por los primeros habitantes de Londinium, antes de lo que se conoce como la fundación romana de la ciudad hace más de dos mil años. Su rostro me era familiar, es posible que lo hubiese visto en alguna película inglesa. Tenía más parecido a Glenda que a Vanessa. Pelo corto de color castaño claro, ojos color miel y un rostro de fuertes líneas que se diluía en una mirada amenazante. Pensé en ella durante un largo rato. Salí sin lograr escapar de su recuerdo.


Al día siguiente la busqué, suponiendo que llegaría a la misma hora, y así fue. Me miró con desprecio y, cuando intenté acercarme, su mirada fría me advirtió del peligro. No insistí. Extendí el mapa sobre la mesa y tracé la ruta entre Clapham y Greenwich, donde se encuentra Maryon Park. Mi memoria no me permitía recordar toda la película con precisión, por lo que decidí volver a verla; tenía dudas que podrían hacerme perder el viaje hasta el lugar. No sabía con exactitud si la tienda de antigüedades que aparece en la película quedaba en el mismo sitio o había sido un montaje, ni si los mimos jugaban tenis exactamente en ese parque. Tomé lentamente el café y decidí que esa noche iría al pub Bedford.

Cuando levanté la cabeza, pensando que era la mesera para cobrarme, la anciana inglesa estaba parada frente a mí, luciendo un vestido azul y un sombrero del mismo color. Me miró fijamente, se inclinó, colocó su mano derecha sobre la mesa y me dijo: “la vida sucede sin peligros”, luego salió rápidamente, escapando de mi curiosidad. No intenté nada, sabía que era inútil.

El Bedford parecía el mismo, conservando el esplendor de aquellos años en que lo conocí. No estaba lleno. Un grupo grande, principalmente ingleses, estaba fuera con un vaso de cerveza y un cigarrillo. La escena, ahora común en la ciudad, reflejaba cómo la prohibición del tabaco había ampliado las fronteras del pub hasta los andenes, de la misma forma que el verano extiende el día hasta las diez de la noche. Quizás el mayor peligro que enfrenta Londres es convertirse en tierra caliente; medio mundo vendría a vivir aquí.

Pedí media pinta de Stella Artois y reflexioné sobre cómo mis obsesiones habían cambiado; no solo estaba en mi mente el fotógrafo de Blow Up, sino también esta mujer, que generaba cada vez más intriga y algo de suspenso. No sabía qué pasaría con ella, dónde estaba en ese momento, ni si volvería a encontrarla. La imagen de su blanca mano, cruzada por venas profundamente azules que parecían a punto de reventar, permanecía conmigo mientras terminaba esta cerveza. October cantaba en el fondo, acompañando mi divagar londinense; el vino del almuerzo y la cerveza hacían el resto.

Extrañé a los Yardbirds, especialmente la escena de Blow Up: el ritmo, la voz, la guitarra, la batería, todo indicaba que las cosas empezaban bien en esos años. Ese afán por la perfección llevó a Jeff Beck a romper una guitarra en público. Otros podrían ver en el acto una protesta contra la pasividad del público. Luego, en la película, los trozos de la guitarra son recogidos en la trifulca por el fotógrafo, quien al salir los arroja. Antonioni nos regala en toda la película escenas para la especulación simbólica. Pero eso no es lo que deseo ahora.

Hoy supe que David Hemmings, el fotógrafo de la película, había muerto y me entristecí como cuando muere un amigo, un amigo desconocido como los mejores amigos. No llegó a los setenta; un ataque al corazón lo mató hace cerca de siete años en un set de filmación, de la misma manera que mueren los que aman lo que hacen. Supe que había trabajado en Gangs of New York pero ya no lo reconocí; los años no habían pasado en vano. En ese film, DiCaprio se parecía más al Hemmings de Blow Up que el propio David.


En el Bedford, mientras October se esforzaba por no parecer Joss Stone, sus pies descalzos la delataban. Su voz alegre y su presencia establecían un diálogo con el público que no alcancé a entender. Salimos por la puerta trasera y nos encontramos en una amplia sala de baile. Allí bailamos hasta descubrir que las cuatro parejas presentes estaban en una clase de Foxtrot, avanzando y retrocediendo en una versión lenta del baile, deslizándose y girando, lo que hizo imposible no recordar la escena de Brando con María Schneider en El Último Tango en París.

Salimos sin rumbo fijo. Al menos yo, absorbido por mi obsesión, no estaba en capacidad de planear algo. No me interesaba. Al llegar a casa, me senté en las escaleras de la entrada para fumar un largo habano, dejándome llevar por mi más reciente pasión: reescribir historias que permanecían de forma borrosa en mi mente pero cuya fuerza me impedía escapar de ellas. El cine es una fuente inagotable de estas historias. La música es el puente que las conecta con mi realidad. También recordé que Keith Relf, el cantante de los Yardbirds, el rubio que cantó de manera impecable "Stroll On" en la película, murió electrocutado en 1976 mientras tocaba su guitarra.

La tarde me arrastró, de la mano de un sol resplandeciente, hacia una noche corta. Desfilaban frente a mí imágenes musicalizadas con "I'm So Tired" de Lennon y McCartney, reforzando una vieja idea que me rondaba: los Beatles fueron cronistas de una época, los años 60 y 70, y de una Inglaterra repleta de imágenes como "Penny Lane", "Lovely Rita", "Eleanor Rigby", "Michelle". Crónicas de personajes que debieron cruzarse por sus vidas de forma inesperada, instantes fugaces convertidos en iconos musicales de este país y exportados con éxito a todo el mundo.

El cigarro se consumía, un hombre pasó y me miró: "¡Nice cigar!", dijo, y sonreí. Lo observé alejarse al ritmo tarareado de "The Benefit of Mr. Kite", desapareciendo y dejando una estela de colores en la que naufragaba un submarino amarillo. Sin saber cómo, me sumergí con él en imágenes que parecían la carátula de un disco de aquellos años. Me hundí en ella, recordé que en algún sueño había aprendido a volar y lo hice, entrando en una inmensa foto ampliada, liberándome de los miedos.

Me acerco lentamente a la entrada del parque Maryon; la tienda de antigüedades ha desaparecido. En su lugar han construido un grupo de casas horrendas que no reflejan nada de Londres y que opacan la vista de una ciudad que amo. Subo las escaleras de entrada y busco afanosamente el lugar. Los árboles, los mismos pero treinta años más viejos, rodean exactamente el sitio donde Vanessa se besa con el hombre que es asesinado en el laboratorio fotográfico de David. Camino lentamente hacia el fondo; las imágenes de la película se fusionan con la realidad. Mi cámara busca el mismo ángulo, la misma luz, el mismo fondo; disparo más de mil fotos en fracción de minutos. El parque es silencioso, no se ven pájaros, no hay ruido, parece un homenaje a una película de cine mudo.

Me inclino en el lugar exacto donde, hace cerca de 35 años, yacía el hombre muerto. Busco como un aprendiz de arqueólogo forense algún rastro, una huella que me diga algo, que rescate la historia de un final sumido en dudas. Paso suavemente la mano sobre la hierba; una fuerza extraña me hace recorrerla y con la mano dibujo una figura humana.


Corro hacia la cancha de tenis y allí están, petrificados, los mimos jugando un partido de tenis sin final, congelados en la mirada de los transeúntes como estatuas de sal, de hielo. La pelota suspendida en el aire en el preciso momento del match point sugiere que el partido no tendrá ganadores. Intento comprender el fenómeno de suspensión de la pelota y miro hacia arriba; nada físico parece detenerla. Giro la cabeza para observar a los mimos: el hombre está en suspenso esperando que la bola caiga, su raqueta parece preparada para dar un revés; la mujer, que acaba de dar el golpe, esboza una ligera sonrisa, sus ojos bien abiertos muestran algo de sorpresa y parece disculparse por un golpe torpe que dirige la bola hacia afuera.

Reflexiono sobre el hombre que yace en el piso y vuelvo al lugar. Un hombre negro cruza nuestro camino, lleva unos auriculares que lo aíslan del mundo. Ríe, parece que flota en su propia alegría. Consulto el mapa del parque, me detengo y noto que el nombre del parque es Blow Up; imagino que lo han cambiado en homenaje a la película o en honor a Antonioni. Una camioneta se acerca rápidamente. Avanzo hacia la parte alta del parque, como si huyera. Volteo de nuevo a mirar hacia la cancha y veo que los mimos se están subiendo en la camioneta. Les hago adiós con la mano en respuesta a las muchas manos que se despiden de mí como si fuese el final

Blown Up -English version-



   As I travelled, my mind was filled with images that surfaced and vanished like a beautiful déjà vu. These images, which confused stories with real past events, flashed through my mind in a blur. Fleeting moments of my first steps through London at the beginning of the seventies intertwined with excerpts from Edward Rutherford’s London, which I had just finished reading. It was from this book that I learned the meaning the Thames held for that city and its first inhabitants. The confusion and fear of flying had made me weak. I thought only of arriving, getting through Heathrow, driving to Northcote Road and finally resting from the anxiety produced by being imprisoned in a massive, roaring, metal cage that is always on the verge of falling.
I arrived. The plane, thanks to the kindness of our pilot, toured the city of London from the mouth of the Thames to the airport. The city looked beautiful, the sky a cloudless blue, providing an unencumbered view of the city from end to end. On this trip, I wanted, amongst a thousand other things, to rediscover the reality created by Michelangelo Antonioni in 1966 based on the fictitious account written by Julio Cortazar. The original story occurs in Paris but, in a moment of lucidity, the Italian director changed the setting to London. The adjustments made by Antonioni were key to making the story cinematographically attractive. London at that time was the place where everything in Europe was happening, Paris was no longer the scene of the party, or at least for many people like myself, it was a boring party in the three years before May 1968. But that is a different story.
I had promised a long time ago to retrace the steps of the photographer who, by chance, had discovered the murder of a man fifty years before. My obsessions made me dream of the scene in the park several times. They also drove me to see the film no less than six times. I left in the morning in search of a map of London. I knew the name of the park and thought of tracing a precise route to find it. I walked down Northcote Road and in a library near Clapham Junction I bought my map. I sat at Costa Coffee and went through the process of identifying the landmarks that were part of the story.

Looking at the map I delved back into my time in that city. I discovered I had lost my bearings so I travelled through the map with my finger, touching it, caressing it, finding the venue of the 1981 Pink Floyd concert: The Wall. I then recalled the Earl’s Court Exhibition Centre, a landmark of rock music. I remembered too, Zeppelin and Wings at the Hammersmith Odeon, and then Royal Albert Hall where I had seen Clapton, Morrison and Dylan. I lingered on Carnaby Street, an icon of the sixties that had become a dull and unattractive street populated by uninspiring stores. The invasion of brand names and their monopoly over innovative design has turned commerce into an exercise of buying for the sake of buying. In London this has become quite frequent as punk and hippie clothing have lost their edge and become styles and aesthetics that people can easily consume.
I awoke from my lethargy when an English woman about eighty years of age looked at me and said, “Life happens without danger.” I wanted to entangle her in conversation but she looked me squarely in the eyes and left. She could be a character out of Rutherford’s book, but definitely not from Antonioni’s film. My mind wandered thinking that we humans embody our own ancestors; she could easily have descended from the family of the druid who mentored the first inhabitants of Londinium, even before the arrival of the Romans over two thousand years ago. Her face seemed familiar; it is possible that I had seen her in a British film. She looked more like a Glenda than a Vanessa, with short, brown hair, light, honey-coloured eyes and a strong face with wrinkles hidden behind a menacing glare. I thought of her for a long time and left without escaping her memory.

The next day I looked for her. I figured she would arrive at the same time of day and I was right. She looked at me with contempt, her cold stare warning me not to make an approach. I didn’t try. I laid my map on the table and traced a route between Clapham and Greenwich, the area covered by Maryon Park. My memory of the film had dulled and thus, fearing these lapses of recall would hinder my investigation, I decided to watch it again. I did not know, for example, if the antique store that appears in the film was real or a tableau. I also had no idea where the mimed tennis match took place. I slowly sipped my coffee and decided that that night I would go to the pub in Bedford.
I looked up thinking the waitress had arrived with the check. Instead, the old, English woman was standing in front of me wearing a blue dress and a hat of the same colour. She once again stared squarely into my eyes, leaned forward, put her hand on the table and said, “Life happens without danger.” She then made a swift exit, escaping my curiosity. I did not go after her knowing the attempt would be futile.
It was not full. The house conserved the splendour of the years in which I had first visited it. The Bedford looked the same. A large, mostly English, group stood outside with beer pints and cigarettes in a scene now common in this city where anti-tobacco laws have broadened the boundaries of pubs onto the sidewalk in the same way summer makes the days stretch into night. Perhaps the worst fear that Londoners have is that the weather turn permanently to summer, half the world would come and live here.
I asked for a half-pint of Stella Artois and pondered the fact that my obsessions had changed. Not only was the photographer from Blowup occupying my mind, it was now shared by the old woman who was slowly becoming more intriguing, giving me the chills of suspense. I didn’t know what would happen with her, where she was at that precise moment or even whether I would see her again. The image of her white hand riddled with deep, blue veins that protruded so far they looked on the verge of bursting, was with me as I finished the beer. The musician October provided the background music to these meandering ruminations of London, the beer and wine did the rest.
I missed the Yardbirds and especially missed the scene from Blowup, the rhythm, the voice, the guitar, and the percussion, everything that pointed towards the fact that things were going well in those years. The urgency for perfection was what led Jeff Beck to smash a guitar in public. Others would see this as an act of protest in the face of the audience’s passivity. Afterwards as confusion ensues in the film, the pieces of the guitar are collected by the photographer who summarily throws them away on his way out. Antonioni imparts throughout the film scenes created for the purpose of speculating their symbolism, but that is not my desire.

Today I found out that David Hemmings, the actor who played the photographer in Blowup, had passed away. I felt the same sadness one feels when losing a friend, a stranger who nevertheless felt like a best friend. He did not reach seventy; a heart attack took him seven years ago on a film set. He died doing what he loved. I knew he had worked in Gangs of New York but I didn’t recognise him, the years had not passed in vain. He was impossible to identify, in that film DiCaprio more closely resembled the Hemmings from Blowup than David himself.

While October tried hard not to imitate Joss Stone, her bare feet were a dead giveaway. Her happy voice and general cheerfulness established a dialogue with the audience that I did not understand. We left through the back door and came upon a large dancing hall used for classes. We danced until realising four couples were in Foxtrot lessons, coming and going in a slow version of the dance, sliding and turning pirouettes, making it impossible not to remember the scene between Marlon Brando and Maria Schneider in Last Tango in Paris.
We left without having a destination in mind. At least I didn’t have one, unable to plan anything because of the all-encompassing nature of my obsession. I wasn’t interested. When I got home, I sat on the stairs of the doorway and smoked a long Cuban cigar, entranced by my recent passion: re-writing stories that remained in the blurry recesses of my mind but whose force I could not escape. Film is an endless fountain for these stories, music the bridge that unites them with reality. I also found out that Keith Relf, the blonde, lead singer of the Yardbirds who impeccably sang Stroll On in the film, died in 1976, electrocuted while playing the guitar.
The afternoon yielded way to a short night in the midst of a glittering sun. A series of thoughts paraded through my mind to the song I’m So Tired by John Lennon and Paul McCartney, reinforcing an old idea I had always toyed with: The Beatles are the chroniclers of an era, the sixties and seventies, and of an England populated by the images of Penny Lane, Lovely Rita, Eleanor Rigby and Michelle. These are chronicles of characters that probably entered their lives in the most unexpected manner. Fleeting appearances turned into musical icons in this country and exported with great success around the world.
The cigar was slowly consuming itself. A man passed by and exclaimed, “Nice cigar!” as he smiled and glanced my way. As he departs I am under the impression he is walking to the rhythm of The Benefit of Mr. Kite, leaving in his wake a trail of colours in which a yellow submarine could become shipwrecked. Suddenly, and without realising it, I too am submerged in this colourful aura amongst images reminiscent of music album covers from that era. Then I remember that once in a dream I learned to fly and do so, entering a massive, enlarged picture, liberating myself from fear.
As I slowly approach Maryon Park, I find that the antique store has disappeared. In its place are an unsightly group of houses whose architecture speaks nothing of the London skyline. Their presence obscures the view of the city I love. I climb the steps to the entrance and look hurriedly for the place I have been searching for. The same trees, thirty years later, surround the exact spot where David photographs Vanessa kissing a man only to later discover a body and an assassin lurking in the grainy shadows of the film. I walk unhurriedly towards the spot, images from the movie merging with reality. My internal camera looks for the same angle, the same light, the same backdrop and I shoot within a fraction of a second more than a thousand pictures. The park is still; there are no birds to be seen, no noise, like an homage to silent film.
I lean over the exact spot where, 35 years earlier, the dead man lay. Like a forensic expert, I look for any trace, a fingerprint, anything, that will decipher this unsolved mystery. I leisurely run my hand over the grass and a strange feeling overcomes me, compelling me to draw a human figure with my hand.
I run towards the tennis courts and find two petrified mimes playing an endless tennis match, frozen in the gaze of passersby like salt statues, ice statues. The ball, suspended in the air precisely during match point ensures that the game will never have a winner. I try to understand the phenomenon of the suspended ball and look upwards. Nothing physical seems to be holding it there. I turn my head to observe the mimes. The man is tense with apprehension waiting for the ball to fall, his racket in place for a backhand swing. The woman, who has just hit the ball, shows the hint of a smile. Her wide-open eyes betray surprise and look apologetic, as if anticipating that the ball will fall out of bounds.
My mind turns back to the man lying on the floor and I return to the scene of the crime. A black man crosses our path wearing a set of headphones that completely isolate him from the rest of the world. He laughs, seemingly floating on his own happiness. I see a map of the park and stop in front of it. The park has been renamed Blowup, I imagine as a tribute to the film and to Antonioni himself. A van approached quickly. I rapidly climb to the highest part of the park, looking like I am trying to escape. I turn to the tennis courts again and see the mimes climbing into the van. I wave goodbye in response to the myriad of hands that wave at me, as if this were the end.
I keep climbing and finally reach the place where I drew with my hand the figure of the dead man. I have no idea how, but the image has become embedded in the grass, looking as if it has been burned into the ground. The drawing is of a man who is one hundred and eighty centimetres tall and portly; a few meters from him is a chair where people have etched their name over the years. Their name, the date and the word Blowup. People who have visited the same spot. All of them, like me, have been drawn to this mysterious death diluted by the scale of history.
I look towards the entrance and see a woman approach me. Without reason, my instincts tell me to hide behind the bushes. It is the old woman from Costa Coffee, wearing the same dress, holding a rose in her hand. She bends over the outline of the figure in silence and lays down the rose in the spot where the heart would be. She looks towards my hiding place and almost inaudibly begins to whisper, “Life happens without danger.”
I wake up to the sound of my roaring snores produced probably in equal parts by fatigue and wine. The woman beside me says I haven’t stopped snoring and furthermore, have slept with a bewildered look on my face, something she has never seen before. She said I looked like a sleepwalker watching a movie with his eyes closed. I told her I had dreamt I was David, the photographer, whose eyes were open. I looked closely at the photograph he took over thirty years ago; the only one he had kept. In it, it is possible to discern the grainy outline of a man’s body in the grass, hidden amongst the bushes in Maryon Park near Greenwich in Southeast London.

jueves, 6 de agosto de 2015

TE AMAMOS MARILYN




EL ESCENARIO

Al mirar  por la ventana se veía una panorámica completa de la habitación.  Estaban abiertas las puertas de la entrada y  del baño.  Había unas canastas de mimbre a lo largo de una de las paredes y al fondo, alguna ropa amontonada, una cama sencilla con colchón doble y sobre ella el cuerpo tendido e inmóvil de la más bella rubia del siglo XX.

La habitación, como todos sabemos, olía Channel No 5 y  sobre una mesa de noche, un frasco de pastillas que, en alguna ocasión, estuvo lleno, el teléfono descolgado y el brazo de vellos rubios y de la rubia bella estaba estirado, esperando alcanzar la bocina. Su boca mil veces deseada estaba entreabierta y todavía, insinuante y provocadora, parecía decir al oído del mundo: no quiero morir.

Esto que ustedes acaban de leer no es la escena de una película, ni ella estaba actuando: era su vida real.  O mejor, su muerte real y como siempre, había llegado por sorpresa sin pedir permiso a todos los hombres y mujeres que habíamos querido que ella fuese eterna.

Algunos piensan que se suicidó, otros creen que la asesinaron y otros creemos que como las diosas no ha muerto, que se convirtió en una sirena encantadora y que está presente de alguna forma en todas las mujeres hermosas que algún día quisiéramos amar. No en vano el amor es eterno.

Cuando ella murió, Ernesto Cardenal escribió “Oración por Marilyn”, que entre otras cosas decía:

“Señor, recibe esta muchacha conocida en toda la tierra con el nombre de Marilyn Monroe.  Aunque éste no era su verdadero nombre, (Pero tú conoces su verdadero nombre, el de la huérfana violada a los nueve años, y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar).  Y ahora se presenta ante ti sin ningún maquillaje.  Sin su agente de prensa, sin fotografías y sin firmar autógrafos. Sola como un astronauta frente a la noche espacial”.

También el inmenso Passolini escribiría:
"Del mundo antiguo
y del mundo futuro
solo queda la belleza.
Y tú, pobre hermana pequeña,
que eres la que corre detrás
de sus hermanos mayores,
que ríe y llora con ellos
para imitarlos,
tú, la más joven, la más pequeña,
que llevas la belleza con humildad
y tu alma de chica de gente modesta,
nunca sabrás lo que tenías,
porque si no fuera así,
no sabrías lo que es la belleza.”

En agosto 5 de 1962 cuando murió tenía 36 años. Si no hubiese muerto, sería la anciana más hermosa y la más deseada por todos. Y es posible que hubiese inspirado algún calendario erótico para la tercera edad más poderoso que el Viagra. La vida hubiese hecho de su cuerpo el cuerpo perfecto y de las arrugas y protuberancias las virtudes mas admiradas. Abuela de todas las cenicientas, su propia cosmogonía acogería en su Olimpo una fila interminable de Lolitas queriendo ser ella.

Cuando murió era  Presidente de los Estados Unidos John F. Kennedy que fuè  asesinado un año y tres meses después, como venganza de Cronos, por los secretos nunca declarados del amor que tuvo con Marilyn y la gran cercanía con el lecho de su muerte. Amores imposibles del hombre que fue vendido como el más demócrata de los presidentes, sin serlo, con la diva  hecha a imagen y semejanza del American  Way of Life. 
Los americanos dados al mundo de las frivolidades e historietas murmuraron durante su romance e hicieron de este secreto conocido, lo más cercano a la leyenda sobre la que esta creado el imperio: la historia del príncipe y la cenicienta.

Para la época de su muerte, Sue Lyon triunfaba con Lolita y Stefanía Sandrelli en “Divorcio a la italiana”.  Liz Taylor cobraba la astronómica suma de 50.000 dólares a la semana por la película “Cleopatra”, donde se enamoraría de Richard Burton para siempre, Charlton Heston, Sofía Loren y David Niven hacían la insoportable “55 días en Pekín” y aunque los Beatles no habían aparecido ya se habían iniciado los años 60. 
Marilyn había dado los primeros pasos en búsqueda de otra década, ella, que surgió en los 50, se volvería con el tiempo la reina de la década. El icono más visible y atractivo del mundo de la ficción en el que todos queríamos vivir.

Los 60 se iniciaron a mitad de los 50 y mientras la recordemos, no terminarán.

LA RAZON DE NUESTRO AMOR

Alguien decía que Marilyn Monroe era esa maravillosa actriz de la cual uno no recuerda exactamente si sus ojos eran azules; recuerda sólo su delicioso guiño.  Diría, que tampoco recordamos su hermoso cuerpo, sino la forma como balanceaba la belleza, cómo la dominaba, cómo se burlaba de ella y  lo que provocaba.
Provocadora de millones de miradas. Fue imposible, para todos,  ocultar la lujuria que incitaba su hermoso cuerpo, el más hermoso de los que aparecían en ese entonces en la pantalla del cinematógrafo. No era alta pero parecía gigante. No era delgada pero sus curvas invitaban al abismo. Fuente de inagotables sueños eróticos y masturbaciones continuas.

 Su cuerpo  llenó la mente masculina de deseos imposibles. Y también la mente femenina. Cualquiera de sus movimientos, el más leve de los pestañeos, el más sutil deslizamiento de su mano, era una riada de provocaciones. Lava pura que descendía de un volcán en erupción.  El balanceo de su cuerpo era seductor, tan seductor como la misma naturaleza.

En alguna ocasión le preguntaron sobre su forma de caminar y contestó:

“Nunca mi forma de caminar ha sido premeditada.  La gente dice que ando contoneándome, pero ignoro lo que quieren decir.  Lo único que hago es caminar.  Nunca en mi vida me he contoneado deliberadamente, pero toda la vida he tenido dificultades con personas que afirmaban que lo hacía.  En la escuela superior, las demás chicas me decían:
“¿Por qué cruzas el vestíbulo de esa manera?” Creo que los chicos me miraban y eso las ponía celosas pero les contestaba que aprendí a caminar cuando tenía 10 meses y he caminado así desde entonces”.

Marilyn Monroe comprendió tempranamente que era necesario aprender a ser bella, que no era suficiente haber nacido hermosa y que la única forma de ser eterna, era seduciendo.

Su encanto radicaba en la capacidad para saber cómo seducir a un presidente en la vida real o a todo un pueblo en el cinematógrafo.  No nos engañemos, tanto Kennedy como nosotros, recordaremos para siempre el vestido carmesí de Niágara Falls. 

Su actitud ante la vida, ante la fama misma, hacía ver la gran mujer que teníamos en frente y que tantos hubiésemos querido tener debajo.  Con el perdón de algunos, creo que fue el Cronopio que más fama alcanzó, aquel en el cual la fusión se dio de la mejor forma. Ella fue cortazariana antes, mucho antes, que el gran Julio y sus rasgos pueden ser vistos en cada página del gigante argentino. Algunos expertos dirán que no, pero estoy seguro que el flaco e infinito escritor me habría dado la razón.

También estoy seguro que, el pobre de Joe Di Maggio, el pelotero Yankee, sucumbió para siempre cuando ella en alguna noche de Manhattan  le susurró al oído: las noches no son solo para dormir. Así mismo  el fallecido Manuel Puig no pudo haber encontrado otra inspiración para el titulo de su novela, que el cuerpo de la diva: Pubis Angelical;  que el gran Mailer quedo atrapado en la irónica ingenuidad de ella cuando en algún momento le contestó: nadie me dijo que era bella cuando realmente lo era. O es muy posible que los Kennedy, ambos John  y Robert  salieran corriendo a  Tiffanis cuando la impredecible les dijo al tiempo, que el mejor amigo de la mujer era el diamante. No deja de inquietar que esa sugerencia hubiera podido generar una invasión a Sudáfrica.

Joshua Logan, quien la dirigió en Bus Stop, hizo la descripción de Marilyn Monroe como actriz de mayor precisión. El dijo que no tenía reparo en afirmar que era una actriz con tanta presencia en la pantalla como Greta Garbo y que era una comediante tan buena como Charles Chaplin.

Decía Logan que cuando Charlot aparecía en la pantalla estaba en ella por completo, en carne y hueso y que lo mismo ocurría con Marilyn, quien tenía un humor melancólico y una melancolía humorística. Ella siempre estaba en su punto límite. En su esplendor sensual y en su más glamorosa sexualidad. Siempre camino al orgasmo. Siempre abierta al mundo y dispuesta a saltar de la pantalla y tocar con la punta de su dedo nuestra pobre realidad.

A los 90  años de su nacimiento y 54 años de su muerte, su presencia es incuestionable. Su sentido de la vida lo expresaba constantemente y en cada ocasión que se le pregunta­ba algo, su respuesta estaba en los límites. En alguna ocasión le preguntaba un  periodista  lo qué pensaba del beso. Ella dijo: un buen beso mere­ce otro. 
¿Y del sexo?
-         El sexo es una parte de la naturaleza: Yo estoy al lado de la naturaleza.
¿Y de los hombres?
-         Me han preguntado muchas veces "¿No le aburre vivir en un mundo hecho por y para el hombre?". Yo siempre he contestado "Que no me aburre nada mientras pueda ser una mujer". 

¿Se puede acaso ser mas precisa, más poética y más provocadora?  ¿Puede haber en estas respuestas algo más irónicamente inteligente? Es claro  que su hermosura estaba en la punta de su lengua, en su lenguaje, en su exacta compenetración entre cuerpo y lenguaje. A todo cuerpo le corresponde una forma de expresión y Marilyn había nacido dotada de lo mejor en ambos casos. Wilde hubiese envidiado su capacidad de síntesis, su inmejorable indiscreción, su lucidez sexo lingüística.  Su derrame permanente de máximas inolvidables y sarcasmos combativos.  Los perros nunca me han mordido, solo los humanos  remató  en algún momento un dialogo con alguien incisivo.
Por este tipo de respuestas y también seguramente por aquella entrevista en donde Truman Capote le decía que siem­pre llegaba tarde y que nunca tenía dinero, que si se creía la Reina Isabel, y ella le pre­guntó asombrada ¿Que quién? el respondió la Reina Isabel, la Reina de Inglaterra. Y ella mirándolo le dijo:
-         ¿Qué tiene esa mierda que ver conmigo?

La menos hipócrita de las ninfas y la más intelectual de las Venus, se sometía a las preguntas asombrada de que le preguntaran cosas obvias y su espontaneidad, que nacía de su mente privilegiada, era abrumadora en las respuestas.
 

Por todo esto, como decía, Cabrera lnfante, el excelente escritor y crítico de cine cubano, muerto hace muy poco,  y refiriéndose a la  actuación de MM en Bus Stop es­cribió en alguna parte:
“...  Ella ha logrado lo que pocas glamorosas han logrado en el cine: Dotar a Cenicienta no sólo de belleza sino también de inteligencia"'. Antes he rendido homenaje a una belleza, ahora deseo ofrendarlo a lo que los hombres saben que abulta menos: "su intelecto".