El país político fuera de cámara
Guillermo Solarte Lindo
Anoche y por casualidad, al
abrir YouTube, un grupo de expertos dialogaban sobre las elecciones. Repetían
gran parte de lo que se ha venido diciendo. Que pasarán a segunda vuelta Cepeda
como representante del petrismo y uno de los otros dos, Abelardo o Paloma,
representantes del uribismo. Este escenario elaborado por las encuestas se
volvió incuestionable. Es el único que tiene
validez para medios y expertos.
Varias cosas me gustarían
destacar: todos coinciden en que es
necesario el debate. No dicen exactamente sobre qué, pero creen que Cepeda debe
abrirse al debate. Lo otro que afirman, es que el jefe de debate de Cepeda es Petro y
agregan que usa todos los recursos, tanto logísticos como financieros y
mediáticos, para apoyar al candidato de su partido. En fin, el tono general de
esta parte de la conversación era acusatorio. Detrás está la idea hipócrita de
que en Colombia está prohibido que el presidente y sus ministros hagan lo que
los expertos llaman política.
Lo curioso es que muchos de
los que hoy se escandalizan porque Petro interviene políticamente en defensa de
su candidato guardaron silencio —o celebraron— cuando el uribismo convirtió eso
en norma de gobierno. Uribe no solo participó activamente en política mientras
era presidente. Su campaña permanente estuvo construida alrededor de una
narrativa emocional misógina y patriarcal: la de los “tres huevitos”.
Seguridad democrática,
confianza inversionista y cohesión social. Pero más allá del contenido
político, lo verdaderamente eficaz era la metáfora misma. Los “huevitos”
convertían el país en algo frágil que debía ser protegido por una figura
paternal fuerte. Y al mismo tiempo introducían, de manera apenas disimulada,
una idea profundamente machista del poder.
La pregunta implícita era
siempre la misma: ¿quién tiene los pantalones, el carácter, la dureza y,
simbólicamente, “los huevos” suficientes para defender la nación?
Construyó desde el poder una
maquinaria permanente de intervención electoral para favorecer primero su
reelección y luego la continuidad de su proyecto político en la candidatura de
Santos. El país entero recuerda ministros convertidos en activistas, consejos
comunitarios transformados en plataformas políticas y una estrategia
comunicativa diaria destinada a consolidar un relato único de seguridad y
autoridad. El cepedismo debe hacer esfuerzos gigantes para desligarse de esa
visión machista que arrastra este primer gobierno progresista.
Entonces no parecía
escandaloso. Parecía liderazgo. Ahora resulta que gobernar y defender
políticamente un proyecto es casi un delito institucional. Aquello fue silenciado por los medios. Nunca se hizo
referencia a la violencia de la seguridad democrática, tampoco al pobre
crecimiento de la economía, la informalidad, la desigualdad de su confianza
inversionista, y mucho menos a la ruptura de la cohesión social. ¿Podría haber
cohesión social en medio de millones de desplazados?
Otra parte del diálogo entre “expertos”
fue sobre las posibilidades que tienen los dos opositores de pasar a segunda
vuelta. Aunque no daban por seguro que fuera uno u otro, había una cierta
tendencia a afirmar que las mayores posibilidades las tendría Abelardo. Todo en
razón a que el tema, según se afirmaba, era el de la seguridad y él mostraba
los rasgos fuertes para imponerse como un padre, macho y alfa para solucionar
ese problema. Parecía que este señor podría tener también los tres huevitos
patriarcalistas bien puestos y que eso, por supuesto, no los tenía Paloma. Ella
es mujer y todos sonreían al sospechar que ella no tiene huevos.
No se discutía, si ese problema,
la inseguridad, era realmente el principal problema del país ni cuál era la
solución más acertada. Para todos y también para los medios. ya se sabía que ese era el problema. Cualquier
analista inexperto caería en cuenta de que este era un tema impuesto por el
uribismo y que sobre eso querían hacer girar la campaña durante estos quince
días que faltan.
Los expertos decían que Paloma
no tenía la fuerza para imponerse y que Abelardo sí. ¿Por qué? Es posible que
los mismos que le indicaron que en las
entrevistas dijera que iba a bombardear todos los campamentos de terroristas y
a fumigar todas las hectáreas de coca, y que lo enfatizara con toda su fuerza “que
él no temía hacerlo y que a él no le temblaría la mano”. Es decir, que dijera
sin decirlo que volvía la seguridad uribista y el Plan Colombia.
El estratega de Paloma parecía
el único que pensaba que ella pasaría a la segunda vuelta. Había algo en el
ambiente: se repetía que había encuestas privadas que daban un resultado
distinto y que Abelardo tenía más distancia de la que mostraban las encuestas
públicas o publicadas. Una forma elegante de preparar el ambiente psicológico
antes de que ocurra lo que quieren que ocurra. Dos días después apareció la
encuesta de Semana, Atlas Intel, y todo indicaba que los expertos ya sabían sus
resultados. La distancia entre los dos candidatos había aumentado.
En el alineamiento de esos
expertos alrededor del hombre del gran pene, es decir, el nuevo gran hermano,
se dijo que las salidas de Abelardo, pletóricas de vulgaridad, también podrían
favorecerlo porque daban énfasis a su capacidad de actuar y a su carácter. Si
bien es cierto que había un temor a identificarse con la vulgaridad del
candidato, no lo había para guardar silencio sobre hechos que muestran un
talante profundamente autoritario y antidemocrático.
Daba la sensación de un
consenso estructurado por las encuestas según el cual la segunda vuelta será
entre Cepeda y Abelardo.
Insisten en que Cepeda debe
debatir ya. Inmediatamente. Como si estuviera obligado a entrar a una especie
de emboscada colectiva donde todos terminarían discutiendo menos con él que con
Petro. Porque en realidad el gran adversario simbólico de esta campaña no es
Cepeda. Es Petro. Y eso explica buena parte del tono de los llamados expertos,
que han terminado incorporando una crítica radical al presidente como parte
central del contenido emocional de la campaña. Ellos, los expertos, están
atentos al escándalo para explotar la caída de Petro en la favorabilidad y la
de Cepeda en las encuestas.
No se trata entonces de un
debate para dialogar sobre propuestas. Se trata de construir un clima
antipetrista suficientemente fuerte para ordenar toda la elección alrededor del
miedo, del cansancio o del rechazo. Está claro y todos lo saben: los debates
organizados por los medios que contratan las encuestas, son debates ordenados
en torno a escándalos del gobierno, a los indicadores que marcan fracaso y no a
los que marcan éxito.
Tal vez por eso lo más sensato
para Cepeda sea debatir en segunda vuelta con quien finalmente pase. Allí sí
habría un verdadero cara a cara entre proyectos políticos relativamente
definidos y no un todos contra uno cuidadosamente administrado por el
espectáculo mediático.