martes, 19 de mayo de 2026

El país político fuera de cámara

 


El país político fuera de cámara

Guillermo Solarte Lindo

Anoche y por casualidad, al abrir YouTube, un grupo de expertos dialogaban sobre las elecciones. Repetían gran parte de lo que se ha venido diciendo. Que pasarán a segunda vuelta Cepeda como representante del petrismo y uno de los otros dos, Abelardo o Paloma, representantes del uribismo. Este escenario elaborado por las encuestas se volvió incuestionable. Es el único  que tiene validez para medios y expertos.

Varias cosas me gustarían destacar:  todos coinciden en que es necesario el debate. No dicen exactamente sobre qué, pero creen que Cepeda debe abrirse al debate. Lo otro que afirman, es  que el jefe de debate de Cepeda es Petro y agregan que usa todos los recursos, tanto logísticos como financieros y mediáticos, para apoyar al candidato de su partido. En fin, el tono general de esta parte de la conversación era acusatorio. Detrás está la idea hipócrita de que en Colombia está prohibido que el presidente y sus ministros hagan lo que los expertos llaman política.

Lo curioso es que muchos de los que hoy se escandalizan porque Petro interviene políticamente en defensa de su candidato guardaron silencio —o celebraron— cuando el uribismo convirtió eso en norma de gobierno. Uribe no solo participó activamente en política mientras era presidente. Su campaña permanente estuvo construida alrededor de una narrativa emocional misógina y patriarcal: la de los “tres huevitos”.

Seguridad democrática, confianza inversionista y cohesión social. Pero más allá del contenido político, lo verdaderamente eficaz era la metáfora misma. Los “huevitos” convertían el país en algo frágil que debía ser protegido por una figura paternal fuerte. Y al mismo tiempo introducían, de manera apenas disimulada, una idea profundamente machista del poder.

La pregunta implícita era siempre la misma: ¿quién tiene los pantalones, el carácter, la dureza y, simbólicamente, “los huevos” suficientes para defender la nación?

Construyó desde el poder una maquinaria permanente de intervención electoral para favorecer primero su reelección y luego la continuidad de su proyecto político en la candidatura de Santos. El país entero recuerda ministros convertidos en activistas, consejos comunitarios transformados en plataformas políticas y una estrategia comunicativa diaria destinada a consolidar un relato único de seguridad y autoridad. El cepedismo debe hacer esfuerzos gigantes para desligarse de esa visión machista que arrastra este primer gobierno progresista.

Entonces no parecía escandaloso. Parecía liderazgo. Ahora resulta que gobernar y defender políticamente un proyecto es casi un delito institucional. Aquello  fue silenciado por los medios. Nunca se hizo referencia a la violencia de la seguridad democrática, tampoco al pobre crecimiento de la economía, la informalidad, la desigualdad de su confianza inversionista, y mucho menos a la ruptura de la cohesión social. ¿Podría haber cohesión social en medio de millones de desplazados?

Otra parte del diálogo entre “expertos” fue sobre las posibilidades que tienen los dos opositores de pasar a segunda vuelta. Aunque no daban por seguro que fuera uno u otro, había una cierta tendencia a afirmar que las mayores posibilidades las tendría Abelardo. Todo en razón a que el tema, según se afirmaba, era el de la seguridad y él mostraba los rasgos fuertes para imponerse como un padre, macho y alfa para solucionar ese problema. Parecía que este señor podría tener también los tres huevitos patriarcalistas bien puestos y que eso, por supuesto, no los tenía Paloma. Ella es mujer y todos sonreían al sospechar que ella no tiene huevos.

No se discutía, si ese problema, la inseguridad, era realmente el principal problema del país ni cuál era la solución más acertada. Para todos y también para los medios.  ya se sabía que ese era el problema. Cualquier analista inexperto caería en cuenta de que este era un tema impuesto por el uribismo y que sobre eso querían hacer girar la campaña durante estos quince días que faltan.

Los expertos decían que Paloma no tenía la fuerza para imponerse y que Abelardo sí. ¿Por qué? Es posible que los mismos que le indicaron  que en las entrevistas dijera que iba a bombardear todos los campamentos de terroristas y a fumigar todas las hectáreas de coca, y que lo enfatizara con toda su fuerza “que él no temía hacerlo y que a él no le temblaría la mano”. Es decir, que dijera sin decirlo que volvía la seguridad uribista y el Plan Colombia.

El estratega de Paloma parecía el único que pensaba que ella pasaría a la segunda vuelta. Había algo en el ambiente: se repetía que había encuestas privadas que daban un resultado distinto y que Abelardo tenía más distancia de la que mostraban las encuestas públicas o publicadas. Una forma elegante de preparar el ambiente psicológico antes de que ocurra lo que quieren que ocurra. Dos días después apareció la encuesta de Semana, Atlas Intel, y todo indicaba que los expertos ya sabían sus resultados. La distancia entre los dos candidatos había aumentado.

En el alineamiento de esos expertos alrededor del hombre del gran pene, es decir, el nuevo gran hermano, se dijo que las salidas de Abelardo, pletóricas de vulgaridad, también podrían favorecerlo porque daban énfasis a su capacidad de actuar y a su carácter. Si bien es cierto que había un temor a identificarse con la vulgaridad del candidato, no lo había para guardar silencio sobre hechos que muestran un talante profundamente autoritario y antidemocrático.

Daba la sensación de un consenso estructurado por las encuestas según el cual la segunda vuelta será entre Cepeda y Abelardo.

Insisten en que Cepeda debe debatir ya. Inmediatamente. Como si estuviera obligado a entrar a una especie de emboscada colectiva donde todos terminarían discutiendo menos con él que con Petro. Porque en realidad el gran adversario simbólico de esta campaña no es Cepeda. Es Petro. Y eso explica buena parte del tono de los llamados expertos, que han terminado incorporando una crítica radical al presidente como parte central del contenido emocional de la campaña. Ellos, los expertos, están atentos al escándalo para explotar la caída de Petro en la favorabilidad y la de Cepeda en las encuestas.

No se trata entonces de un debate para dialogar sobre propuestas. Se trata de construir un clima antipetrista suficientemente fuerte para ordenar toda la elección alrededor del miedo, del cansancio o del rechazo. Está claro y todos lo saben: los debates organizados por los medios que contratan las encuestas, son debates ordenados en torno a escándalos del gobierno, a los indicadores que marcan fracaso y no a los que marcan éxito.

Tal vez por eso lo más sensato para Cepeda sea debatir en segunda vuelta con quien finalmente pase. Allí sí habría un verdadero cara a cara entre proyectos políticos relativamente definidos y no un todos contra uno cuidadosamente administrado por el espectáculo mediático.