La verdadera polarización: indignados,
abstencionistas e indecisos
Guillermo Solarte
Lindo
Hace algún tiempo comencé a pensar que las
encuestas políticas ya no lograban explicar realmente lo que estaba ocurriendo
en Colombia. Mostraban candidatos, porcentajes, tendencias y disputas entre
bloques visibles, pero dejaban por fuera algo mucho más profundo: el estado
emocional de millones de ciudadanos.
Todo parecía reducido a la competencia
entre quienes punteaban en los sondeos, mientras debajo de esa superficie se
movía otro país mucho más difícil de medir e interpretar. Un país compuesto por
abstencionistas, indecisos e indignados. Poco a poco empecé a pensar que allí,
y no solamente en los candidatos visibles, se estaban disputando las verdaderas
mayorías políticas de nuestra época.
Los políticos profesionales ya
establecieron como una verdad democrática que la abstención de la mitad de la
población es normal. Normalizado ese fenómeno, cualquiera puede ganar con la
mitad más uno de quienes votan, es decir, con apenas una cuarta parte de
quienes tienen derecho a hacerlo.
Durante años nos hicieron creer que las
personas votaban racionalmente, comparando programas de gobierno y tomando
decisiones relativamente lógicas, como si escoger presidente fuera parecido a
elegir un banco, un seguro médico o un plan de telefonía móvil. Pero hace rato
las elecciones dejaron de moverse solamente por ideologías estables. Hoy
también se mueven por cansancio, frustración, miedo, sensación de abandono,
identidades culturales, intereses económicos y necesidad de castigar a alguien.
No creo que estemos viviendo el fin de las
ideologías. La izquierda y la derecha siguen existiendo. Lo que sí percibo es
una enorme mutación política y emocional que rompió parte de la vieja relación
entre ciudadanos, partidos y representación. Mucha gente no dejó de creer en
ciertas ideas políticas. Lo que perdió fue la confianza en quienes dicen
representarlas.
Uno puede seguir creyendo en la justicia
social y sentirse profundamente decepcionado de sectores de izquierda. O
defender ciertas libertades económicas y al mismo tiempo rechazar el
autoritarismo, el fanatismo o la agresividad que han terminado dominando parte
de las derechas contemporáneas.
Muchas personas ya no permanecen atadas
durante décadas a una sola identidad política. Aunque todavía existen sectores
profundamente ideologizados, amplios grupos de ciudadanos se desplazan hoy con
rapidez entre candidatos, emociones, causas sociales, malestares y formas de
interpretar la realidad. Un ciudadano puede votar por esperanza, por miedo, por
rechazo, por cansancio o simplemente porque siente la necesidad de castigar a
quienes gobiernan.
Y allí apareció una palabra que comenzó a
obsesionarme: indignación.
Pero la indignación no es simplemente
rabia. Mucho menos odio o fanatismo. Para mí la indignación democrática aparece
cuando algo injusto, abusivo o humillante deja de parecernos aceptable como
normal. Tiene una dimensión ética. Contiene crítica, inconformidad y necesidad
de transformación. Sin indignación probablemente muchas democracias jamás
habrían avanzado. Buena parte de las luchas por derechos civiles, laborales,
ambientales, feministas o estudiantiles nacieron precisamente de personas
incapaces de resignarse.
Por eso me parece importante distinguir la
indignación democrática del resentimiento o del fanatismo. La indignación
conserva una voluntad crítica, incluso frente al propio sector político. El
fanatismo, en cambio, termina justificándolo todo.
Tal vez por eso me llamó la atención una
palabra que comenzó a circular en redes sociales: “petristes”. Más allá de la
ironía, parecía nombrar algo políticamente interesante: ciudadanos que votaron
por el cambio, que todavía pueden compartir muchas de sus banderas históricas,
pero que comenzaron a sentir decepción frente a errores o contradicciones que
nunca imaginaron justificar. No se volvieron automáticamente de derecha ni
abandonaron sus ideales. Lo que empezó a fracturarse fue la relación de
confianza absoluta con quienes prometían representarlos. Allí aparece una
diferencia fundamental entre indignación democrática y fanatismo: la capacidad
de conservar la crítica incluso frente al propio líder.
Fue entonces cuando empecé a sospechar que
las elecciones contemporáneas funcionan muchas veces como enormes dispositivos
emocionales para manejar la indignación social.
Las sociedades cansadas rara vez se
movilizan por discursos técnicos. Se movilizan cuando sienten que alguien logra
interpretar aquello que les duele, les preocupa o les indigna.
En Colombia esa indignación nace de
heridas acumuladas: corrupción, violencia, desigualdad, impunidad y una
sensación persistente de que las reglas nunca funcionan igual para todos.
Detrás de cada una de esas heridas existe una experiencia concreta de
humillación, exclusión o abuso que millones de ciudadanos perciben como
injusta.
Petro logró canalizar parte de esas
indignaciones históricas relacionadas con la desigualdad, la exclusión, la
corrupción y el abandono social. Otros sectores políticos movilizaron emociones
diferentes: miedo al deterioro del orden, inseguridad, cansancio social o
rechazo frente a determinados cambios culturales. La política contemporánea ya
no se mueve únicamente alrededor de programas ideológicos, sino también
alrededor de percepciones, temores y relatos capaces de activar identidades
colectivas.
Existe la indignación de quienes todavía
creen posible transformar las cosas y participan, marchan o votan porque
sienten que la democracia aún puede corregirse. El estallido social fue una
expresión poderosa de esa indignación esperanzada.
Existe también la indignación de quienes
depositaron expectativas profundas en líderes o movimientos que prometían
transformaciones y que con el tiempo comenzaron a producir frustración o desencanto.
Y existe una tercera indignación, más
silenciosa: la de millones de personas que ya no sienten que ninguna fuerza
política represente realmente aquello que consideran injusto o urgente. Allí
comienza a crecer una abstención distinta. No necesariamente apática, sino
profundamente desconfiada.
Tal vez por eso las elecciones funcionan
como grandes mecanismos de administración emocional del malestar social.
Millones de ciudadanos llegan a las campañas cansados, frustrados o indignados,
pero esa indignación rara vez permanece intacta durante mucho tiempo. Poco a
poco comienza a reorganizarse alrededor de dos emociones políticamente
decisivas: el miedo y la esperanza.
El miedo aparece rápidamente: miedo a que
gane “el otro”, miedo al caos, miedo al deterioro económico, miedo al
autoritarismo o miedo a perder estabilidad y futuro. Entonces muchas personas
terminan votando no necesariamente porque sientan entusiasmo profundo hacia un
candidato, sino porque consideran que la otra opción podría resultar todavía peor.
Pero el miedo, por sí solo, no basta.
También se necesita esperanza. Por eso cada elección reactiva la promesa de que
ahora sí llegarán las transformaciones pendientes. La esperanza reorganiza
temporalmente el malestar social. Convierte parte de la frustración en espera.
Y así millones de personas terminan votando simultáneamente con esperanza y con
miedo: esperanza de que algo mejore y miedo de que todo empeore.
Sin embargo, no todos aceptan volver
indefinidamente a ese ciclo emocional. Existen también millones de ciudadanos
que se apartan de las urnas no porque hayan dejado de sentir políticamente,
sino precisamente porque sienten demasiado: decepción, agotamiento,
incredulidad o desconfianza.
La nueva abstención no siempre significa
apatía. Muchas veces significa exactamente lo contrario: ciudadanos
intensamente críticos y emocionalmente agotados frente a unas ofertas
electorales que perciben incapaces de transformar aquello que los indigna.
Quizás allí se encuentre uno de los
grandes dilemas de nuestra época. No solamente quién gana las elecciones, sino
qué ocurre cuando amplios sectores de la sociedad comienzan a sentir que la
democracia se ha convertido más en un mecanismo de administración emocional del
malestar que en una verdadera herramienta de transformación colectiva.
Ese escenario plantea además un desafío
enorme para las fuerzas democráticas y progresistas. No limitarse a administrar
emociones ni a reaccionar permanentemente al miedo impuesto por sus
adversarios. Tal vez necesiten volver a reconocerse como intérpretes de las
indignaciones sociales, no para alimentar resentimientos ni fabricar enemigos
permanentes, sino para transformar en proyectos colectivos aquello que millones
de personas viven como injusto, humillante o indigno.
Porque cuando la política abandona las
banderas de la indignación democrática, otros terminan ocupando ese vacío
mediante el miedo, el fanatismo, el autoritarismo o la manipulación emocional.
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