sábado, 30 de mayo de 2026

La verdadera polarización: indignados, abstencionistas e indecisos

 

La verdadera polarización: indignados, abstencionistas e indecisos

Guillermo Solarte Lindo

Hace algún tiempo comencé a pensar que las encuestas políticas ya no lograban explicar realmente lo que estaba ocurriendo en Colombia. Mostraban candidatos, porcentajes, tendencias y disputas entre bloques visibles, pero dejaban por fuera algo mucho más profundo: el estado emocional de millones de ciudadanos.

Todo parecía reducido a la competencia entre quienes punteaban en los sondeos, mientras debajo de esa superficie se movía otro país mucho más difícil de medir e interpretar. Un país compuesto por abstencionistas, indecisos e indignados. Poco a poco empecé a pensar que allí, y no solamente en los candidatos visibles, se estaban disputando las verdaderas mayorías políticas de nuestra época.

Los políticos profesionales ya establecieron como una verdad democrática que la abstención de la mitad de la población es normal. Normalizado ese fenómeno, cualquiera puede ganar con la mitad más uno de quienes votan, es decir, con apenas una cuarta parte de quienes tienen derecho a hacerlo.

Durante años nos hicieron creer que las personas votaban racionalmente, comparando programas de gobierno y tomando decisiones relativamente lógicas, como si escoger presidente fuera parecido a elegir un banco, un seguro médico o un plan de telefonía móvil. Pero hace rato las elecciones dejaron de moverse solamente por ideologías estables. Hoy también se mueven por cansancio, frustración, miedo, sensación de abandono, identidades culturales, intereses económicos y necesidad de castigar a alguien.

No creo que estemos viviendo el fin de las ideologías. La izquierda y la derecha siguen existiendo. Lo que sí percibo es una enorme mutación política y emocional que rompió parte de la vieja relación entre ciudadanos, partidos y representación. Mucha gente no dejó de creer en ciertas ideas políticas. Lo que perdió fue la confianza en quienes dicen representarlas.

Uno puede seguir creyendo en la justicia social y sentirse profundamente decepcionado de sectores de izquierda. O defender ciertas libertades económicas y al mismo tiempo rechazar el autoritarismo, el fanatismo o la agresividad que han terminado dominando parte de las derechas contemporáneas.

Muchas personas ya no permanecen atadas durante décadas a una sola identidad política. Aunque todavía existen sectores profundamente ideologizados, amplios grupos de ciudadanos se desplazan hoy con rapidez entre candidatos, emociones, causas sociales, malestares y formas de interpretar la realidad. Un ciudadano puede votar por esperanza, por miedo, por rechazo, por cansancio o simplemente porque siente la necesidad de castigar a quienes gobiernan.

Y allí apareció una palabra que comenzó a obsesionarme: indignación.

Pero la indignación no es simplemente rabia. Mucho menos odio o fanatismo. Para mí la indignación democrática aparece cuando algo injusto, abusivo o humillante deja de parecernos aceptable como normal. Tiene una dimensión ética. Contiene crítica, inconformidad y necesidad de transformación. Sin indignación probablemente muchas democracias jamás habrían avanzado. Buena parte de las luchas por derechos civiles, laborales, ambientales, feministas o estudiantiles nacieron precisamente de personas incapaces de resignarse.

Por eso me parece importante distinguir la indignación democrática del resentimiento o del fanatismo. La indignación conserva una voluntad crítica, incluso frente al propio sector político. El fanatismo, en cambio, termina justificándolo todo.

Tal vez por eso me llamó la atención una palabra que comenzó a circular en redes sociales: “petristes”. Más allá de la ironía, parecía nombrar algo políticamente interesante: ciudadanos que votaron por el cambio, que todavía pueden compartir muchas de sus banderas históricas, pero que comenzaron a sentir decepción frente a errores o contradicciones que nunca imaginaron justificar. No se volvieron automáticamente de derecha ni abandonaron sus ideales. Lo que empezó a fracturarse fue la relación de confianza absoluta con quienes prometían representarlos. Allí aparece una diferencia fundamental entre indignación democrática y fanatismo: la capacidad de conservar la crítica incluso frente al propio líder.

Fue entonces cuando empecé a sospechar que las elecciones contemporáneas funcionan muchas veces como enormes dispositivos emocionales para manejar la indignación social.

Las sociedades cansadas rara vez se movilizan por discursos técnicos. Se movilizan cuando sienten que alguien logra interpretar aquello que les duele, les preocupa o les indigna.

En Colombia esa indignación nace de heridas acumuladas: corrupción, violencia, desigualdad, impunidad y una sensación persistente de que las reglas nunca funcionan igual para todos. Detrás de cada una de esas heridas existe una experiencia concreta de humillación, exclusión o abuso que millones de ciudadanos perciben como injusta.

Petro logró canalizar parte de esas indignaciones históricas relacionadas con la desigualdad, la exclusión, la corrupción y el abandono social. Otros sectores políticos movilizaron emociones diferentes: miedo al deterioro del orden, inseguridad, cansancio social o rechazo frente a determinados cambios culturales. La política contemporánea ya no se mueve únicamente alrededor de programas ideológicos, sino también alrededor de percepciones, temores y relatos capaces de activar identidades colectivas.

Existe la indignación de quienes todavía creen posible transformar las cosas y participan, marchan o votan porque sienten que la democracia aún puede corregirse. El estallido social fue una expresión poderosa de esa indignación esperanzada.

Existe también la indignación de quienes depositaron expectativas profundas en líderes o movimientos que prometían transformaciones y que con el tiempo comenzaron a producir frustración o desencanto.

Y existe una tercera indignación, más silenciosa: la de millones de personas que ya no sienten que ninguna fuerza política represente realmente aquello que consideran injusto o urgente. Allí comienza a crecer una abstención distinta. No necesariamente apática, sino profundamente desconfiada.

Tal vez por eso las elecciones funcionan como grandes mecanismos de administración emocional del malestar social. Millones de ciudadanos llegan a las campañas cansados, frustrados o indignados, pero esa indignación rara vez permanece intacta durante mucho tiempo. Poco a poco comienza a reorganizarse alrededor de dos emociones políticamente decisivas: el miedo y la esperanza.

El miedo aparece rápidamente: miedo a que gane “el otro”, miedo al caos, miedo al deterioro económico, miedo al autoritarismo o miedo a perder estabilidad y futuro. Entonces muchas personas terminan votando no necesariamente porque sientan entusiasmo profundo hacia un candidato, sino porque consideran que la otra opción podría resultar todavía peor.

Pero el miedo, por sí solo, no basta. También se necesita esperanza. Por eso cada elección reactiva la promesa de que ahora sí llegarán las transformaciones pendientes. La esperanza reorganiza temporalmente el malestar social. Convierte parte de la frustración en espera. Y así millones de personas terminan votando simultáneamente con esperanza y con miedo: esperanza de que algo mejore y miedo de que todo empeore.

Sin embargo, no todos aceptan volver indefinidamente a ese ciclo emocional. Existen también millones de ciudadanos que se apartan de las urnas no porque hayan dejado de sentir políticamente, sino precisamente porque sienten demasiado: decepción, agotamiento, incredulidad o desconfianza.

La nueva abstención no siempre significa apatía. Muchas veces significa exactamente lo contrario: ciudadanos intensamente críticos y emocionalmente agotados frente a unas ofertas electorales que perciben incapaces de transformar aquello que los indigna.

Quizás allí se encuentre uno de los grandes dilemas de nuestra época. No solamente quién gana las elecciones, sino qué ocurre cuando amplios sectores de la sociedad comienzan a sentir que la democracia se ha convertido más en un mecanismo de administración emocional del malestar que en una verdadera herramienta de transformación colectiva.

Ese escenario plantea además un desafío enorme para las fuerzas democráticas y progresistas. No limitarse a administrar emociones ni a reaccionar permanentemente al miedo impuesto por sus adversarios. Tal vez necesiten volver a reconocerse como intérpretes de las indignaciones sociales, no para alimentar resentimientos ni fabricar enemigos permanentes, sino para transformar en proyectos colectivos aquello que millones de personas viven como injusto, humillante o indigno.

Porque cuando la política abandona las banderas de la indignación democrática, otros terminan ocupando ese vacío mediante el miedo, el fanatismo, el autoritarismo o la manipulación emocional.

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario