sábado, 30 de mayo de 2026

La verdadera polarización: indignados, abstencionistas e indecisos

 

La verdadera polarización: indignados, abstencionistas e indecisos

Guillermo Solarte Lindo

Hace algún tiempo comencé a pensar que las encuestas políticas ya no lograban explicar realmente lo que estaba ocurriendo en Colombia. Mostraban candidatos, porcentajes, tendencias y disputas entre bloques visibles, pero dejaban por fuera algo mucho más profundo: el estado emocional de millones de ciudadanos.

Todo parecía reducido a la competencia entre quienes punteaban en los sondeos, mientras debajo de esa superficie se movía otro país mucho más difícil de medir e interpretar. Un país compuesto por abstencionistas, indecisos e indignados. Poco a poco empecé a pensar que allí, y no solamente en los candidatos visibles, se estaban disputando las verdaderas mayorías políticas de nuestra época.

Los políticos profesionales ya establecieron como una verdad democrática que la abstención de la mitad de la población es normal. Normalizado ese fenómeno, cualquiera puede ganar con la mitad más uno de quienes votan, es decir, con apenas una cuarta parte de quienes tienen derecho a hacerlo.

Durante años nos hicieron creer que las personas votaban racionalmente, comparando programas de gobierno y tomando decisiones relativamente lógicas, como si escoger presidente fuera parecido a elegir un banco, un seguro médico o un plan de telefonía móvil. Pero hace rato las elecciones dejaron de moverse solamente por ideologías estables. Hoy también se mueven por cansancio, frustración, miedo, sensación de abandono, identidades culturales, intereses económicos y necesidad de castigar a alguien.

No creo que estemos viviendo el fin de las ideologías. La izquierda y la derecha siguen existiendo. Lo que sí percibo es una enorme mutación política y emocional que rompió parte de la vieja relación entre ciudadanos, partidos y representación. Mucha gente no dejó de creer en ciertas ideas políticas. Lo que perdió fue la confianza en quienes dicen representarlas.

Uno puede seguir creyendo en la justicia social y sentirse profundamente decepcionado de sectores de izquierda. O defender ciertas libertades económicas y al mismo tiempo rechazar el autoritarismo, el fanatismo o la agresividad que han terminado dominando parte de las derechas contemporáneas.

Muchas personas ya no permanecen atadas durante décadas a una sola identidad política. Aunque todavía existen sectores profundamente ideologizados, amplios grupos de ciudadanos se desplazan hoy con rapidez entre candidatos, emociones, causas sociales, malestares y formas de interpretar la realidad. Un ciudadano puede votar por esperanza, por miedo, por rechazo, por cansancio o simplemente porque siente la necesidad de castigar a quienes gobiernan.

Y allí apareció una palabra que comenzó a obsesionarme: indignación.

Pero la indignación no es simplemente rabia. Mucho menos odio o fanatismo. Para mí la indignación democrática aparece cuando algo injusto, abusivo o humillante deja de parecernos aceptable como normal. Tiene una dimensión ética. Contiene crítica, inconformidad y necesidad de transformación. Sin indignación probablemente muchas democracias jamás habrían avanzado. Buena parte de las luchas por derechos civiles, laborales, ambientales, feministas o estudiantiles nacieron precisamente de personas incapaces de resignarse.

Por eso me parece importante distinguir la indignación democrática del resentimiento o del fanatismo. La indignación conserva una voluntad crítica, incluso frente al propio sector político. El fanatismo, en cambio, termina justificándolo todo.

Tal vez por eso me llamó la atención una palabra que comenzó a circular en redes sociales: “petristes”. Más allá de la ironía, parecía nombrar algo políticamente interesante: ciudadanos que votaron por el cambio, que todavía pueden compartir muchas de sus banderas históricas, pero que comenzaron a sentir decepción frente a errores o contradicciones que nunca imaginaron justificar. No se volvieron automáticamente de derecha ni abandonaron sus ideales. Lo que empezó a fracturarse fue la relación de confianza absoluta con quienes prometían representarlos. Allí aparece una diferencia fundamental entre indignación democrática y fanatismo: la capacidad de conservar la crítica incluso frente al propio líder.

Fue entonces cuando empecé a sospechar que las elecciones contemporáneas funcionan muchas veces como enormes dispositivos emocionales para manejar la indignación social.

Las sociedades cansadas rara vez se movilizan por discursos técnicos. Se movilizan cuando sienten que alguien logra interpretar aquello que les duele, les preocupa o les indigna.

En Colombia esa indignación nace de heridas acumuladas: corrupción, violencia, desigualdad, impunidad y una sensación persistente de que las reglas nunca funcionan igual para todos. Detrás de cada una de esas heridas existe una experiencia concreta de humillación, exclusión o abuso que millones de ciudadanos perciben como injusta.

Petro logró canalizar parte de esas indignaciones históricas relacionadas con la desigualdad, la exclusión, la corrupción y el abandono social. Otros sectores políticos movilizaron emociones diferentes: miedo al deterioro del orden, inseguridad, cansancio social o rechazo frente a determinados cambios culturales. La política contemporánea ya no se mueve únicamente alrededor de programas ideológicos, sino también alrededor de percepciones, temores y relatos capaces de activar identidades colectivas.

Existe la indignación de quienes todavía creen posible transformar las cosas y participan, marchan o votan porque sienten que la democracia aún puede corregirse. El estallido social fue una expresión poderosa de esa indignación esperanzada.

Existe también la indignación de quienes depositaron expectativas profundas en líderes o movimientos que prometían transformaciones y que con el tiempo comenzaron a producir frustración o desencanto.

Y existe una tercera indignación, más silenciosa: la de millones de personas que ya no sienten que ninguna fuerza política represente realmente aquello que consideran injusto o urgente. Allí comienza a crecer una abstención distinta. No necesariamente apática, sino profundamente desconfiada.

Tal vez por eso las elecciones funcionan como grandes mecanismos de administración emocional del malestar social. Millones de ciudadanos llegan a las campañas cansados, frustrados o indignados, pero esa indignación rara vez permanece intacta durante mucho tiempo. Poco a poco comienza a reorganizarse alrededor de dos emociones políticamente decisivas: el miedo y la esperanza.

El miedo aparece rápidamente: miedo a que gane “el otro”, miedo al caos, miedo al deterioro económico, miedo al autoritarismo o miedo a perder estabilidad y futuro. Entonces muchas personas terminan votando no necesariamente porque sientan entusiasmo profundo hacia un candidato, sino porque consideran que la otra opción podría resultar todavía peor.

Pero el miedo, por sí solo, no basta. También se necesita esperanza. Por eso cada elección reactiva la promesa de que ahora sí llegarán las transformaciones pendientes. La esperanza reorganiza temporalmente el malestar social. Convierte parte de la frustración en espera. Y así millones de personas terminan votando simultáneamente con esperanza y con miedo: esperanza de que algo mejore y miedo de que todo empeore.

Sin embargo, no todos aceptan volver indefinidamente a ese ciclo emocional. Existen también millones de ciudadanos que se apartan de las urnas no porque hayan dejado de sentir políticamente, sino precisamente porque sienten demasiado: decepción, agotamiento, incredulidad o desconfianza.

La nueva abstención no siempre significa apatía. Muchas veces significa exactamente lo contrario: ciudadanos intensamente críticos y emocionalmente agotados frente a unas ofertas electorales que perciben incapaces de transformar aquello que los indigna.

Quizás allí se encuentre uno de los grandes dilemas de nuestra época. No solamente quién gana las elecciones, sino qué ocurre cuando amplios sectores de la sociedad comienzan a sentir que la democracia se ha convertido más en un mecanismo de administración emocional del malestar que en una verdadera herramienta de transformación colectiva.

Ese escenario plantea además un desafío enorme para las fuerzas democráticas y progresistas. No limitarse a administrar emociones ni a reaccionar permanentemente al miedo impuesto por sus adversarios. Tal vez necesiten volver a reconocerse como intérpretes de las indignaciones sociales, no para alimentar resentimientos ni fabricar enemigos permanentes, sino para transformar en proyectos colectivos aquello que millones de personas viven como injusto, humillante o indigno.

Porque cuando la política abandona las banderas de la indignación democrática, otros terminan ocupando ese vacío mediante el miedo, el fanatismo, el autoritarismo o la manipulación emocional.

 

domingo, 24 de mayo de 2026

La campaña electoral como campo de batalla

 

 

La campaña electoral como campo de batalla

Guillermo Solarte Lindo

 

Colombia vive momentos electorales similares a los que se llevan a cabo en varios países. Los tiempos actuales parecen reafirmar que vivimos una elección continua. El ciudadano transitó de consumidor a elector en un mercado de votos en donde los extremos venden mucho más que los moderados o los matices. Desparecido el comunismo, nos queda el capitalismo electoral como punto culminante del ejercicio político. La idea de la polarización como motor que impulsa las emociones ya es parte fundamental del electoralismo reinante, tanto como las encuestas. Este texto busca abrir un espacio en la deliberación y dejar el menos una pregunta en el aire. ¿Es posible rescatar la democracia de los vendedores de emociones?

I

Definidos los competidores, la campaña deja de ser un proceso abierto y se transforma en otra cosa: un campo de batalla. O un estadio lleno de fanáticos que gritan insultos a los contrarios, a quienes han declarado sus enemigos, y al árbitro, que siempre estará en su contra y que se convierte, sin querer, en factor de odio.

No es una metáfora exagerada. Es una descripción de su funcionamiento. Los candidatos dejan de ser interlocutores que buscan persuadir y pasan a ser contendores que deben imponerse. La política se desplaza, casi sin que se note, del terreno de la deliberación al de la confrontación organizada. Se abren trincheras mediáticas; desde allí se hace circular todo tipo de información, desde las encuestas hasta las columnas de opinión fabricadas con la única intención de orientar el voto. Ya lo decía: la encuesta es el dispositivo más eficaz para la tarea de inducción al voto útil. Para unos y para otros, la información que de allí emerge se convierte en el tema central. La encuesta alimenta las campañas y define a los contrincantes finales.

Ese desplazamiento no ocurre por accidente. Está diseñado.

Los estrategas no improvisan. Se alimentan de las encuestas y replican fórmulas que han demostrado eficacia. Recomiendan a sus clientes desde el peinado hasta la forma de vestir y hablar. Estructuran narrativas de fácil comprensión para la mayoría y las hacen circular como verdades; en síntesis, mensajes que muchas veces no dicen nada, pero producen reacciones emocionales que aumentan la belicosidad de las respuestas. Los estrategas, y también los expertos, son llamados a dar una apariencia de cientificidad estadística a los datos que salen de la encuesta.

Miles de titulares políticos se construyen sobre muestras de apenas tres o cuatro mil personas. A veces, un candidato que “lidera” una encuesta representa realmente la opinión de solo unos pocos cientos de entrevistados.
Pero convertidos en gráficos y porcentajes, esos datos terminan moldeando percepciones y fabricando ganadores anticipados.

 


Durante estos seis últimos meses hemos escuchado una especulación estadística que se repite cada vez que aparece una encuesta: que subió Cepeda, que bajó Paloma, que se mantiene Abelardo. Llega un momento en que producen tal confusión que muchos terminan pensando que todos están empatados. La fuerza de lo que dicen o proponen queda legitimada por pequeñas muestras estadísticas, consolidando así una gran ficción: la opinión de periodistas y expertos convertida en información incuestionable.

Los estrategas, y también los medios y sus periodistas, observan el clima social, lo reducen a un conjunto de reacciones previsibles y, a partir de ahí, impulsan la campaña. No trabajan sobre los problemas en sí, sino sobre la manera en que esos problemas pueden ser percibidos. Identifican lo que produce miedo, lo que genera rechazo, lo que alimenta frustración, y orientan la discusión en esa dirección. Se respaldan además en estadísticas que dan a sus narrativas un toque de veracidad. La manipulación sutil del deseo y de la necesidad.

Todo pareciera darle la razón a Winston Churchill cuando afirmaba: “Solo creo en las estadísticas que yo mismo he manipulado”. Una síntesis exacta de lo que muchos candidatos piensan y de lo que estrategas y expertos ocultan. Saben también que, como decía William Ruckelshaus, “si torturas los datos lo suficiente, confesarán cualquier cosa”. En ese ejercicio han estado periodistas, analistas y expertos de los medios: exprimiendo los datos para que muestren aquello que desean instalar. Parafraseando a un famoso humorista: “La estadística es  la única ciencia donde distintos expertos, periodistas o estrategas, con los mismos datos, pueden defender conclusiones opuestas”.

Las campañas son el resultado de todo esto y de la articulación eficaz entre medios de comunicación, periodistas, expertos en comunicación política y, por supuesto, los candidatos, que en su gran mayoría piden visibilidad. Buscan ser noticia, quieren que su presencia produzca titulares. En síntesis: la campaña convertida en espectáculo mediático. En este escenario, las encuestas ocupan un lugar privilegiado. Reemplazan la deliberación política sobre los asuntos centrales por la discusión incesante de porcentajes de favorabilidad o rechazo de quienes participan en la carrera electoral.

Y en ese desplazamiento continuo, casi imperceptible, ocurre algo más profundo: la política termina siendo apropiada por quienes la administran como técnica de poder y, al mismo tiempo, expropiada de quienes deberían ejercerla. El ciudadano —el pueblo, en el sentido más pleno de la palabra— es reducido a su mínima expresión: un votante. Se le convoca no a pensar, no a debatir, no a dialogar, sino simplemente a elegir. Toda gira alrededor de la elección, del voto, de la democracia electoral convertida en horizonte casi exclusivo de la política.


La política deja entonces de ser un ejercicio cotidiano de construcción colectiva y se transforma en un acto episódico, medido en porcentajes y decidido en urnas. Entre una elección y otra, el silencio. O peor aún: el ruido.

Porque lo que se presenta como participación no es muchas veces más que una coreografía dirigida, una ilusión de intervención donde las decisiones ya han sido moldeadas por encuestas, relatos y emociones inducidas. Así, mientras la política se profesionaliza y se tecnifica, el ciudadano es desplazado no por exclusión abierta, sino por sustitución: ya no participa, reacciona; ya no delibera, responde; ya no construye, elige. Y en ese tránsito, casi sin advertirlo, pierde aquello que hacía de la política un espacio común orientado a hacer posible lo deseable.

 

II

Pero el fenómeno ya no puede entenderse únicamente desde los medios tradicionales. La televisión y la prensa escrita dejaron hace tiempo de monopolizar la construcción de la opinión pública. El ecosistema mediático se fragmentó, se multiplicó y terminó creando una red mucho más compleja de producción política y emocional. Hoy intervienen medios digitales, plataformas, periodistas convertidos en figuras de influencia, programas de opinión, podcasters e influencers que no solo informan, sino que participan activamente en la disputa por el sentido de lo que ocurre.

La campaña ya no circula únicamente por los espacios clásicos del periodismo. Se desplaza por un entramado continuo de opiniones, reacciones, titulares, videos, memes, escándalos y confrontaciones instantáneas que terminan moldeando la percepción colectiva.

En ese nuevo escenario, los medios dejan de funcionar simplemente como intermediarios entre los hechos y la ciudadanía. Se convierten en actores que seleccionan, jerarquizan, amplifican y encuadran la realidad política. Definen qué merece indignación, qué debe ser olvidado, qué escándalo debe permanecer varios días en circulación y cuál puede desaparecer en cuestión de horas. La política termina así atrapada en una dinámica donde los acontecimientos importan menos por lo que son que por la manera en que logran ser narrados y distribuidos.


Ese proceso se intensifica todavía más en las redes sociales. Allí la velocidad desplaza progresivamente a la reflexión. Lo que importa no es tanto la profundidad de una idea como su capacidad de producir reacción inmediata. Un insulto, una acusación, una frase agresiva o una simplificación grosera pueden alcanzar en pocas horas una difusión mucho mayor que cualquier análisis serio. Las plataformas terminan premiando aquello que despierta rabia, miedo o indignación, porque esas emociones garantizan circulación, interacción y permanencia.

Detrás de esa circulación incesante de indignaciones, escándalos y confrontaciones opera además un actor casi invisible: el algoritmo. Ya no se trata simplemente de una herramienta tecnológica asociada a las redes sociales o a la inteligencia artificial. El algoritmo ha comenzado a ocupar progresivamente el espacio político mismo. Los medios, las plataformas, las campañas, los estrategas y hasta los propios candidatos terminan adaptándose a su lógica.

Los algoritmos aprenden qué emociones producen más reacción, qué mensajes generan más miedo, rabia o adhesión inmediata, y amplifican precisamente aquellos contenidos que aumentan la confrontación y mantienen cautiva la atención colectiva. La política empieza entonces a organizarse alrededor de esa dinámica emocional permanente. Ya no se compite únicamente por ideas o propuestas, sino por dominar el flujo de percepciones, indignaciones y antagonismos que circula diariamente por las plataformas.

El algoritmo no organiza solamente información. Organiza emociones, miedos y formas de confrontación política.

 

La consecuencia de todo esto es profunda. La política comienza a organizarse alrededor de estímulos emocionales breves y discontinuos. Los candidatos ya no necesitan necesariamente construir pensamiento ni desarrollar propuestas complejas. Necesitan producir impacto. Necesitan ocupar permanentemente el flujo de atención. Y en medio de esa lógica, la frontera entre información, propaganda, entretenimiento y manipulación se vuelve cada vez más difusa.

Existen, por supuesto, figuras políticas que intentan conservar una relación más argumentativa con la política y menos subordinada al espectáculo emocional permanente. Pero incluso esas voces terminan operando dentro de un ecosistema mediático y electoral que premia la confrontación, la simplificación y el impacto inmediato.

Por eso el problema no puede reducirse simplemente a la existencia de noticias falsas o campañas sucias. El problema es más estructural. Tiene que ver con una transformación cultural del espacio público. La deliberación pierde terreno frente a la espectacularizacion del conflicto. La discusión de ideas es reemplazada por la administración estratégica de emociones y percepciones.


En medio de ese escenario ocurre además algo particularmente inquietante: la memoria comienza a debilitarse como herramienta de análisis político. La velocidad de la confrontación diaria termina imponiendo una lógica de presente permanente donde cada escándalo sustituye al anterior y donde el pasado pierde capacidad de intervenir críticamente sobre lo que ocurre. La política empieza entonces a ser juzgada casi exclusivamente por el efecto inmediato de cada acontecimiento, mientras trayectorias, responsabilidades históricas y procesos acumulados desaparecen del horizonte de comprensión.

Hoy ocurre además un fenómeno particularmente significativo. Buena parte de los medios, periodistas, plataformas digitales y espacios de opinión han concentrado una parte importante de su agenda en la crítica permanente al gobierno Petro y, por extensión, a la posibilidad de continuidad política representada por sectores de izquierda. Nada de eso sería problemático en sí mismo. Toda democracia necesita crítica, vigilancia y confrontación pública del poder.

El problema aparece cuando esa crítica comienza a desarrollarse en medio de una especie de pérdida de memoria política reciente. Como si el presente electoral absorbiera completamente el pasado y la conversación pública terminara reducida únicamente a los errores, escándalos y contradicciones del gobierno actual.

La campaña empieza entonces a funcionar dentro de una lógica de presente permanente donde ciertos procesos históricos desaparecen parcialmente del horizonte de discusión. Y resulta llamativo que, mientras el petrismo ocupa diariamente titulares, columnas, programas de opinión, videos y tendencias digitales, gran parte de la memoria relacionada con el uribismo —sus vínculos con la violencia, los falsos positivos, el paramilitarismo, la corrupción o las interceptaciones ilegales— aparezca muchas veces diluida, fragmentada o desplazada hacia un segundo plano del debate electoral.

No se trata de negar las críticas al actual gobierno ni de reemplazar una polarización por otra. El problema es distinto. Tiene que ver con la manera desigual en que la memoria opera dentro de la campaña. Porque la política deja de analizarse históricamente y comienza a organizarse alrededor de percepciones inmediatas, emociones coyunturales y reacciones rápidas alimentadas diariamente por medios, redes y plataformas.

En ese escenario, periodistas, analistas, medios empresariales, digitales o llamados alternativos dejan de ser simples observadores de la campaña y pasan a convertirse también en actores que participan activamente en la construcción emocional del conflicto electoral. Definen prioridades, jerarquizan indignaciones, amplifican ciertos temas y silencian otros. Y al hacerlo, intervienen directamente en la manera en que la sociedad recuerda, olvida y finalmente vota.

Eso explica en parte la asimetría que suele observarse en muchos medios y espacios de opinión. El gobierno de turno es sometido a un escrutinio constante y cotidiano, mientras otros sectores políticos, a pesar de sus antecedentes, de sus responsabilidades o de las consecuencias históricas de sus decisiones, aparecen muchas veces protegidos por una especie de amnesia selectiva. No se trata de cuestionar la crítica al poder. Toda democracia necesita crítica. El problema aparece cuando esa crítica pierde perspectiva histórica y termina funcionando más como mecanismo de alineamiento político que como ejercicio de comprensión.

En ese contexto, el llamado debate público corre el riesgo de convertirse en un tribunal emocional permanente. Un espacio donde ya no importa tanto comprender los procesos sociales o políticos, sino producir condenas rápidas, adhesiones inmediatas y rechazos automáticos. La política deja entonces de ser un ejercicio de interpretación colectiva de la realidad y se transforma progresivamente en una disputa por imponer percepciones.


Mientras tanto, existe un actor enorme que permanece parcialmente fuera de esa maquinaria: el abstencionismo. Pero interpretarlo únicamente como apatía sería simplificar demasiado el problema. El abstencionismo también puede leerse como distancia, como desconfianza acumulada, como sensación de extrañamiento frente a una política que muchos perciben cada vez más cerrada sobre sí misma y más subordinada a las reglas del espectáculo mediático.

Los estrategas saben medir comportamientos electorales, identificar segmentos de opinión y construir narrativas dirigidas a públicos específicos. Pero tienen enormes dificultades para comprender algo más profundo: la relación cultural que una sociedad establece con la política, con el poder, con la credibilidad y con la memoria. Confunden comportamiento con cultura. Creen que una sociedad puede entenderse únicamente a partir de encuestas, tendencias o reacciones instantáneas, cuando en realidad también está atravesada por experiencias históricas, símbolos, frustraciones, lenguajes y formas colectivas de interpretar el mundo.

Y quizás ahí se encuentra uno de los mayores límites de la política contemporánea: creer que la sociedad puede ser administrada emocionalmente sin comprender verdaderamente las culturas que le dan sentido.

G. K. Chesterton advertía que cuando las ideas dejan de dialogar y se convierten en certezas cerradas, la discusión termina por hacerse imposible. No porque desaparezcan los argumentos, sino porque desaparece la disposición a escuchar. Y cuando eso ocurre, la democracia puede seguir funcionando formalmente, puede seguir celebrando elecciones, debates y campañas, pero comienza lentamente a vaciarse por dentro.

Porque una democracia no se sostiene únicamente sobre el voto. También necesita conversación pública, memoria, capacidad de escucha y deliberación real. Y cuando todo eso es reemplazado por la confrontación permanente, por el espectáculo emocional y por la manipulación estratégica de percepciones, la política deja de construir comunidad y empieza simplemente a administrar antagonismos.

Es ahí donde la campaña deja de ser solamente una competencia electoral.

Y se convierte en el síntoma de una democracia que, sin dejar de existir, corre el riesgo de quedarse cada vez más vacía.

 

¿Sabía usted que en Colombia suele votar apenas entre el 50 % y el 55 % del censo electoral?
Y que, si participa, por ejemplo, el 52 % de los ciudadanos habilitados para votar, un candidato puede llegar a la Presidencia con poco más de la mitad de esos votos; es decir, con el respaldo efectivo de apenas una cuarta parte del total del electorado.

 

martes, 19 de mayo de 2026

El país político fuera de cámara

 


El país político fuera de cámara

Guillermo Solarte Lindo

Anoche, y por casualidad, al abrir YouTube, un grupo de expertos dialogaba sobre las elecciones. Repetían gran parte de lo que se ha venido diciendo: que pasarán a segunda vuelta Cepeda, como representante del petrismo, y uno de los otros dos, Abelardo o Paloma, como representantes del uribismo. Este escenario elaborado por las encuestas se volvió incuestionable. Es el único que parece tener validez para medios y expertos.

Todos coinciden en que es necesario el debate. No dicen exactamente sobre qué, pero creen que Cepeda debe abrirse al debate. Lo otro que afirman es que el jefe de debate de Cepeda es Petro, y agregan que usa todos los recursos —logísticos, financieros y mediáticos— para apoyar al candidato de su partido. En fin, el tono general de esa parte de la conversación era acusatorio. Detrás permanece la idea hipócrita de que en Colombia está prohibido que el presidente y sus ministros hagan lo que los expertos llaman política.

Lo curioso es que muchos de los que hoy se escandalizan porque Petro interviene políticamente en defensa de su candidato guardaron silencio —o celebraron— cuando el uribismo convirtió eso en norma de gobierno. Uribe no solo participó activamente en política mientras era presidente. Su campaña permanente estuvo construida alrededor de una narrativa emocional profundamente patriarcal: la de los “tres huevitos”.

Seguridad democrática, confianza inversionista y cohesión social. Pero, más allá del contenido político, lo verdaderamente eficaz era la metáfora misma. Los “huevitos” convertían el país en algo frágil que debía ser protegido por una figura paternal fuerte. Y, al mismo tiempo, introducían de manera apenas disimulada una idea profundamente machista del poder.

La pregunta implícita era siempre la misma: ¿quién tiene los pantalones, el carácter, la dureza y, simbólicamente, “los huevos” suficientes para defender la nación?

Uribe construyó desde el poder una maquinaria permanente de intervención electoral para favorecer primero su reelección y luego la continuidad de su proyecto político en la candidatura de Santos. El país entero recuerda ministros convertidos en activistas, consejos comunitarios transformados en plataformas políticas y una estrategia comunicativa diaria destinada a consolidar un relato único de seguridad y autoridad. El cepedismo, por su parte, debe hacer esfuerzos gigantes para desligarse de esa visión machista que todavía arrastra buena parte de la política colombiana.

Entonces no parecía escandaloso. Parecía liderazgo. Ahora resulta que gobernar y defender políticamente un proyecto es casi un delito institucional. Aquello fue silenciado por los medios. Nunca se hizo suficiente referencia a la violencia de la seguridad democrática, tampoco al pobre crecimiento de la economía, la informalidad, la desigualdad derivada de su confianza inversionista, y mucho menos a la ruptura de la cohesión social. ¿Podría haber cohesión social en medio de millones de desplazados?

Otra parte del diálogo entre “expertos” giró alrededor de las posibilidades que tienen los dos opositores de pasar a segunda vuelta. Aunque no daban por seguro que fuera uno u otro, existía una cierta tendencia a afirmar que las mayores posibilidades las tendría Abelardo. Todo porque el tema central, según se afirmaba, era el de la seguridad, y él mostraba los rasgos fuertes para imponerse como una especie de padre severo capaz de solucionar el problema. Parecía que este señor podía encarnar nuevamente la vieja figura del macho protector y autoritario, mientras Paloma quedaba atrapada en el prejuicio de que la firmeza sigue siendo un atributo masculino. En el panel había cinco hombres y una mujer, además de la moderadora.

No se discutía si la inseguridad era realmente el principal problema del país ni cuál podía ser la solución más acertada. Para todos, y también para los medios, ya se sabía que ese era el problema. Cualquier analista inexperto caería en cuenta de que este era un tema impuesto por el uribismo y que sobre eso querían hacer girar la campaña durante estos quince días que faltan.

Los expertos decían que Paloma no tenía la fuerza para imponerse y que Abelardo sí. ¿Por qué? Es posible que los mismos estrategas le indicaran que en las entrevistas dijera que iba a bombardear todos los campamentos de terroristas y a fumigar todas las hectáreas de coca, enfatizando con fuerza que “a él no le temblaría la mano”. Es decir, decir sin decirlo que volvía la seguridad uribista y el Plan Colombia.

El estratega de Paloma parecía el único que pensaba que ella pasaría a segunda vuelta. Había algo en el ambiente: se repetía que existían encuestas privadas con resultados distintos y que Abelardo tenía más distancia de la que mostraban las encuestas públicas. Una forma elegante de preparar el ambiente psicológico antes de que ocurra lo que quieren que ocurra. Dos días después apareció la encuesta de Semana y Atlas Intel, y todo indicaba que los expertos ya conocían sus resultados. La distancia entre los dos candidatos había aumentado. Dias depues sale la de Guarumo y hace temblar a algunos y hoy 21 de mayo salió la de INVAMER de mayo y revolvio las esperanzas de periodidstas y expertos afines a uno u otro de los contrincantes. 

En el alineamiento de esos expertos y periodistas  alrededor del nuevo liderazgo de mano dura, se insinuó incluso que las salidas vulgares de Abelardo podrían favorecerlo, porque reforzaban la idea de carácter y capacidad de actuar. Si bien existía cierto temor a identificarse abiertamente con la vulgaridad del candidato, no ocurría lo mismo frente a hechos que revelan un talante profundamente autoritario y antidemocrático.

Daba la sensación de un consenso estructurado por las encuestas según el cual la segunda vuelta será entre Cepeda y Abelardo. Me dio la impresión de que esa reunión —y muchas otras de periodistas y expertos sobre el tema electoral— estaban sobrecargadas de una misoginia tropical dulcemente amarga. 

Insisten en que Cepeda debe debatir ya. Inmediatamente. Como si estuviera obligado a entrar a una especie de emboscada colectiva donde todos terminarían discutiendo menos con él que con Petro. Porque, en realidad, el gran adversario simbólico de esta campaña no es Cepeda. Es Petro. Y eso explica buena parte del tono de los llamados expertos, que han terminado incorporando una crítica radical al presidente como parte central del contenido emocional de la campaña. Están atentos al escándalo para explotar la caída de Petro en la favorabilidad y la de Cepeda en las encuestas. Confirmé que las encuestas habia logrado reducirlo todo al enfrentamiento de uribismo y el petrsimo

No se trataba entonces de un debate para dialogar sobre propuestas. Se trataba de construir un clima antipetrista suficientemente fuerte para ordenar toda la elección alrededor del miedo, del cansancio o del rechazo. Está claro, y todos lo saben: los debates organizados por los medios que contratan las encuestas terminan ordenados alrededor de los escándalos del gobierno, de los indicadores que marcan fracaso y no de aquellos que podrían mostrar éxito.

Tal vez por eso lo más sensato para Cepeda sea debatir en segunda vuelta con quien finalmente pase. Allí sí habría un verdadero cara a cara entre proyectos políticos relativamente definidos y no un todos contra uno cuidadosamente administrado por el espectáculo mediático.

Tal vez el verdadero debate político ya no esté ocurriendo frente a las cámaras, sino detrás de las encuestas. La guerra entre encuestas es evidente: la disparidad de sus resultados, su inquietante papel como orientadoras de la opinión electoral, el origen de quienes las contratan y las altas cargas de vinculación política entre quienes las divulgan y uno u otro candidato o candidata son aspectos que ponen en duda no solo su legitimidad, sino también su pretendida cientificidad.

miércoles, 29 de abril de 2026

Hipopótamos II: la derrota de la ecología

 

Hipopótamos II: la derrota de la ecología

Conozco ese debate desde adentro. Lo conocí en los años en que dirigía educación ambiental, en Minambiente, cuando todavía resonaba el escándalo de los animales traídos a la hacienda de Escobar y comenzaba a imponerse, desde muchos organismos e instituciones, una visión tecnocrática según la cual la naturaleza debía ser administrada como inventario, problema de manejo o asunto de costos. Desde entonces asumí que una cosa era el medio ambientalismo y otra muy distinta la ecología.

Lo digo ahora porque el país asiste, una vez más, al triunfo de la confusión.

Las decisiones judiciales conocidas hasta hoy han salido a favor de lo que llaman “eutanasia” de decenas de hipopótamos. El lenguaje vuelve a hacer de las suyas. Se utiliza una palabra asociada al alivio del sufrimiento para nombrar lo que en realidad es la eliminación programada de animales sanos que incomodan a la burocracia, al presupuesto o a la incapacidad estatal de pensar soluciones inteligentes. Una ampliación de aquello que hizo tanto daño cuando nacía el Sistema Nacional Ambiental: el que contamina paga, un credo que defendieron hasta la saciedad o la suciedad, la tecno burocracia.

Debe quedar claro: No es eutanasia. Es matar animales con sello oficial.

Más decepcionante aún resulta la posición del Ministerio que debería enfrentar este conflicto desde una perspectiva de defensa de la vida. Un Ministerio que, por historia, por responsabilidad y hasta por simbolismo político, tendría que estar del lado de la imaginación ética, de la creatividad institucional y de la protección de la vida, termina colocándose del lado de la muerte.

Se esperaba una gran estrategia nacional e internacional: esterilización masiva, reubicación gradual, convenios con zoológicos, santuarios y reservas del mundo, cooperación técnica, pedagogía ciudadana y un debate amplio sobre la responsabilidad humana. Se recibió, en cambio, la vieja receta burocrática: reducir el problema eliminando a quienes no tienen voz.

Eso revela algo más profundo.

Desde hace décadas el discurso dominante no ha sido la ecología, sino el medio ambientalismo impuesto desde múltiples organismos e instituciones, justamente en la época en que el neoliberalismo se consolidaba como religión práctica del mundo. La naturaleza comenzó a traducirse en recursos, indicadores, impactos, costos, rentabilidad y fórmulas de gestión. Se nos enseñó a administrar, compensar y calcular, pero mucho menos a pensar la vida como valor en sí misma.

El medio ambientalismo administra la naturaleza. La ecología pregunta por la vida.

El primero ve bosques en hectáreas, ríos en caudales y animales en variables de control. La segunda entiende que compartimos el planeta con otras especies y que nuestros errores no pueden resolverse descargando la violencia sobre los más indefensos.

Por eso lo ocurrido con los hipopótamos no es una victoria de la ciencia. Es una derrota de la imaginación moral o acaso de la doble moral. Fracking no, pero masacre de hipopótamos sí.

Porque también conviene aclararlo: la ciencia no gobierna. La ciencia estudia, advierte, calcula riesgos, propone escenarios. Las decisiones las toman funcionarios, jueces, ministros y estructuras de poder atravesadas por ideologías, prioridades presupuestales y limitaciones humanas. Invocar “la ciencia” como si fuera una divinidad neutral es otra forma de esconder responsabilidades políticas. Todo esto sucede mientras están reunido en Santa Marta expertos, acaso científicos. Allí se discute cómo salvar el planeta del petróleo; en el Magdalena Medio se decide matar animales para administrar un problema creado por humanos.

Hagamos entonces un ejercicio sencillo. Supongamos que la decisión no la toma un ministerio, ni un tribunal, ni una oficina repleta de expertos que jamás han mirado a los ojos a uno de esos animales. Supongamos que la toma un tribunal compuesto por niñas y niños. Allí están sus hijos, hijas, nietos y nietas.

Escuchan los hechos: los hipopótamos no llegaron solos. Fueron traídos por el capricho criminal de una época en la que el dinero del narcotráfico compraba silencios, tierras, animales exóticos y respetabilidad social. Luego fueron abandonados y convertidos en problema público.

¿Qué decidirían esos niños?

No conozco uno solo que propusiera empezar por la muerte.

Propondrían esterilizarlos, repartirlos entre reservas, zoológicos y santuarios del mundo, trasladarlos gradualmente, buscar cooperación internacional y convertir este episodio en una lección planetaria sobre responsabilidad humana. Preguntarían cuánto cuesta todo eso. Y al saber que podría financiarse con lo que vale un solo misil de los muchos que hoy se envían para matar niñas y niños en Gaza o en Irán, comprenderían algo elemental: no faltan recursos, faltan prioridades.

Comprenderían también algo más incómodo: los adultos hablan mucho de educación ambiental, pero cuando llega la hora de enseñar con el ejemplo enseñan otra cosa. Enseñan que la vida vale mientras no incomode. Que la compasión dura hasta donde empieza el presupuesto. Que matar puede llamarse gestión. Que la impotencia administrativa puede disfrazarse de sensatez.

Si la educación ambiental —yo preferiría llamarla educación ecológica— no sirve para defender la vida cuando la vida estorba, entonces sirve de muy poco.

Porque proteger la naturaleza no consiste solo en sembrar árboles, reciclar botellas o repetir consignas escolares. Consiste en decidir, frente a conflictos reales, de qué lado estamos.

Hoy, frente a los hipopótamos, demasiadas instituciones han escogido el lado equivocado. Y quizá por eso convendría, por una vez, dejar votar a los niños, a la niñas, a las mujeres. 

 

lunes, 20 de abril de 2026

Hipopótamos: la política de la vida frente a los falsos dilemas

Hipopótamos: la política de la vida frente a los falsos dilemas

 Guillermo Solarte Lindo 


El debate sobre los hipopótamos en Colombia ha sido presentado como un asunto puramente técnico: una especie invasora, un problema ambiental, un cálculo de costos, una decisión urgente. Pero, en realidad, estamos ante algo más profundo: un debate político y moral sobre el valor de la vida y sobre el tipo de sociedad que queremos ser. 

Parecería sencillo tomar una decisión sobre 200 hipopótamos mientras la amenaza de guerra mundial y los bombardeos matan, sin ningún tipo de freno, a cientos y miles de niñas, niños y mujeres en Oriente. Una decisión de esta importancia no debe reducirse a exponer argumentos periodísticos, técnicos o burocráticos. Tampoco debe reducirse a la argumentación dominante, que no es otra que la estupidez política. Buscar un consenso sobre este aspecto de la vida es un desafío y una oportunidad para asumir responsabilidades colectivas deliberando, construyendo una democracia que supere lo meramente electoral. 

Cuando una comunidad discute si debe matar animales para resolver un conflicto creado por los propios seres humanos, no está discutiendo solo sobre la fauna. Está discutiendo su escala ética, su inteligencia pública y sus prioridades. Los hipopótamos no llegaron por decisión propia. Fueron traídos por la arbitrariedad del poder humano y luego abandonados en un ecosistema ajeno. Son, en cierto sentido, una herencia de irresponsabilidad convertida en problema público. Resulta llamativo que ahora se pretenda trasladar toda la culpa a los animales. Fueron traídos en un contexto preciso: cuando el narcotráfico era un poder no solo dominante, sino también aceptado. Pablo Escobar quería un zoológico y lo hizo. Se permitió hacerlo con argumentos poco éticos: tenía derecho a hacerlo porque tenía el dinero y lo hacía en su propiedad privada. Todo fue un error en el que no se previó, teniendo la capacidad para hacerlo, que sucedería lo que sucedió. Muerto Escobar, los animales quedaron a la deriva. 

Sin embargo, para justificar ahora la muerte de los animales se construye una serie de falsos dilemas que buscan cerrar el debate y presentar la eliminación como única salida. El primero dice: o protegemos a las personas, o protegemos a los hipopótamos. Pero proteger la vida humana no exige automáticamente matar animales. En muchas regiones del mundo se convive con especies potencialmente peligrosas mediante cercamientos, monitoreo, educación comunitaria, protocolos de alerta, manejo territorial y reubicaciones selectivas. Nadie propone exterminar todos los Puma concolor para proteger a quienes viven cerca de las montañas. 

El segundo afirma: o salvamos el ecosistema, o salvamos a los hipopótamos. También es engañoso. Si existen impactos ambientales —y deben estudiarse seriamente—, la respuesta racional comienza por el control reproductivo, la esterilización, los traslados nacionales o internacionales, el manejo técnico sostenido y la cooperación especializada. La muerte no puede ser la primera herramienta de la política ambiental. 

El tercero sostiene: o escuchamos a la ciencia, o caemos en sentimentalismo. Pero la ciencia no gobierna ni legisla valores. La ciencia mide riesgos, analiza escenarios, calcula impactos y propone opciones. Las decisiones finales las toman instituciones humanas atravesadas por ideologías, intereses, prioridades presupuestales y visiones del mundo. Invocar “la ciencia” como sentencia definitiva suele ocultar decisiones políticas ya tomadas. 

Existe, además, el argumento económico: o gastamos en hipopótamos, o atendemos necesidades urgentes del país. Conviene preguntar: ¿caro frente a qué? Sociedades enteras gastan fortunas en armas, helicópteros, burocracias ineficientes, obras fallidas y destrucción ambiental tolerada. Se deforestan selvas, se arrasan humedales y se expande el cemento sobre ecosistemas frágiles sin el mismo escándalo moral. Un misil puede costar más que programas serios de manejo animal. El problema no siempre es la falta de dinero, sino la jerarquía política de las prioridades. 

También se habla de “eutanasia”, término que suaviza el conflicto real. La eutanasia busca aliviar sufrimiento irreversible del ser que padece. No es ese el caso de animales sanos cuya existencia incomoda o genera costos. Llamar eutanasia a lo que sería una eliminación administrativa es un recurso del lenguaje para volver aceptable lo que, de otro modo, sonaría brutal.

 Y aparece, finalmente, el argumento más pobre: desacreditar a quienes defienden la vida animal acusándolos de incoherencias en otros debates públicos. Eso no responde nada. Solo desvía la discusión. La pregunta aquí es concreta: si existen alternativas razonables a la matanza, ¿por qué escoger la muerte?

 Incluso la comunidad internacional podría intervenir con mayor seriedad. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente podría facilitar una estrategia multilateral de reubicación, cooperación técnica y financiación compartida. Si el mundo se moviliza para salvar especies amenazadas, también puede hacerlo para evitar sacrificios masivos cuando existen otras rutas

. El asunto de fondo es simple y profundo. La política, en su mejor sentido, no debería consistir en decidir qué vidas sobran, sino en crear soluciones donde otros solo ven eliminación. Los hipopótamos nos están formulando una pregunta incómoda: ¿somos capaces de corregir errores humanos sin volver a descargar la violencia sobre los más indefensos?

 La respuesta dirá mucho más sobre nosotros que sobre ellos. De este problema puede surgir también un proyecto pedagógico sobre la protección de la fauna propia. Muchos animales nuestros son capturados, traficados, arrancados de sus hábitats o convertidos en mascotas domésticas. Tal vez la discusión sobre los hipopótamos pueda servir, al menos, para despertar una conciencia más amplia sobre el deber humano de proteger toda forma de vida. 


Durante décadas no predominó la ecología, sino el medioambientalismo como discurso dominante impulsado desde múltiples organismos e instituciones, justamente en el período en que el neoliberalismo se consolidaba como visión hegemónica del mundo. La naturaleza comenzó a traducirse en recursos, servicios, indicadores, impactos y fórmulas de gestión. Se nos enseñó a administrar, compensar y rentabilizar, pero mucho menos a pensar la vida como valor en sí misma, la interdependencia entre especies o las responsabilidades éticas de la humanidad frente al mundo vivo. La ecología quedó