sábado, 12 de septiembre de 2026

 

               

 


Doctrina envenenada

Guillermo Solarte Lindo

Desde la cruz, y mucho antes, los doctrinarios envenenaron las doctrinas con armas y mentiras. Hicieron de las ideas un fértil campo de guerra y avanzaron sobre los demás como si fueran sus enemigos a muerte. Construyeron un escudo cubierto de dogmas y se volvieron intocables

Pensadores y caudillos fueron convertidos en iconos y mesías. Cada doctrina encontró un libro y levantó un símbolo. El cristianismo tuvo la Biblia y la cruz; el marxismo, El manifiesto comunista y la hoz y el martillo; el anarquismo, ¿Qué es la propiedad? y la bandera negra; el fascismo, La doctrina del fascismo y el haz de varas con el hacha; el nazismo, Mi lucha y la esvástica; el falangismo, sus Veintisiete puntos y el yugo y las flechas. El islamismo revolucionario tuvo en Hitos en el camino un texto y convirtió símbolos religiosos en banderas políticas.

Después vinieron los tribunales, las hogueras, las cárceles, los paredones, los campos de concentración y las fosas comunes. Se torturó para obtener confesiones, se condenó al hambre para conseguir obediencia, se bombardearon ciudades, se llenaron trenes y se construyeron cámaras de gas y hornos crematorios. La crueldad dejó de ser exceso y se convirtió en método.

La Inquisición castiga en nombre de Dios; el Gulag, en nombre de la revolución; el nazismo extermina en nombre de la raza. Hiroshima y Nagasaki introducen otra legitimación: hacerlo porque “funciona”. Matar para terminar la guerra. Destruir dos ciudades para evitar una destrucción mayor. La eficacia comenzó a absolver la crueldad.

Armas y mentiras no desaparecieron: se perfeccionaron. Las armas se volvieron armamentismo y militarización; las mentiras se hicieron propaganda y compraron medios. Unas ocuparon territorios; las otras, el lenguaje. Ya no bastó derrotar al enemigo: fue necesario nombrarlo y convertirlo en amenaza. La batalla cultural hizo de las palabras otro armamento y del sentido común el territorio por conquistar.

Si la bomba nuclear culminó las armas, la mentira culminó al convencernos de que no existe alternativa: que la guerra garantiza la paz, el crecimiento puede ser infinito, la competencia nos mejora, el dinero mide nuestro valor y el éxito justifica los medios. La mentira dejó de ocultar la verdad: comenzó a fabricarla.

Para este pragmatismo, el dinero es Dios; el éxito, la señal de su gracia; la competencia, su mandamiento; el mercado, el tribunal que separa elegidos de perdedores. La riqueza se vuelve virtud y la pobreza, culpa. No importa cómo se alcanzó la cima: llegar demuestra que se tenía razón.

La Doctrina de la Seguridad Nacional convirtió el orden en verdad, al enemigo interno en hereje y a las Fuerzas Armadas en primer  argumento. En nombre de la seguridad justificó golpes de Estado, persecuciones, torturas, desapariciones y guerras contra la población.

La democracia y los derechos humanos también se volvieron credo: las urnas fueron su símbolo; la Declaración Universal, su texto. En su nombre se invadieron países, se protegieron dictaduras y se desconocieron elecciones. La democracia quedó reducida a votar y los derechos humanos dependieron de quién fuera la víctima. La mentira consistió en proclamarlos universales y aplicarlos según la conveniencia.

 

1 comentario:

  1. el problema no son necesariamente las ideas, sino lo que ocurre cuando alguien convierte una idea en verdad absoluta y, en nombre de ella, considera legítimo mentir, dominar o destruir al otro.

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