domingo, 12 de enero de 2020

Desobediecnia civil:¿ Para donde irá la marcha?


¿Para donde ira la marcha?

Hace muy poco, en tiempos del gobierno de Santos,  y en medio de la beligerancia de la oposición, uno de los líderes políticos de un partido de derecha  justificaba, con cierto cinismo, que lo que ellos estaban promoviendo era la  resistencia civil, concepto teñido de mentiras que  promocionaban como Estado de opinión, otro de los líderes de ese  partido acompañó la convocatoria haciendo referencia al “Deber de la desobediencia civil” de Henry David Thoreau, y digo que cinismo porque no habría nada más opuesto al pensamiento de Thoreau que los ideales de ese partido político, y eso,  ellos bien lo sabían.

Bueno, ahora un tiempo después, la resistencia civil vuelve al ruedo quitándole el tinte aquel de Estado de opinión y marcada claramente por  la desobediencia civil. Y esta desobediencia no es otra cosa que actuar frente al gobierno en búsqueda de algo que se considera, no solo necesario, sino también justo. No es un acto partidista ni mucho menos violento. Ni de derechas ni  de izquierdas, no es una revolución burguesa ni tampoco  proletaria. En esencia son desobedientes cuyo fuerza proviene de la indignación.  Es la expresión pública de un desencanto, de un rechazo, de una decepción,  pero también la búsqueda de un cambio necesario. 

Muchas veces las acciones de  desobediencia civil se desencadenan por hechos concretos que dan claves para entender que, lo que desean los del gobierno, va en contravía de la tranquilidad, el bienestar  y  vida misma de quienes desobedecen. La explosión social nace de un hecho que la provoca, en Chile por ejemplo, fue el precio del pasaje del metro, pero la dimensión de esa explosión y su radicalización emanan de una acumulación de razones, diversas cultural y socialmente  y plurales políticamente, en Paris por las pensiones, en Barcelona por la independencia o no  de Cataluña, en Londres a favor o contra el BREXIT 

En Colombia gran parte de esa explosión se produce por hechos que han creado una fuerte indignación: el asesinato de los líderes sociales, el bombardeo y muerte de menores en Caquetá, la fosa común encontrada en Dabeiba, el presupuesto de la universidad pública, el incumplimiento de lo acordado con las FARC, con los indígenas, y un etcétera largo que hace que a  esa explosión se hayan sumado una infinidad de movimientos de resistencia no vinculados a los partidos políticos de derecha o izquierda. Cuando afirmo esto no quiero decir que la desobediencia no tenga un fuerte componente de pensamiento de izquierda, en tanto movimiento social lo tiene,  con exigencias filiales a una nueva izquierda más amplia en su base y menos tradicional, más abierta, mas ecologista, feminista y libertaria, menos parlamentarista y también menos mesiánica y populista,  y más cercana a la democracia participativa.

A diferencia de algunas personas amigas, creo que la desobediencia civil no es una movilización liderada por partidos políticos, casi siempre decididos a convertir esa desobediencia en votos, sean de derecha o izquierda. La entiendo mejor si me refiero a ella como  una movilización que se nutre de la infinidad de movimientos sociales que, a su vez, se hacen resilientes desde lo local, lo barrial, lo veredal y por supuesto lo virtual. Hablaría de la sociedad en red o de la trama de la cultura.  Es más, existen antes, mucho antes que las marchas mismas y se fortalecen en dinámicas territoriales que son alimentadas de la confianza construida día a día y cara a cara.

Una movilización social  alimentada de desobediencia civil busca, precisamente, cambiar las dinámicas de la política y crear otra política, un nuevo lenguaje, un orden político nacido de la participación y no de la representación o en otras palabras: en una representación sometida a la participación y vigilada por ella. Un proceso político abierto a las miles de opciones locales y a todas las expresiones culturales que nacen y resisten en los microterritorios, en términos muy amplios, podría afirmar, que se buscan representaciones cercanas a las ideas de la ciudadanía organizada según sus propios intereses. Se busca romper los liderazgos individuales y mesiánicos por liderazgos colectivos que sumen inteligencia, diversifiquen el lenguaje,  amplíen los límites, debiliten los dogmas y acojan como su bandera la libertad.

No se trataría de que los viejos partidos, de izquierda y derecha metan, en sus programas políticos, líneas que recojan las expectativas de los movimientos sociales, se trata, al menos desde mi punto de vista, que emerjan nuevas organizaciones políticas estructuradas desde lo local, desde abajo, desde la diversidad, desde la pluralidad y no desde la ideologías unidimensionales. Se trataría de cambiar el Estado, o sea, el poder, desde las formas culturales presentes en los territorios. Construir o reconstruir una democracia alimentada de las emociones, sentimientos de todos hombres y mujeres. Es difícil, tanto como intentar armar un puzzle sin figura, un puzzle blanco, pero no es imposible, toca esforzar la imaginación y dejar de pedir, al que no va a dar lo que se necesita, porque no lo tiene.

Es desobedecer para que los que gobiernan miren desde abajo hacia arriba y no al contrario. Cambiar las formas de hacer la política y no sólo las formas  de empaquetar la política. Podría afirmar, para dejar tranquilos a algunos críticos de la cuestión libertaria, que no se trataría, al menos por ahora, de acabar con el Estado sino más bien de transformarlo desde abajo, desde lo local, es abrir el  sendero de la libertad y transitar de la infinidad de dictaduras locales de todo tipo, que hay en el territorio colombiano y que dan cuanta del triunfo del miedo,  a democracias vivas, activas en donde se haya perdido ese miedo que inmoviliza: el miedo a la libertad. 

Es,  si me lo permiten, una movilización cultural, transgresora de la corrección política,  que expresa el rechazo a una democracia representativa, en donde no hay representación de todas, y que se ha constituido como una plataforma de poder político insuficiente, limitada, restringida por los intereses de los partidos en alianza con los conglomerados económicos. Una democracia discursivamente vacía o llena de promesas falsas y de la promesa de una esperanza nacida en el vientre del monstruo.

martes, 10 de diciembre de 2019

El pánico nuestro de cada día


El pánico nuestro de cada día

El miedo que hemos perdido es el valor que anima la desobediencia civil.

Desde hace nueve años, celebramos anualmente el festival del miedo. Creemos que el miedo es quizás la clave más importante para entender al país y al poder, que siempre ha utilizado el miedo para perpetuarse. Mantenernos con miedo, infundirnos miedo, convertirnos en personas temerosas es la estrategia más importante usada para que alternen el poder de manera impune. Todos tenemos miedo, y siempre la estrategia del poder es vendernos la idea de que para protegernos, nos rodean de seguridad policial y militar, sin saber que también le tememos a la militarización del país. Los miedos que nos paralizan no son solo el miedo a la delincuencia o a la guerrilla; hay muchos miedos que no tienen que ver con eso, sino con el temor a no lograr lo que merecemos o a no alcanzar lo que tenemos derecho.

El miedo a perder el trabajo o al desempleo se convierte en miedo a perder el salario mínimo, sí, es una ironía, pero el poder usa el miedo al hambre para negociar el salario mínimo. También por eso tenemos miedo al poder del jefe o patrón. Miedo a no llegar a fin de mes con el poco dinero que te pagan.

Miedo a que te quiten la casa por no poder pagarla, miedo a que expulsen a tus hijos del colegio por falta de pago. Miedo a que te corten los servicios que ya no son públicos. El miedo de tus hijos a pasar la vergüenza de ser expulsados, de ser acosados por no poder comprar lo que los demás compran. Miedo de las niñas a ser abusadas o acosadas en el silencio cómplice que ampara a los violadores. Miedo a la justicia, a ir a un juez y que te conviertas en sospechosa. Miedo de los padres a que sus hijos salgan por la noche y no vuelvan. Miedo de los padres a que sus hijos enfermen y no sean atendidos. Miedo de las víctimas a no ser reconocidas como tales. Miedo de los indígenas a ser asesinados, y de los líderes, y de los campesinos, y de los afrodescendientes a que les quiten lo poco que tienen y los destierren.

Miedo al escarnio público y a la amenaza de quienes tienen algo de poder. Miedo a la humillación. Miedo a que no le devuelvan la tierra al que se la quitaron. Miedo a los medios de comunicación por divulgar algo contra ti. Miedo a que te etiqueten de izquierda y te amenacen veladamente. Miedo a perder la poca felicidad que has logrado. Miedo a las calles oscuras. Miedo al "paseo millonario", al asalto callejero. Miedo a no tener seguro de salud. Miedo a la inseguridad física y laboral. Miedo a no tener miedo y que te maten o te castiguen. Miedo a la vida, miedo a la muerte. Miedo al cambio climático, a la comida chatarra, miedo a la enfermedad. Miedo al pánico que sembraron el primer día de la marcha y miedo a no saber nunca quién ordenó crear ese pánico.

Todos estos miedos juntos los usa el poder para convertirte en una persona sumisa, silenciosa, resignada. Todos esos miedos han sido derrotados con la marcha. Es una marcha contra el miedo que no la detienen.

















martes, 26 de noviembre de 2019

SoloArte Lindo: Descubrir una sociedad pacifista, claves de compre...

SoloArte Lindo: Descubrir una sociedad pacifista, claves de compre...: En memoria de Luisa Fernanda Solarte,     quien estará siempre en nuestros corazones. Si tuviésemos que hacer un minuto de s...

Descubrir una sociedad pacifista, claves de compresión de los valores que hacen posible la paz.




En memoria de Luisa Fernanda Solarte,
    quien estará siempre en nuestros corazones.



Si tuviésemos que hacer un minuto de silencio por cada uno los muertos que ha producido la violencia este año en nuestro país, tendríamos que quedarnos en silencio varias horas. Si pensamos en los muertos anuales, serían 30.000 minutos de silencio. La década nos obligaría a callar por más o menos 300.000 minutos. Por ellos deberíamos quedarnos mudos durante 208 días. Es muy posible que eso sea lo que quieran los violentos.


La paz y la palabra
Un paseo lento por la historia humana nos deja ver con optimismo que siempre en épocas de grandes convulsiones, de crisis y de guerra, en muchos rincones del planeta se abren ventanas de sensatez, se levantan voces de amor y aparecen hombres y mujeres que se niegan a pensar que matar sea la respuesta. Para la inmensa mayoría la vida es sagrada. Si, como dice Elena Poniatowska en el prólogo del libro Palabras de Paz,  “la humanidad en tres mil años sólo ha logrado vivir trece días sin guerra”,
esos trece días deberían convertirse en un oasis de optimismo en donde habría que acercarse para abrevar y calmar la sed de poder, de ambición y de victoria. En esos pequeños e infinitos oasis, la humanidad encuentra la clave de la no destrucción. Esas islas de felicidad, esas tierras de fertilidad, no son una época o momento de la historia: están presentes y tenemos la obligación de descubrirlas en la vida cotidiana y en los valores que han sido ocultos por la frenética carrera de lo que llaman progreso. 

De la misma manera que las lluvias anuncian una hermosa cosecha y llenan el corazón del labriego de esperanza, la palabra y la acción de los hombres y mujeres pacifistas llenan de optimismo la vida. Esa radical responsabilidad sobre lo que decimos y lo que hacemos es la más potente de las virtudes pacifistas y, a su vez, es la más temida de las armas para los violentos. Los asesinatos de Gandhi, de Luther King y de muchos desconocidos pacifistas, muestran cómo para los violentos ser pacifista es una de las peores amenazas. Pareciera que no armarse llena de debilidad al violento. Pareciera que la acción pacífica cuestiona hasta lo más profundo del espíritu guerrero. Pareciera que silenciar a aquel que sabe de solidaridad y amor es una oscura estrategia. 

Pero si las armas, la muerte y el silencio son los medios de sometimiento que los violentos tienen como su mayor tesoro, la palabra, como expresión de la razón y esencia de la comunicación humana, es para los pacifistas el único camino para lograr la vida en comunidad, en sociedad.

A los humanos nos une el lenguaje. De su mano la inteligencia se desarrolla, avanza y construye. Como humanos somos posibilidad de comunicación, de interacción, de intercambio. Nos hacemos humanos en nuestra relación con los otros y con ellos ampliamos el sentido de la vida. Sólo en el diálogo entre seres se podría descubrir una sociedad pacifista. Una sociedad sin violencia. Se puede afirmar que esa sociedad no ha existido nunca, pero no poderlo soñar es tan inhumano como creer que la violencia es la única salida; que el dolor producido en la guerra y el horror es superado por el tiempo; que la víctima y la tragedia se diluyen en el olvido; que la resignación ante la muerte de inocentes es renuncia a una sociedad pacífica. No podemos seguir creyendo que la muerte violenta de tantos seres humanos sea humana. Aceptarlo es eliminar de tajo la posibilidad de vivir humanamente.
Del dolor no puede surgir sólo odio o deseo de venganza o resignación. Tiene que surgir una potencia humana, pacifista, que sea capaz de conmover a los violentos. Que sea capaz de transformar su sed de muerte, en deseo de justicia. Una potencia cuya única arma sea la palabra. La palabra, tanto como la paz y la política, tiene la misma inicial en nuestro idioma. El que se arma renuncia a la palabra, renuncia a la política, renuncia a la paz. Las razones para armarse no pueden seguir siendo las razones para asesinar; tampoco las razones para llegar a lo más profundo de la miseria humana, ni las razones para defender privilegios o injusticias. Si los hombres luchan por la justicia, esa lucha debe ser pacífica, debe ser política. La dignidad humana está por encima de cualquier opción de lucha. El respeto por la vida de un solo individuo es el respeto por la humanidad. Como afirma Kofi Annan:
“Un genocidio empieza con el asesinato de un solo hombre: no por lo que él ha hecho, sino por ser quien es. Una campaña de limpieza étnica empieza con una sola pelea entre vecinos. La pobreza empieza cuando a un solo niño o niña se le niega el derecho fundamental a la educación. Lo que comienza con el fracaso por mantener la dignidad de la vida, con mucha frecuencia termina en una catástrofe para naciones enteras”. 

El fracaso en la conservación de la dignidad humana es un fracaso político. Nace de la imposición de las ideas de unos sobre otros, de los intereses de unos sobre otros, de la actitud política de considerar a los demás, a otras comunidades y a otras culturas, de menor valor. El no reconocimiento de otras culturas es ya un hecho que atenta contra la dignidad humana; de ese no reconocimiento brota el germen del genocidio, de allí también nace la idea de sometimiento.

Descubrir una sociedad pacifista 


El descubrimiento de una sociedad pacifista puede estar tan lejos como su conquista, pero sabemos que el derecho a la vida como horizonte, y la justicia como su escenario, no son utopías: son deberes humanos que no pueden ser postergados. Tienen que ser construidos colectivamente: sin mentiras, sin armas, sin la fuerza. Un escenario de justicia no puede tener ni la sumisión, ni la pérdida de libertades, ni el uso de las armas como principios. Construir la sociedad justa a la fuerza o desde el despotismo y el autoritarismo, es la menos justa de las proposiciones. Va en contravía de la dignidad humana.
Es necesario ampliar o transformar las ideas que alientan la guerra. Existe en el lenguaje de los medios, expertos y políticos, conceptos que pueden encontrarse en la base del pensamiento bélico: es más humano afirmar que el Estado debe tener el monopolio de la inteligencia, que aceptar ciegamente el de la fuerza, que ha mostrado con creces su fracaso. El que se arma para crear un Estado sobre la misma concepción, es un eterno animador, prolongador de la guerra. Aquellos que prometen un Estado mejor empuñando las armas, prometen el mismo infierno, con otro uniforme y otras palabras, pero finalmente, el mismo infierno. No existe ninguna razón para matar, como tampoco existe un gran hombre que haya asesinado, que haya matado. 

La vida no puede ser violentada de la misma forma que la justicia no puede ser postergada. Lo justo es avanzar libremente hacia la sociedad deseada por el camino de los acuerdos. Eso es lo indeseable para los violentos. Lo justo debe ser encontrar los caminos inteligentes para respetar a los otros, con sus distintas religiones, con diferentes formas de vivir o soñar. Lo injusto sería silenciar las diferencias y establecer el imperio de la fuerza que no es otra cosa que el imperio de la sinrazón y de la esclavitud, de la sumisión. Es inhumano pensar que la manera de lograr nuestra libertad es haciendo esclavos a los que no piensan como nosotros. Reducir el mundo a una sola visión política, social, o cultural, o a una sola hegemonía es, además de ampliar las posibilidades de una catástrofe, declarar la guerra a la razón. No se trata sólo de una confrontación bélica: va mucho más allá. Se trata de una batalla frontal de la barbarie contra la humanidad. De la estupidez contra la cultura. De los que pretenden introducir de nuevo al hombre en las cavernas, contra aquellos que pensamos que la vida humana y animal son el mayor patrimonio de este pequeño planeta. Sí: la lucha por la supervivencia puede ser superada por la defensa radical de la vida. De ella, de esa defensa activa y pacifista brota el optimismo por la especie humana. Sabemos que el hombre y la mujer son aliados de la vida, así mismo, sabemos que la ambición derrota continuamente a la sensatez, que ella es fuente permanente de odios y enemistades, que el mundo oscuro de las ambiciones poluciona con más éxito del deseado el espíritu de los hombres y de los estados. 

Habría que mirar con total atención crítica el presupuesto educativo que habla de la ambición como fuente de éxito. Allí podríamos encontrar muchos de los males que nos ahogan. Allí pueden también estar las claves para la comprensión de algo que nos enmudece: la competencia entre seres humanos no sólo deja muchos derrotados, sino una inmensa cantidad que no llegan a ninguna meta: millones mueren de hambre en países del sur, millones mueren violentamente en confrontaciones inútiles en medio del terror y del odio, muchos se suicidan creyendo que la muerte es mejor que la vida, millones están sumidos en la miseria para que unos pocos millares disfruten el paraíso artificial construido por el dinero.

No se trata de creer que la paz es sólo ausencia de violencia o de la muerte. Es mucho más: es escenario de la vida política y de una cultura que reconoce sus propios conflictos y los resuelve por el camino de los acuerdos. Sí: la paz es reconocimiento de los derechos humanos en su más amplia acepción, desde el derecho intocable y sagrado de la vida, hasta los derechos del ser humano a la educación o la salud. Pero es necesario no sólo entender, sino también aceptar que la lucha por el logro de los derechos humanos no puede ser violenta. Es contradictorio e inaudito que se mate y se violente a otros seres humanos, en nombre de los derechos humanos y de la justicia. No es ni comprensible ni aceptable la violación del derecho a la vida para el logro de otros derechos. Tampoco lo es pensar que la justicia puede ser postergada sin violar los derechos humanos. El arma más humana para el logro de la justicia es la no violencia y ésta es acción pacífica al tiempo que pedagogía pacifista. Es desafío al pensamiento belicista que se ha arraigado en el espíritu de los estados modernos y en los más difundidos paradigmas políticos.
Habría que empezar a debatir con sinceridad e inteligencia el camino más acertado para lograr una sociedad justa. No una sociedad local justa, sino, con mayor urgencia, una sociedad planetaria en donde la justicia sea el motor del desarrollo.

Las situaciones extremas de la vida presente en el planeta nos hacen pensar que, como humanos, sería obligatorio llegar a soñar y lograr cosas distintas a la promesa del consumo, a la promesa de un paraíso en otras vidas. Las urgencias de la miseria no dan espera. Este planeta es un planeta con hambre y con demasiada sed de poder. Es posible que esto último sea la causa de lo primero. Pero, como humanos, no podemos esperar grandes mutaciones biológicas para transitar hacia la justicia. No podemos esperar que el desarrollo tecnológico nos salve de la miseria, si ésta se encuentra oculta en lo más hondo del espíritu de la época y es promocionada por la cultura de la ambición y la competencia.

El desarrollo no puede ser alcanzado sobre la base de esa cultura; tendrá que ser sobre la base de una cultura de la solidaridad y la libertad, o estar condenado a ser crecimiento desigual e injusto. No se trata sólo de encontrar un equilibrio entre la producción y el consumo. Tampoco de la expansión hasta las últimas consecuencias de la frágil frontera ecológica. No es osadía pensar que los humanos podríamos vivir con mucho menos si disminuyésemos la ambición y trastocásemos el pensamiento que privilegia la posesión, por el de la cooperación. Tampoco es una aventura en la nave de las utopías poder llegar a soñar seres que fertilizan el planeta de bondad, alegría y entusiasmo de vida y que encuentran océanos de satisfacción sólo con la idea de poder cooperar en edificar un mundo mejor. 

Si pudiésemos disminuir la tecnologización de la vida y recargar con sentido de vida y humanidad el desarrollo tecnológico, es posible que llegásemos a percibir otras fuentes de justicia y de producción amigable con el planeta. Sin embargo, aunque parezca una cruel paradoja, la aceleración del desarrollo tecnológico parece hacer crecer la brecha entre pobres y ricos, como también el espíritu de conquista y de reducción y sumisión de unos pueblos por otros. La ficción inútil de una sociedad de la opulencia empuja una idea de consumo y depredación insostenible. El hombre parece haber triunfado como inventor y fracasado como humano. Su capacidad de inventiva lo encumbra como especie pero parece derrotarlo como ser justo con sus semejantes. En palabras de Albert Schwitzer:
“El hombre se ha convertido en superhombre. Es un superhombre porque tiene a mano no sólo fuerzas físicas intrínsecas, sino que también gobierna gracias a los avances científicos y tecnológicos, fuerzas latentes de la naturaleza, que él ya puede utilizar. Sin embargo, el superhombre sufre una falla fatal: no ha alcanzado el nivel de sobrehumana inteligencia que debería equilibrar su fortaleza sobrehumana. Y necesita dicha inteligencia para usar ese vasto poder sólo con fines razonables y útiles, no para fines destructivos y homicidas”. 

Entonces, no es una cuestión de algunos ecologistas que sueñan con la defensa a ultranza de la naturaleza, pues hace ya 50 años que Schwitzer nos advertía, cuando recibía el Nobel de Paz, que esa sobre-estimación de nuestra fortaleza, o de nuestra creatividad, podría estar dibujando una mentalidad que engendraría destrucción, no sólo por el camino de la guerra, sino también por el sendero de un modelo económico y social que se nutre, antes que de la solidaridad, de un individualismo a ultranza casi ingenuo que hace creer al ser humano que, antes que ciudadano, es individuo que lucha en una carrera frenética por sobrevivir. Sí: no es nueva, ni pretende serlo, la invitación a un cambio de mentalidad; éste también era el propósito del mismo Schwitzer, quien lo relacionaba con el tema de la paz:
“El que la paz llegue o no, depende de la dirección que tome la mentalidad de los individuos y después, a su turno, la de sus naciones”. 

Sin embargo, esa carrera desenfrenada por imponer una mentalidad de competencia se ha ido trasladando con bastante éxito del plano del individuo al de las naciones. En dicha carrera habría que hacer un alto para pensar con cautela y prudencia si esa competencia de las naciones no iría a crear un inmenso cementerio de culturas y naciones que, por no estar interesadas, no estar en igualdad de condiciones o no compartir esa mentalidad, irán a ser arrasadas junto con gran parte del patrimonio de la cultura humana y de los vestigios y claves para lograr una vida mejor. La vida no puede ser alimentada por valores inhumanos; derrotar o reducir a otro debe dejarnos en la boca algún sabor amargo. Aunque parezca una ironía, la victoria no nos puede dejar tranquilos de la misma manera como tampoco sumisos nos pueda dejar la derrota. Los fracasos nos podrían enseñar la forma de llegar sin atropellar al otro, sin dejar rastrojos humanos en el camino.

Tendríamos que abrir las compuertas del corazón para comprender el dolor de los demás y, desde allí, iniciar la construcción de lo que Dalai Lama propone como santuarios de paz, territorio de respeto por los otros y la naturaleza. El respeto, como principio de acción y pilar o cimiento de la vida en comunidad. Respetar al otro es no asaltarlo en su confianza, no romper las lealtades creadas desde la amistad, no hacer de la palabra un medio de seducción y de demagogia política. Los desafíos pacifistas no se trasladan sólo a los deberes del Estado o a los compromisos políticos de los grupos. La mentalidad pacifista obliga al respeto diario de los compromisos, como padre a hijo, como vecino a amigo. Violentar a uno de tus semejantes es un acontecimiento demasiado grande para ser minimizado. Traicionar a un amigo puede ser el origen de una rotura insondable. Los conflictos humanos siempre existirán, pero solucionarlos por el camino de la violencia en sus distintas expresiones es una actitud contraria a la humanidad, al humanismo. Sí: descubrir la sociedad pacifista significa aceptar el humanismo como fuente de pensamiento. Humanismo y pacifismo son hermanos naturales, nacen como oasis de optimismo en el desierto del pensamiento bélico. Se contraponen de forma radical al lenguaje militarista.

La vida siempre será conflicto entre lo que pensamos y lo que deseamos. También entre el corazón y la mente, entre el espíritu que sueña con la libertad y la vida diaria repleta de tentaciones, de trampas que nos alejan continuamente y de forma implacable del camino pacifista. La acelerada forma como se desarrollaron los medios nos han permitido conocer cómo la tecnología puede alcanzar metas altísimas, pero, al mismo tiempo, nos ha hecho percibir, como lo decía Martin Luther King en 1964, que:
“Para sobrevivir hoy, debemos eliminar nuestro ‘retraso’ moral y espiritual. Si no hay un crecimiento proporcionado del alma, los crecientes poderes materiales auguran crecientes peligros. Cuando el ‘afuera’ de la naturaleza del hombre subyuga el ‘adentro’, oscuras nubes de tormenta comienzan a formarse en el mundo”. 

No es un pensamiento mágico, ni trágico, es realismo que desde hace ya cuarenta años anunciaba los instantes que vivimos actualmente. Los momentos de guerra no están desligados de eso que King llama “retraso moral y espiritual”. Diría, buscando precisión, que están ligados a una moral monetarista y al espíritu de conquista que aún prevalece después de los fracasos del siglo XX. No es la tecnología lo que nos ha sumergido en la guerra, es la prevalencia del espíritu bélico de muchos de aquellos que lideran el mundo.

lunes, 28 de octubre de 2019

Alucinaciones del poder y el miedo a las drogas


Desapruebo lo que toma, pero defenderé hasta la muerte su derecho a tomarlo.
Voltaire citado por Thomas Szasz


Las drogas como el gran problema de Colombia podría ser una mentira. Para ser más precisos, un conjunto de mentiras sustentadas más por el afán de solucionar por la vía represiva el problema, o para esconder otros, que una política coherente sobre el uso o abuso o producción de lo que ya satanizado se denomina genéricamente de esa forma. Un inmenso despliegue mediático para causar miedo y desde allí ordenar el caos que el poder mismo ha creado en Colombia.

El fracaso de la lucha contra el narcotráfico en Colombia se puede medir en la ineficacia de todas y cada una de las medidas que se han tomado, desde hace cerca de cincuenta años que Nixon inició la llamada guerra contra las drogas, sobre todo la represión contra el consumo de heroína y marihuana y cierta condescendencia con el consumo elitista de la cocaína que aumentó el consumo de esta última.
Fumigar, reprimir, extraditar, son acciones represivas   que no acaban con lo que llaman el mal, sino que, por el contrario, ha logrado mejorar la capacidad de resiliencia de aquellos que se dedican a narcotraficar. Hemos fumigado un número indeterminado de hectáreas, cerca de 1.900.000 hectáreas desde 1999 hasta el 2015, hemos establecido oleadas represivas hacia campesinos que cultivan la coca y hemos extraditado una inmensa cantidad de supuestos narcotraficantes, más de 10.000 desde 1997, llenamos las cárceles con delitos conexos con el narcotráfico y el problema sigue allí. Se han matado tantos cabecillas de la mafia, que sólo el engaño, le permite decir al poder, que esa es la mejor manera de acabar con el problema. Pero no es así.  

Siempre en la agenda, siempre en los medios, siempre tomado como bandera por políticos obedientes de todas las tendencias. Siempre detrás del tema ha habido académicos que explican con exceso de voluntarismo la raíz del problema. Ellos dicen haber encontrado la explicación a un asunto que escapa a la racionalidad científico técnica de la misma manera que el dolor desaparece al inyectarse una buena dosis de morfina.

Si la extradición fuera la solución es claro que es una salida muy parcial, casi que inocua por los efectos que ha tenido sobre el problema. Exportar presos sólo habla de la incapacidad de la administración de justicia nuestra o de la cooptación de ésta por parte de políticos corruptos. Es una falacia decir que fumigación, extradición y represión son la salida, cuando esto lo hemos hecho de forma obediente durante décadas y allí está presente el problema, robusto, fortalecido por la impotencia de las políticas que luchan contra él, y riendo a carcajadas de la torpeza de las autoridades.
 No es descubrimiento reseñar otra falacia del poder. Centrado en un conjunto de mensajes publicitarios, el asunto de las drogas, ha terminado por convertirse en un oscuro objeto para la comprensión del ciudadano normal. La política antidrogas ha creado tal confusión y enredado la madeja, de tal manera, que en el presente se pueden confundir cosas tan dispares como: el tráfico de drogas con la drogadicción, el uso de substancias con el abuso, los pequeños productores con los narcotraficantes, las guerrillas con los narcos, las substancias naturales con las químicas, las drogas llamadas duras con las blandas y el adicto con el consumidor. La confusión crece cuando en lo cotidiano podemos llamar drogadicto a un ciudadano que consume marihuana y delincuente a alguien que se la vende.

Aumenta esa confusión en el plano de la vida diaria cuando podemos pedir cárcel y hasta pena de muerte para un traficante y conmiseración y tratamiento para nuestro hijo que la consume, inmensa es así mismo la confusión generada al afirmar que la coca mata sabiendo a ciencia cierta que lo que puede ser peligroso, si se abusa de ella, es la cocaína. Es penoso escuchar a muchos expertos o profesores advertir sin sonrojarse que el camino a la heroína nace con el consumo de yerba. La publicidad en contra de la marihuana, por ejemplo, muchas veces promueve sutilmente la idea de que el uso del cannabis llevará a un abismo repleto de jeringas y asesinatos. Nada más falso.

Un ciudadano de a pie se puede preguntar cómo, en todo caso, es legítimo solicitar la extradición de un narcotraficante tercermundista hacia Estados Unidos, pero no la de un comerciante mayorista de los países consumidores hacia Colombia. También se podría interrogar como es mucho más delito cultivar una hectárea de amapola en Colombia o Afganistán que lavar el valor de mil hectáreas en alguno de los bancos de la cadena financiera. No deja de ser una alucinación del poder el hecho de orientar el castigo hacia los países productores y dejar como intocables aquellas mafias que, al mezclarse con el poder político, aquí y allí definen políticas y estrategias para una supuesta lucha que no tiene fin, por una razón:  no lo puede tener, es un error que durará muchas décadas más, quizás siglos

Está claro que, sobre la base de los intereses de estado, de un solo estado, se entreteje una cruzada medieval contra los herejes que han sido localizados en el tercer mundo. Las drogas son objeto de las más inverosímiles leyendas: todas matan, lo cual es mentira, todas crean adicción, también mentira, el consumo de una conduce de forma irremediable al consumo de otra más fuerte, una mentira más y la última de las mentiras, de los que mienten por oficio: la legalización de la marihuana para uso medicinal traerá un aumento en el consumo de la yerba. Algo así como si la utilización de la morfina con fines terapéuticos hubiese aumentado el consumo del opio.

De igual forma los defensores de la legalización son objeto de la más absurda de las satanizaciones. Sobraría decir que sobre estos últimos es mayor el repudio si proceden de los países productores. En un país europeo o aun en USA, no se podría identificar a un ciudadano pro legalización como aliado del narcotráfico cosa que es muy fácil que suceda en países como Colombia en donde la guerra de las drogas ha sido empujada por una estrategia mediática de condena de todos aquellos que por una u otra razón preferimos el camino de la legalización al de la guerra frontal con fumigación y militarización, entre otras razones por la mas importante: el fracaso.

La llamada guerra contra las drogas es, además de la fatal fumigación, y de la permanente extradición, una de las más amplias y decididas campañas de demonización de los países productores, su declaración de indeseables y el debilitamiento de su soberanía que se ha visto disminuida de la misma manera que un delincuente ve restringida su libertad por la sola declaración de sospecha.
La condena de todos los ciudadanos de los países productores se refleja en las exigencias cada vez más discriminatorias para obtener una visa y, peor aún, un permiso de trabajo en las naciones del norte. No estaría lejos de ser cierto que la condena se ha incrementado desde el llamado síndrome once de septiembre. Y esto ha sucedido en tanto país productor en el que habitan grupos calificados como terroristas y que además tienen relación con el narcotráfico. El caso colombiano ha llevado a identificar los problemas de otros países como la colombianización de Méjico o de Venezuela. El estigma hace referencia a la relación de la violencia con las mafias, con el poder político o la existencia de poderosos carteles de la cocaína. Pero si el modelo colombiano de la mafia es muy cercano al de la mafia estadounidense, ¿por qué nunca lo llamamos la norteamericanización de Colombia?

Dejemos de lado la falacia de la guerra contra las drogas y vayamos a lo más profundo del asunto que estaría en la pregunta sobre ¿qué es lo que incita al consumo de substancias que substraen temporalmente de la realidad?
Es urgente hacer una distinción de partida: una cosa es el uso de cualquier substancia, química o natural, y otra es el abuso de esa misma. La distancia que hay entre una cosa y otra es la misma que podría encontrarse entre comer para satisfacer el hambre y comer de gula. Si se entra al asunto de las drogas, o mejor, de las sustancias psicoactivas, sin valoraciones que enturbien u opaquen el cristal con el que deben ser miradas, es muy posible que la política sobre las drogas tenga que ser una política de educación, es decir, hacer compresible el problema para la mayoría y no de represión, es decir castigar al que las utiliza.

Sin embargo, por el sendero de la publicidad se genera un efecto contrario: el ciudadano, en este caso el consumidor, naufraga en un océano de mentiras que pretenden educar cuando lo que producen es la confusión. Confusión que nace de la misma idea de la guerra contra las drogas que, al centrar sus acciones en el castigo o penalización, vacía de contenido el problema real y lo enfrenta con armas o campañas publicitarias que nunca han logrado responder a la pregunta clave a la que me refería: ¿qué es lo que incita al consumo de substancias que substraen temporalmente de la realidad?

Si el individuo se abre a experiencias que suponen rupturas con la vida real, ausencias de sentido, búsquedas de caminos alternativos a lo que en principio lo agobia o rutiniza, lo haría, en todo caso, en uso de su libertad y esta, en la medida que no violente a otros, no podría ser limitada por una prohibición nacida desde una moral ajena a él o que vaya en contra de sus propios principios o deseos. Este sería el debate a promover: las substancias definidas como drogas son antes que otra cosa un asunto cultural. Que estén legalizadas o no son aspectos que se relacionan con la política, así como es tema político el hecho de que las soluciones se busquen por el camino de la represión o por el de la educación.

Algunos, sobre todo los prohibicionistas, encontrarían en esto una apología al abuso, pero más bien podían entenderlo como una defensa de la libertad personal, por lo demás, establecida en todas las constituciones de lo que llaman mundo civilizado, sin la cual sería difícil establecer los límites en los cuales los poderes pueden o no inmiscuirse en las decisiones que afectan al individuo. Es paradójico que, en el país que ha declarado la guerra contra las drogas, la compra de armas y su uso sea legal. Y bien, todos sabemos que es más letal un balazo en la cabeza que un golpe de cocaína. El que usa las armas y las compra, tiene dos opciones, o las dispara contra el mismo o las dispara contra los demás. El mercado de armas ha crecido en USA así también el de drogas.

La historia de las substancias muestra que han sido transportadas de los lugares más insólitos hacia las metrópolis con fines, por supuesto, comerciales, pero diría que el interés por el consumo hunde sus raíces más profundas en lo que anotaba con anterioridad: interés de ampliar las fronteras de la percepción, pero también lucha tenaz contra la rutinizacion impuesta por la vida laboral, estudiantil, o por la destrucción y minimización de lo humano en las guerras. No es casual que los ejércitos hayan sido usuarios continuos de drogas para sacar adelante la tragedia de matar o la espera de ser asesinado.
Es imposible desconocer la relación entre uso de estas substancias y la cultura. Están prendidas con el cordón umbilical de las tradiciones, no necesariamente milenarias y se podría decir que son alimento de los imaginarios de los pueblos que las usan.  Su presencia ha sido permanente y es tan imposible imaginar sociedades o culturas sin substancias psicoactivas como sociedades o comunidades sin dioses.

Se podrían encontrar otras culturas cuya tradición no solo acepta el uso de substancias alucinógenas o embriagantes, muchísimas culturas no occidentales, sino también, aquellas sociedades que en el campo de lo que se denomina genéricamente cultura occidental han asumido otras opciones, por ejemplo, el alcohol, como medios para ausentarse o los barbitúricos para encontrar fuentes o salidas a sus propias tragedias. El número de alcohólicos es inmenso y las muertes relacionadas con su consumo es mayor que cualquier otra sustancia, pero no se le ocurriría a ningún político volver a prohibir el alcohol porque correría el riesgo de ser declarado loco u objeto indeseable de financiación de su campaña. Sucedería lo mismo con los barbitúricos que circulan con toda la libertad por el mercado de drogas y son consumidos con la complacencia de médicos y laboratorios, que los promueven muchas veces para curar enfermedades inventadas por ellos mismos.

Convertidos en inmensos negocios, alcohol, barbitúricos y tabaco son producidos bajo marcas registradas que no pocas veces son multinacionales que crean y amplían la necesidad de su consumo a través de los medios, principalmente la televisión, un espacio mágico de la publicidad para el control y la inducción a ese mundo feliz del consumo. Sobra decir que los propietarios de los medios son en muchos casos los mismos de las mismas multinacionales que producen las drogas permitidas: Alcohol, tabaco, barbitúricos y publicidad.

Pero ¿que puede haber detrás de la guerra actual al tabaco o al alcohol? ¿De qué manera la guerra contra las drogas introduce en el mundo del alcohol y del tabaco dosis duras de discriminación, de hipocresía y represión? ¿De qué manera las campañas contra el tabaco, promocionado hasta hace poco en todos los medios, son parte de la doble moral del poder? ¿En qué sentido, el poder empuja las campañas contra sus drogas preferidas sobre todo contra el cigarrillo con el propósito de no enturbiar su lucha contra las llamadas drogas duras? El circulo contra los fumadores de cigarrillo se ha ido cerrando, pero los cigarrillos se siguen vendiendo. Parecen estar empujando al fumador a asumir su responsabilidad sobre su posible cáncer y no a las multinacionales a asumir la suya propia. ¿No será que ese círculo que se cierra al fumador se abre poco a poco a la comercialización de la marihuana por las grandes multinacionales? ¿Han escuchado ustedes que la marihuana produzca cáncer? Aunque se ha estudiado el efecto de la yerba no hay evidencias científicas de que esté relacionada con el cáncer del pulmón. Entonces, si la lucha contra el tabaco es por su relación con el cáncer del pulmón, y la yerba no lo produce, empacada en una cajita de Marlboro ¿se podría meter con toda tranquilidad en el mercado?

Todas las actuales campañas hacen parte de una estrategia integral que reduce al individuo y plantea un paraíso donde somos libres, en la medida en que seamos sanos, sin vicios, sin cosas porqué sonrojarnos. En el trasfondo o, en los entre telones de todo, está una fuerte corriente de higienismo  moral que castiga por igual al que consume tabaco, acude a la prostitución, es homosexual o desea alimentarse como se le da la gana. Si cualquier ciudadano se detiene y mira pausadamente lo que sucede con el tabaco, sólo la torpeza le impedirá preguntarse, porque el tabaco circula legalmente si produce muchísimas más muertes que la cocaína o la marihuana. ¿No es posible pensar en que la etiqueta de advertencia sobre las cajetillas del tabaco podrían ser un reflejo contundente de la doble moral que desde la ley dice: ¿mátese, pero es un asunto suyo? ¿Por qué en este caso sí el consumidor se puede matar y en otros no?

No estoy en contra del tabaco de la misma manera que no estoy en contra de aquellos que lo consumen. Pero entonces, ¿por qué uno puede elegir morir de cáncer producto de una sobredosis de tabaco, pero no de un paro cardíaco producto de una sobredosis de cocaína?
¿En qué medida los miles de muertos producidos en las euforias alcohólicas, en las lagunas etílicas, son más humanos que aquellos que se producen por el camino de las alucinaciones o el éxtasis? No puede existir algo más claro que la manipulación que el poder está haciendo con las drogas para legitimar una ofensiva hipócrita. La guerra de las drogas es, además, la guerra perfecta: no hay muertos en el ejército que ataca, es el uso legal de la guerra química, se hace para salvar la humanidad, es una misión humanitaria etc.

 Por otro lado, es evidente que substancias como el cannabis son ya parte de esa cultura moderna y que el dilema de su legalización seria solo cuestión de pocos años. Visto en el tiempo el problema que hace solo 30 años era de traficantes tercermundistas ha sido desplazado y la producción y consumo de la yerba se hace en medio de márgenes amplios  de permisividad en los países del norte, especialmente USA, en donde los 40 o 50 millones de consumidores ( esporádicos o no) se autoabastecen y aplicando técnicas más depuradas logran productos de mayor calidad, es decir más eficaces para el objetivo, situarse, aunque sea por instantes, en un contexto distinto, por fuera del consumo inducido por la publicidad. No es aventurado afirmar que con lo que se denomina drogas duras pueda suceder lo mismo. El tiempo lo dirá.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

La máquina del fango y las elecciones

Gran parte del  éxito de las elites del poder,  para no perderlo, está en la estratégica manera de impulsar, alimentar, desarrollar una voluntad de olvido, que significa, en muchos casos,  y entre otras cosas, promover su propio perdón y desde allí renovar sus promesas mentirosas de que nuestro futuro está en sus manos.

 Esa voluntad de olvido tiene, por supuesto, la eficaz plataforma de los medios de comunicación, como mecanismo de consolidación y al coyunturalismo periodístico y de opinión  como su mejor  fuente de reproducción.  Podría decir: todo sucede hoy y  con ese principio de comunicación la voluntad de olvido no tiene enemigo a la vista.

Como sucederá de forma inevitable, ya que estamos en época de elecciones, la voluntad de olvido reinará en medio de una verdad manipulada y  opacada por la mentira general de que elegimos para cambiar. Esa voluntad de olvido existe en matrimonio indisoluble con lo que es conocido como la máquina de fango que es algo parecido a lo que Francisco nombró como cizaña que no es otra cosa que hacer trizas al enemigo político untándolo con un poquito de mierda, no tanta, pero la suficiente para que quede en el aire la sospecha de que  huele mal.

Los medios y muchos de los políticos están jugando con esto porque eso favorece la voluntad de olvido. Si todo huele a mierda no hay problema, el único problema seria que yo sólo oliera  a mierda. Así que alistémonos a naufragar en esa piscina de la estupidez que son las elecciones,  de la mano de esa voluntad de olvido que nos impusieron y con una máquina de fango cargada  con el combustible de la des honestidad de los que participarán.

 Creánme:  eso es lo que ha derrotado la democracia. alimentar, desarrollar una voluntad de olvido, que significa, en muchos casos,  y entre otras cosas, promover su propio perdón y desde allí renovar sus promesas mentirosas de que nuestro futuro está en sus manos.
Esa voluntad de olvido tiene, por supuesto, la eficaz plataforma de los medios de comunicación, como mecanismo de consolidación, y al coyunturalismo periodístico y de opinión  como su mejor  fuente de reproducción.  Podría decir: todo sucede hoy y  con ese principio de comunicación la voluntad de olvido no tiene enemigo a la vista.

Como sucederá de forma inevitable, ya que estamos en época de elecciones, la voluntad de olvido reinará en medio de una verdad manipulada y  opacada por la mentira general de que elegimos para cambiar. Esa voluntad de olvido existe un matrimonio indisoluble con lo que es conocido como la máquina de fango,  que es algo parecido a lo que Francisco nombró como cizaña, que no es otra cosa que hacer trizas al enemigo político untándolo con un poquito de mierda, no tanta, pero la suficiente para que quede en el aire la sospecha de que  huele mal.

Los medios y muchos de los políticos están jugando con esto porque eso favorece la voluntad de olvido. Si todo huele a mierda no hay problema, el único problema seria que yo sólo oliera  a mierda. Así que alistémonos a naufragar en esa piscina de la estupidez que son las elecciones,  de la mano de esa voluntad de olvido que nos impusieron y con una máquina de fango cargada  con el combustible de la des honestidad de los que participarán.

 Creánme:  eso es lo que ha derrotado la democracia.