lunes, 10 de febrero de 2020

Peligro: zona de alimentación



Poco a poco se va estrechando de forma eficaz el cerco dominante  del pensamiento prohibicionista o, lo que es lo mismo: aquel pensamiento que en su fundamento despliega el miedo como mecanismo de control. Antes, mucho antes el temor a Dios o al infierno hacía de nosotros sumisos y miedosos seres dispuestos a mucho para no morir en el pecado. Hoy en día, dos grandes corrientes de este pensamiento tienen un matiz casi religioso y sobrevuelan el planeta con el cartel de peligro y por lo tanto usando el miedo para garantizar  su éxito.

Uno es el de aquellos que militan en la causa ambiental o en contra de la destrucción del planeta y que llenos de advertencias nos agobian con el calentamiento global, la capa de ozono, el agotamiento del agua, la desertificación planetaria. Son militantes del miedo a quedarnos sin donde habitar como especie o a morir abrasados por un sol cada vez más ardiente o duchándonos en una lluvia ácida que nos quitara la piel poco a poco y de forma irreversible. De esos ya hablaríamos luego, en otra entrada.

Los otros son radicales de la buena salud y cuya misión carismática es aconsejarnos de manera continua del peligro de la comida y de la posibilidad de ampliar la esperanza de vida, según comas o dejes  de comer unas cosas u otras. Esta cruzada a favor de la vida sana parece encontrar su fuente de inspiración en aquel dictamen de: mente sana en cuerpo sano, una falacia populista que hace creer que si comes bien, puedes llegar a pensar bien o por extensión a actuar bien. 

Algún amigo, fanático militante de estas causas, me explicaba de forma vehemente,  la relación directa que había entre comer carne y ser violento y, en el diálogo, avanzó sin ningún tipo de rubor a la afirmación de que, en el inicio, cuando éramos  vegetarianos, la violencia era mejor.  Para este amigo parecía existir la posibilidad de que al convertirnos en vegetarianos o veganos los índices de violencia disminuirían de manera drástica. Algunas veces  ha llegado a afirmar que entre las cagadas de las vacas y sus flatulencias,  el agujero de la capa de ozono  se amplía sin remedio.

No sabíamos que esta corriente higienista o de la vida sana iba a transitar del tabaco, a la carne y de esta a los huevos, la leche, a los quesos, o últimamente al aceite de oliva, al perejil, las papas fritas  como posibles fuentes de contaminación del cuerpo. Comer, que era uno de los mayores placeres, se está convirtiendo en una aventura muy peligrosa en donde  cualquier decisión equivocada nos puede costar la aparición  de un cáncer, una gastroenteritis aguda o un ataque fulminante al corazón.

La medicina, cómplice de esta militancia, afina instrumentos de medición de los líquidos del cuerpo y nos advierte de forma científica del peligro de los azucares, las harinas o las grasas para el aumento de los enemigos actuales de la humanidad: El azúcar, el colesterol los triglicéridos o el ácido úrico. Estos cuatro  enemigos  del hombre, parece que no tanto de la mujer, se confabulan con multinacionales de las drogas para construir, eso sí, uno de los mercados más rentables de la era post capitalista y una de las institucionalidades más degradantes de la sociedad colombiana actual: el sistema de salud.

Es posible que el triunfo de esta contrarrevolución anti hedonista signifique la pérdida del placer de comer y, claro, la aparición de un ser humano que no podrá distinguir entre la acidez, la amargura o la dulzura y su paladar irá perdiendo la capacidad para disfrutar la infinita diversidad de sabores que se entrecruzan en la boca cuando mezclas vino carne o pan, queso o cualquier otra de las miles de posibilidades que tenemos al cocinar en ese laboratorio de la alquimia de la dicha que es la cocina.

La esperanza de unos y otros de esos militantes de la vida sana  es que transitemos de seres humanos a ángeles, sometidos a la dictadura del miedo a morir  antes de tiempo. Esta mutación hacia la pureza será posible cuando la única fuente in contaminada sea una bolsa de  suero, a la que cual estaríamos conectados felices y sin ningún peligro, mirando el techo de una clínica de cinco estrellas y escuchando música instrumental sin altibajos que te produzcan un sincope.

domingo, 12 de enero de 2020

Desobediecnia civil:¿ Para donde irá la marcha?


¿Para donde ira la marcha?

Hace muy poco, en tiempos del gobierno de Santos,  y en medio de la beligerancia de la oposición, uno de los líderes políticos de un partido de derecha  justificaba, con cierto cinismo, que lo que ellos estaban promoviendo era la  resistencia civil, concepto teñido de mentiras que  promocionaban como Estado de opinión, otro de los líderes de ese  partido acompañó la convocatoria haciendo referencia al “Deber de la desobediencia civil” de Henry David Thoreau, y digo que cinismo porque no habría nada más opuesto al pensamiento de Thoreau que los ideales de ese partido político, y eso,  ellos bien lo sabían.

Bueno, ahora un tiempo después, la resistencia civil vuelve al ruedo quitándole el tinte aquel de Estado de opinión y marcada claramente por  la desobediencia civil. Y esta desobediencia no es otra cosa que actuar frente al gobierno en búsqueda de algo que se considera, no solo necesario, sino también justo. No es un acto partidista ni mucho menos violento. Ni de derechas ni  de izquierdas, no es una revolución burguesa ni tampoco  proletaria. En esencia son desobedientes cuyo fuerza proviene de la indignación.  Es la expresión pública de un desencanto, de un rechazo, de una decepción,  pero también la búsqueda de un cambio necesario. 

Muchas veces las acciones de  desobediencia civil se desencadenan por hechos concretos que dan claves para entender que, lo que desean los del gobierno, va en contravía de la tranquilidad, el bienestar  y  vida misma de quienes desobedecen. La explosión social nace de un hecho que la provoca, en Chile por ejemplo, fue el precio del pasaje del metro, pero la dimensión de esa explosión y su radicalización emanan de una acumulación de razones, diversas cultural y socialmente  y plurales políticamente, en Paris por las pensiones, en Barcelona por la independencia o no  de Cataluña, en Londres a favor o contra el BREXIT 

En Colombia gran parte de esa explosión se produce por hechos que han creado una fuerte indignación: el asesinato de los líderes sociales, el bombardeo y muerte de menores en Caquetá, la fosa común encontrada en Dabeiba, el presupuesto de la universidad pública, el incumplimiento de lo acordado con las FARC, con los indígenas, y un etcétera largo que hace que a  esa explosión se hayan sumado una infinidad de movimientos de resistencia no vinculados a los partidos políticos de derecha o izquierda. Cuando afirmo esto no quiero decir que la desobediencia no tenga un fuerte componente de pensamiento de izquierda, en tanto movimiento social lo tiene,  con exigencias filiales a una nueva izquierda más amplia en su base y menos tradicional, más abierta, mas ecologista, feminista y libertaria, menos parlamentarista y también menos mesiánica y populista,  y más cercana a la democracia participativa.

A diferencia de algunas personas amigas, creo que la desobediencia civil no es una movilización liderada por partidos políticos, casi siempre decididos a convertir esa desobediencia en votos, sean de derecha o izquierda. La entiendo mejor si me refiero a ella como  una movilización que se nutre de la infinidad de movimientos sociales que, a su vez, se hacen resilientes desde lo local, lo barrial, lo veredal y por supuesto lo virtual. Hablaría de la sociedad en red o de la trama de la cultura.  Es más, existen antes, mucho antes que las marchas mismas y se fortalecen en dinámicas territoriales que son alimentadas de la confianza construida día a día y cara a cara.

Una movilización social  alimentada de desobediencia civil busca, precisamente, cambiar las dinámicas de la política y crear otra política, un nuevo lenguaje, un orden político nacido de la participación y no de la representación o en otras palabras: en una representación sometida a la participación y vigilada por ella. Un proceso político abierto a las miles de opciones locales y a todas las expresiones culturales que nacen y resisten en los microterritorios, en términos muy amplios, podría afirmar, que se buscan representaciones cercanas a las ideas de la ciudadanía organizada según sus propios intereses. Se busca romper los liderazgos individuales y mesiánicos por liderazgos colectivos que sumen inteligencia, diversifiquen el lenguaje,  amplíen los límites, debiliten los dogmas y acojan como su bandera la libertad.

No se trataría de que los viejos partidos, de izquierda y derecha metan, en sus programas políticos, líneas que recojan las expectativas de los movimientos sociales, se trata, al menos desde mi punto de vista, que emerjan nuevas organizaciones políticas estructuradas desde lo local, desde abajo, desde la diversidad, desde la pluralidad y no desde la ideologías unidimensionales. Se trataría de cambiar el Estado, o sea, el poder, desde las formas culturales presentes en los territorios. Construir o reconstruir una democracia alimentada de las emociones, sentimientos de todos hombres y mujeres. Es difícil, tanto como intentar armar un puzzle sin figura, un puzzle blanco, pero no es imposible, toca esforzar la imaginación y dejar de pedir, al que no va a dar lo que se necesita, porque no lo tiene.

Es desobedecer para que los que gobiernan miren desde abajo hacia arriba y no al contrario. Cambiar las formas de hacer la política y no sólo las formas  de empaquetar la política. Podría afirmar, para dejar tranquilos a algunos críticos de la cuestión libertaria, que no se trataría, al menos por ahora, de acabar con el Estado sino más bien de transformarlo desde abajo, desde lo local, es abrir el  sendero de la libertad y transitar de la infinidad de dictaduras locales de todo tipo, que hay en el territorio colombiano y que dan cuanta del triunfo del miedo,  a democracias vivas, activas en donde se haya perdido ese miedo que inmoviliza: el miedo a la libertad. 

Es,  si me lo permiten, una movilización cultural, transgresora de la corrección política,  que expresa el rechazo a una democracia representativa, en donde no hay representación de todas, y que se ha constituido como una plataforma de poder político insuficiente, limitada, restringida por los intereses de los partidos en alianza con los conglomerados económicos. Una democracia discursivamente vacía o llena de promesas falsas y de la promesa de una esperanza nacida en el vientre del monstruo.

martes, 10 de diciembre de 2019

El pánico nuestro de cada día


El pánico nuestro de cada día

El miedo que hemos perdido es el valor que anima la desobediencia civil.

Desde hace nueve años, celebramos anualmente el festival del miedo. Creemos que el miedo es quizás la clave más importante para entender al país y al poder, que siempre ha utilizado el miedo para perpetuarse. Mantenernos con miedo, infundirnos miedo, convertirnos en personas temerosas es la estrategia más importante usada para que alternen el poder de manera impune. Todos tenemos miedo, y siempre la estrategia del poder es vendernos la idea de que para protegernos, nos rodean de seguridad policial y militar, sin saber que también le tememos a la militarización del país. Los miedos que nos paralizan no son solo el miedo a la delincuencia o a la guerrilla; hay muchos miedos que no tienen que ver con eso, sino con el temor a no lograr lo que merecemos o a no alcanzar lo que tenemos derecho.

El miedo a perder el trabajo o al desempleo se convierte en miedo a perder el salario mínimo, sí, es una ironía, pero el poder usa el miedo al hambre para negociar el salario mínimo. También por eso tenemos miedo al poder del jefe o patrón. Miedo a no llegar a fin de mes con el poco dinero que te pagan.

Miedo a que te quiten la casa por no poder pagarla, miedo a que expulsen a tus hijos del colegio por falta de pago. Miedo a que te corten los servicios que ya no son públicos. El miedo de tus hijos a pasar la vergüenza de ser expulsados, de ser acosados por no poder comprar lo que los demás compran. Miedo de las niñas a ser abusadas o acosadas en el silencio cómplice que ampara a los violadores. Miedo a la justicia, a ir a un juez y que te conviertas en sospechosa. Miedo de los padres a que sus hijos salgan por la noche y no vuelvan. Miedo de los padres a que sus hijos enfermen y no sean atendidos. Miedo de las víctimas a no ser reconocidas como tales. Miedo de los indígenas a ser asesinados, y de los líderes, y de los campesinos, y de los afrodescendientes a que les quiten lo poco que tienen y los destierren.

Miedo al escarnio público y a la amenaza de quienes tienen algo de poder. Miedo a la humillación. Miedo a que no le devuelvan la tierra al que se la quitaron. Miedo a los medios de comunicación por divulgar algo contra ti. Miedo a que te etiqueten de izquierda y te amenacen veladamente. Miedo a perder la poca felicidad que has logrado. Miedo a las calles oscuras. Miedo al "paseo millonario", al asalto callejero. Miedo a no tener seguro de salud. Miedo a la inseguridad física y laboral. Miedo a no tener miedo y que te maten o te castiguen. Miedo a la vida, miedo a la muerte. Miedo al cambio climático, a la comida chatarra, miedo a la enfermedad. Miedo al pánico que sembraron el primer día de la marcha y miedo a no saber nunca quién ordenó crear ese pánico.

Todos estos miedos juntos los usa el poder para convertirte en una persona sumisa, silenciosa, resignada. Todos esos miedos han sido derrotados con la marcha. Es una marcha contra el miedo que no la detienen.

















martes, 26 de noviembre de 2019

SoloArte Lindo: Descubrir una sociedad pacifista, claves de compre...

SoloArte Lindo: Descubrir una sociedad pacifista, claves de compre...: En memoria de Luisa Fernanda Solarte,     quien estará siempre en nuestros corazones. Si tuviésemos que hacer un minuto de s...

Descubrir una sociedad pacifista, claves de compresión de los valores que hacen posible la paz.




En memoria de Luisa Fernanda Solarte,
    quien estará siempre en nuestros corazones.



Si tuviésemos que hacer un minuto de silencio por cada uno los muertos que ha producido la violencia este año en nuestro país, tendríamos que quedarnos en silencio varias horas. Si pensamos en los muertos anuales, serían 30.000 minutos de silencio. La década nos obligaría a callar por más o menos 300.000 minutos. Por ellos deberíamos quedarnos mudos durante 208 días. Es muy posible que eso sea lo que quieran los violentos.


La paz y la palabra
Un paseo lento por la historia humana nos deja ver con optimismo que siempre en épocas de grandes convulsiones, de crisis y de guerra, en muchos rincones del planeta se abren ventanas de sensatez, se levantan voces de amor y aparecen hombres y mujeres que se niegan a pensar que matar sea la respuesta. Para la inmensa mayoría la vida es sagrada. Si, como dice Elena Poniatowska en el prólogo del libro Palabras de Paz,  “la humanidad en tres mil años sólo ha logrado vivir trece días sin guerra”,
esos trece días deberían convertirse en un oasis de optimismo en donde habría que acercarse para abrevar y calmar la sed de poder, de ambición y de victoria. En esos pequeños e infinitos oasis, la humanidad encuentra la clave de la no destrucción. Esas islas de felicidad, esas tierras de fertilidad, no son una época o momento de la historia: están presentes y tenemos la obligación de descubrirlas en la vida cotidiana y en los valores que han sido ocultos por la frenética carrera de lo que llaman progreso. 

De la misma manera que las lluvias anuncian una hermosa cosecha y llenan el corazón del labriego de esperanza, la palabra y la acción de los hombres y mujeres pacifistas llenan de optimismo la vida. Esa radical responsabilidad sobre lo que decimos y lo que hacemos es la más potente de las virtudes pacifistas y, a su vez, es la más temida de las armas para los violentos. Los asesinatos de Gandhi, de Luther King y de muchos desconocidos pacifistas, muestran cómo para los violentos ser pacifista es una de las peores amenazas. Pareciera que no armarse llena de debilidad al violento. Pareciera que la acción pacífica cuestiona hasta lo más profundo del espíritu guerrero. Pareciera que silenciar a aquel que sabe de solidaridad y amor es una oscura estrategia. 

Pero si las armas, la muerte y el silencio son los medios de sometimiento que los violentos tienen como su mayor tesoro, la palabra, como expresión de la razón y esencia de la comunicación humana, es para los pacifistas el único camino para lograr la vida en comunidad, en sociedad.

A los humanos nos une el lenguaje. De su mano la inteligencia se desarrolla, avanza y construye. Como humanos somos posibilidad de comunicación, de interacción, de intercambio. Nos hacemos humanos en nuestra relación con los otros y con ellos ampliamos el sentido de la vida. Sólo en el diálogo entre seres se podría descubrir una sociedad pacifista. Una sociedad sin violencia. Se puede afirmar que esa sociedad no ha existido nunca, pero no poderlo soñar es tan inhumano como creer que la violencia es la única salida; que el dolor producido en la guerra y el horror es superado por el tiempo; que la víctima y la tragedia se diluyen en el olvido; que la resignación ante la muerte de inocentes es renuncia a una sociedad pacífica. No podemos seguir creyendo que la muerte violenta de tantos seres humanos sea humana. Aceptarlo es eliminar de tajo la posibilidad de vivir humanamente.
Del dolor no puede surgir sólo odio o deseo de venganza o resignación. Tiene que surgir una potencia humana, pacifista, que sea capaz de conmover a los violentos. Que sea capaz de transformar su sed de muerte, en deseo de justicia. Una potencia cuya única arma sea la palabra. La palabra, tanto como la paz y la política, tiene la misma inicial en nuestro idioma. El que se arma renuncia a la palabra, renuncia a la política, renuncia a la paz. Las razones para armarse no pueden seguir siendo las razones para asesinar; tampoco las razones para llegar a lo más profundo de la miseria humana, ni las razones para defender privilegios o injusticias. Si los hombres luchan por la justicia, esa lucha debe ser pacífica, debe ser política. La dignidad humana está por encima de cualquier opción de lucha. El respeto por la vida de un solo individuo es el respeto por la humanidad. Como afirma Kofi Annan:
“Un genocidio empieza con el asesinato de un solo hombre: no por lo que él ha hecho, sino por ser quien es. Una campaña de limpieza étnica empieza con una sola pelea entre vecinos. La pobreza empieza cuando a un solo niño o niña se le niega el derecho fundamental a la educación. Lo que comienza con el fracaso por mantener la dignidad de la vida, con mucha frecuencia termina en una catástrofe para naciones enteras”. 

El fracaso en la conservación de la dignidad humana es un fracaso político. Nace de la imposición de las ideas de unos sobre otros, de los intereses de unos sobre otros, de la actitud política de considerar a los demás, a otras comunidades y a otras culturas, de menor valor. El no reconocimiento de otras culturas es ya un hecho que atenta contra la dignidad humana; de ese no reconocimiento brota el germen del genocidio, de allí también nace la idea de sometimiento.

Descubrir una sociedad pacifista 


El descubrimiento de una sociedad pacifista puede estar tan lejos como su conquista, pero sabemos que el derecho a la vida como horizonte, y la justicia como su escenario, no son utopías: son deberes humanos que no pueden ser postergados. Tienen que ser construidos colectivamente: sin mentiras, sin armas, sin la fuerza. Un escenario de justicia no puede tener ni la sumisión, ni la pérdida de libertades, ni el uso de las armas como principios. Construir la sociedad justa a la fuerza o desde el despotismo y el autoritarismo, es la menos justa de las proposiciones. Va en contravía de la dignidad humana.
Es necesario ampliar o transformar las ideas que alientan la guerra. Existe en el lenguaje de los medios, expertos y políticos, conceptos que pueden encontrarse en la base del pensamiento bélico: es más humano afirmar que el Estado debe tener el monopolio de la inteligencia, que aceptar ciegamente el de la fuerza, que ha mostrado con creces su fracaso. El que se arma para crear un Estado sobre la misma concepción, es un eterno animador, prolongador de la guerra. Aquellos que prometen un Estado mejor empuñando las armas, prometen el mismo infierno, con otro uniforme y otras palabras, pero finalmente, el mismo infierno. No existe ninguna razón para matar, como tampoco existe un gran hombre que haya asesinado, que haya matado. 

La vida no puede ser violentada de la misma forma que la justicia no puede ser postergada. Lo justo es avanzar libremente hacia la sociedad deseada por el camino de los acuerdos. Eso es lo indeseable para los violentos. Lo justo debe ser encontrar los caminos inteligentes para respetar a los otros, con sus distintas religiones, con diferentes formas de vivir o soñar. Lo injusto sería silenciar las diferencias y establecer el imperio de la fuerza que no es otra cosa que el imperio de la sinrazón y de la esclavitud, de la sumisión. Es inhumano pensar que la manera de lograr nuestra libertad es haciendo esclavos a los que no piensan como nosotros. Reducir el mundo a una sola visión política, social, o cultural, o a una sola hegemonía es, además de ampliar las posibilidades de una catástrofe, declarar la guerra a la razón. No se trata sólo de una confrontación bélica: va mucho más allá. Se trata de una batalla frontal de la barbarie contra la humanidad. De la estupidez contra la cultura. De los que pretenden introducir de nuevo al hombre en las cavernas, contra aquellos que pensamos que la vida humana y animal son el mayor patrimonio de este pequeño planeta. Sí: la lucha por la supervivencia puede ser superada por la defensa radical de la vida. De ella, de esa defensa activa y pacifista brota el optimismo por la especie humana. Sabemos que el hombre y la mujer son aliados de la vida, así mismo, sabemos que la ambición derrota continuamente a la sensatez, que ella es fuente permanente de odios y enemistades, que el mundo oscuro de las ambiciones poluciona con más éxito del deseado el espíritu de los hombres y de los estados. 

Habría que mirar con total atención crítica el presupuesto educativo que habla de la ambición como fuente de éxito. Allí podríamos encontrar muchos de los males que nos ahogan. Allí pueden también estar las claves para la comprensión de algo que nos enmudece: la competencia entre seres humanos no sólo deja muchos derrotados, sino una inmensa cantidad que no llegan a ninguna meta: millones mueren de hambre en países del sur, millones mueren violentamente en confrontaciones inútiles en medio del terror y del odio, muchos se suicidan creyendo que la muerte es mejor que la vida, millones están sumidos en la miseria para que unos pocos millares disfruten el paraíso artificial construido por el dinero.

No se trata de creer que la paz es sólo ausencia de violencia o de la muerte. Es mucho más: es escenario de la vida política y de una cultura que reconoce sus propios conflictos y los resuelve por el camino de los acuerdos. Sí: la paz es reconocimiento de los derechos humanos en su más amplia acepción, desde el derecho intocable y sagrado de la vida, hasta los derechos del ser humano a la educación o la salud. Pero es necesario no sólo entender, sino también aceptar que la lucha por el logro de los derechos humanos no puede ser violenta. Es contradictorio e inaudito que se mate y se violente a otros seres humanos, en nombre de los derechos humanos y de la justicia. No es ni comprensible ni aceptable la violación del derecho a la vida para el logro de otros derechos. Tampoco lo es pensar que la justicia puede ser postergada sin violar los derechos humanos. El arma más humana para el logro de la justicia es la no violencia y ésta es acción pacífica al tiempo que pedagogía pacifista. Es desafío al pensamiento belicista que se ha arraigado en el espíritu de los estados modernos y en los más difundidos paradigmas políticos.
Habría que empezar a debatir con sinceridad e inteligencia el camino más acertado para lograr una sociedad justa. No una sociedad local justa, sino, con mayor urgencia, una sociedad planetaria en donde la justicia sea el motor del desarrollo.

Las situaciones extremas de la vida presente en el planeta nos hacen pensar que, como humanos, sería obligatorio llegar a soñar y lograr cosas distintas a la promesa del consumo, a la promesa de un paraíso en otras vidas. Las urgencias de la miseria no dan espera. Este planeta es un planeta con hambre y con demasiada sed de poder. Es posible que esto último sea la causa de lo primero. Pero, como humanos, no podemos esperar grandes mutaciones biológicas para transitar hacia la justicia. No podemos esperar que el desarrollo tecnológico nos salve de la miseria, si ésta se encuentra oculta en lo más hondo del espíritu de la época y es promocionada por la cultura de la ambición y la competencia.

El desarrollo no puede ser alcanzado sobre la base de esa cultura; tendrá que ser sobre la base de una cultura de la solidaridad y la libertad, o estar condenado a ser crecimiento desigual e injusto. No se trata sólo de encontrar un equilibrio entre la producción y el consumo. Tampoco de la expansión hasta las últimas consecuencias de la frágil frontera ecológica. No es osadía pensar que los humanos podríamos vivir con mucho menos si disminuyésemos la ambición y trastocásemos el pensamiento que privilegia la posesión, por el de la cooperación. Tampoco es una aventura en la nave de las utopías poder llegar a soñar seres que fertilizan el planeta de bondad, alegría y entusiasmo de vida y que encuentran océanos de satisfacción sólo con la idea de poder cooperar en edificar un mundo mejor. 

Si pudiésemos disminuir la tecnologización de la vida y recargar con sentido de vida y humanidad el desarrollo tecnológico, es posible que llegásemos a percibir otras fuentes de justicia y de producción amigable con el planeta. Sin embargo, aunque parezca una cruel paradoja, la aceleración del desarrollo tecnológico parece hacer crecer la brecha entre pobres y ricos, como también el espíritu de conquista y de reducción y sumisión de unos pueblos por otros. La ficción inútil de una sociedad de la opulencia empuja una idea de consumo y depredación insostenible. El hombre parece haber triunfado como inventor y fracasado como humano. Su capacidad de inventiva lo encumbra como especie pero parece derrotarlo como ser justo con sus semejantes. En palabras de Albert Schwitzer:
“El hombre se ha convertido en superhombre. Es un superhombre porque tiene a mano no sólo fuerzas físicas intrínsecas, sino que también gobierna gracias a los avances científicos y tecnológicos, fuerzas latentes de la naturaleza, que él ya puede utilizar. Sin embargo, el superhombre sufre una falla fatal: no ha alcanzado el nivel de sobrehumana inteligencia que debería equilibrar su fortaleza sobrehumana. Y necesita dicha inteligencia para usar ese vasto poder sólo con fines razonables y útiles, no para fines destructivos y homicidas”. 

Entonces, no es una cuestión de algunos ecologistas que sueñan con la defensa a ultranza de la naturaleza, pues hace ya 50 años que Schwitzer nos advertía, cuando recibía el Nobel de Paz, que esa sobre-estimación de nuestra fortaleza, o de nuestra creatividad, podría estar dibujando una mentalidad que engendraría destrucción, no sólo por el camino de la guerra, sino también por el sendero de un modelo económico y social que se nutre, antes que de la solidaridad, de un individualismo a ultranza casi ingenuo que hace creer al ser humano que, antes que ciudadano, es individuo que lucha en una carrera frenética por sobrevivir. Sí: no es nueva, ni pretende serlo, la invitación a un cambio de mentalidad; éste también era el propósito del mismo Schwitzer, quien lo relacionaba con el tema de la paz:
“El que la paz llegue o no, depende de la dirección que tome la mentalidad de los individuos y después, a su turno, la de sus naciones”. 

Sin embargo, esa carrera desenfrenada por imponer una mentalidad de competencia se ha ido trasladando con bastante éxito del plano del individuo al de las naciones. En dicha carrera habría que hacer un alto para pensar con cautela y prudencia si esa competencia de las naciones no iría a crear un inmenso cementerio de culturas y naciones que, por no estar interesadas, no estar en igualdad de condiciones o no compartir esa mentalidad, irán a ser arrasadas junto con gran parte del patrimonio de la cultura humana y de los vestigios y claves para lograr una vida mejor. La vida no puede ser alimentada por valores inhumanos; derrotar o reducir a otro debe dejarnos en la boca algún sabor amargo. Aunque parezca una ironía, la victoria no nos puede dejar tranquilos de la misma manera como tampoco sumisos nos pueda dejar la derrota. Los fracasos nos podrían enseñar la forma de llegar sin atropellar al otro, sin dejar rastrojos humanos en el camino.

Tendríamos que abrir las compuertas del corazón para comprender el dolor de los demás y, desde allí, iniciar la construcción de lo que Dalai Lama propone como santuarios de paz, territorio de respeto por los otros y la naturaleza. El respeto, como principio de acción y pilar o cimiento de la vida en comunidad. Respetar al otro es no asaltarlo en su confianza, no romper las lealtades creadas desde la amistad, no hacer de la palabra un medio de seducción y de demagogia política. Los desafíos pacifistas no se trasladan sólo a los deberes del Estado o a los compromisos políticos de los grupos. La mentalidad pacifista obliga al respeto diario de los compromisos, como padre a hijo, como vecino a amigo. Violentar a uno de tus semejantes es un acontecimiento demasiado grande para ser minimizado. Traicionar a un amigo puede ser el origen de una rotura insondable. Los conflictos humanos siempre existirán, pero solucionarlos por el camino de la violencia en sus distintas expresiones es una actitud contraria a la humanidad, al humanismo. Sí: descubrir la sociedad pacifista significa aceptar el humanismo como fuente de pensamiento. Humanismo y pacifismo son hermanos naturales, nacen como oasis de optimismo en el desierto del pensamiento bélico. Se contraponen de forma radical al lenguaje militarista.

La vida siempre será conflicto entre lo que pensamos y lo que deseamos. También entre el corazón y la mente, entre el espíritu que sueña con la libertad y la vida diaria repleta de tentaciones, de trampas que nos alejan continuamente y de forma implacable del camino pacifista. La acelerada forma como se desarrollaron los medios nos han permitido conocer cómo la tecnología puede alcanzar metas altísimas, pero, al mismo tiempo, nos ha hecho percibir, como lo decía Martin Luther King en 1964, que:
“Para sobrevivir hoy, debemos eliminar nuestro ‘retraso’ moral y espiritual. Si no hay un crecimiento proporcionado del alma, los crecientes poderes materiales auguran crecientes peligros. Cuando el ‘afuera’ de la naturaleza del hombre subyuga el ‘adentro’, oscuras nubes de tormenta comienzan a formarse en el mundo”. 

No es un pensamiento mágico, ni trágico, es realismo que desde hace ya cuarenta años anunciaba los instantes que vivimos actualmente. Los momentos de guerra no están desligados de eso que King llama “retraso moral y espiritual”. Diría, buscando precisión, que están ligados a una moral monetarista y al espíritu de conquista que aún prevalece después de los fracasos del siglo XX. No es la tecnología lo que nos ha sumergido en la guerra, es la prevalencia del espíritu bélico de muchos de aquellos que lideran el mundo.