martes, 28 de abril de 2015

Basingstoke, 1981


                                                                            You may say I’m a dreamer
but I’m not the only one.
                                                                                                                 John Lennon

 En la sala de espera de Brookwood, una estación de tren al sur de Londres, sentí, al tiempo que oía la puerta abrirse, su presencia. Vestía un abrigo azul marino y botas Robin Hood; caminó hacia la silla situada al frente mío y me miró como si nos conociéramos de tiempo atrás. Su mirada me inquietó un poco y sentí en la cara un ligero calor que me hizo girar hacia otro lado. Pensé unos segundos y volví a mirarla: ella seguía con los ojos fijos en mí. Le hablé.



—¿Nos conocemos? —pregunté.
—No —respondió—. Solo he estado observándolo desde que salió de la estación de Waterloo; lo hice sin que usted se diera cuenta, me parece una persona nerviosa y tímida, que mira poco al frente cuando viaja en tren.
—No, no es eso, es que no estoy acostumbrado a viajar en tren.
—Lo de nervioso lo digo porque ha estado jugando con el billete del tren, sin darse cuenta de que no se dirigía al sitio que usted deseaba, y por lo tanto me pareció que sería mejor seguirlo. Pensé que no se sentía seguro por estos sitios y por eso estoy aquí. Esperaba que al mirarlo me dirigiera la palabra.
—Usted me sorprende, ha llegado a conclusiones que para mí no son ciertas: no me siento una persona nerviosa, lo del billete tal vez lo hacía por aburrimiento, y lo de no mirar al frente es simplemente una costumbre que he adquirido en un año de estadía en este país… Antes lo hacía, miraba al frente, pero he ido dejándolo; no hay cosa más desesperante que leer el periódico de otro. Además creo que a nadie le gusta sentirse leído.
—¿Estoy en lo cierto? —Insistió— ¿Se ha pasado de estación o ha tomado el tren equivocado? No diga que no, su tiquete no es para este sitio.
—En eso está usted en lo cierto, pero la culpa la ha tenido el colector de billetes, le pregunté y me dijo que este tren iba a Basingstoke.
—Bueno, por lo menos me agradecerá que sin conocerlo me haya preocupado por usted, ¿o no?
—Ahora que lo sé, sí, y se lo agradezco.

En ese instante pensé que era una persona que se sentía sola o acaso aburrida. Y se lo dije.

—Tal vez —contestó—, aunque creo que más que eso soy una persona curiosa. Bueno, para llegar a su destino debe regresar a Woking, o mejor dicho, debemos, y como ya hemos estado haciendo todo el trayecto, espero que ahora que nos conocemos no le moleste que el regreso lo hagamos juntos —lo dijo en tono de invitación y se frotó suavemente las manos.
—No, ¡qué va! Será un placer. Pero dígame, ¿se dirige usted a Basingstoke?
—Sí, afortunadamente, y así tendré más tiempo para conocerlo.

Un momento después llegó un tren, alcancé a oír que una de sus paradas sería Woking, la miré e inmediatamente salimos. Subimos al coche destinado a los fumadores y ella se sentó frente a mí, como lo había hecho en la sala de espera, lo que me hizo pensar durante unos segundos que desconfiaba, posteriormente caí en cuenta de que eso era necesario.

—Me llamo Sue —dijo—, trabajo en una agencia de viajes cerca de la estación de Goodge Street, en una de la calles que salen a Totenham Court Road, y hago este recorrido diez veces a la semana.
—Yo soy Fernando. Ahora no estoy trabajando… Estoy a punto de regresar a mi país. Viví un año aquí y creo que es suficiente, no encuentro más justificaciones para quedarme, aunque realmente quisiera, ¿sabe? Me agrada esta ciudad que, a pesar de ser grande, es silenciosa…
—Yo nací cerca de Manchester —continuó ella—, en un pueblo donde la gente, para distraerse, contaba historias de terror que se creía que habían ocurrido en la Edad Media. Era aburrido porque después de algún tiempo terminabas por saberte, con todo detalle, cada una de las historias… Tal vez por eso decidí vivir en una ciudad grande y, como habrá notado, he tomado la costumbre de hablarle a extraños, aunque esta no me parece la palabra exacta; después de unos minutos uno puede llegar a conocer bien a la gente, ¿no lo cree?
—Sí, puede ser —respondí—. ¿Sabe que nacimos en un pueblo similar? Pienso que todos los sitios pequeños son iguales, y que las historias de terror son un recurso usado por todos para distraerse, aunque a diferencia suya no creo que sean aburridas, siempre depende del narrador, yo he escuchado la historia de un descabezado y siempre la encuentro sorprendente.
—¿Puedo conocer esa historia que tanto lo sorprende?
—No creo que tengamos tiempo, ya estamos llegando a Woking y no es agradable cortar la narración, pero si usted lo desea se la contaré después de que hayamos hecho el cambio de tren.
—Me parece bien —dijo. No hablamos nada más hasta que, una vez en el otro tren, volvió a insistir en lo de mi historia.
—Como le había dicho, nací en un pueblo pequeño al sur de mi país, rodeado de montañas y con la posibilidad de ver a lo lejos el pico nevado de un volcán en actividad. De vez en cuando caía sobre el pueblo una lluvia de ceniza. No crea que trato de hacerle ambiente a la historia —sonreí—, aunque esto de la lluvia de ceniza le suene extraño, lo puede confirmar con cualquier otra persona, o por qué no, en algún libro, es real… Ocurrió por el año 1425 y se originó en una tribu indígena, el hecho en sí ocurrió en la construcción de una montaña, a manera de tumba…

Ahí corté la narración, pues ella con un movimiento brusco se quitó una bota.

—… El propósito era enterrar en esa montaña todos los tesoros que iban recolectando en las victorias sobre otros grupos indígenas…

Se quitó la media y la otra bota. Pude observar que las uñas de los pies eran largas y sucias, lo que me causó extrañeza.

—Oiga, ¿me está poniendo atención? —pregunté un poco enojado.
—Sí, continúe, lo de la montaña, la tribu, los tesoros… No importa lo que yo esté haciendo, estoy bastante atenta a la narración, que además es muy interesante.
—… Uno de los jefes de la tribu –porque tenían varios jefes, ¿sabe?‒ en el periodo de construcción o elevación, no sé cómo llamarlo, de la montaña, decidió ir separando y enterrando partes pequeñas del tesoro cerca de su cabaña o tienda…, no estoy muy seguro de qué tipo de vivienda tenían…

Sue se quitó la otra media y yo callé.

—Oiga, no creo que esté atenta, además la gente ya está sorprendida con su actitud —dije y señalé hacia los otros asientos.
—¿Le preocupa lo que piensa la otra gente? —dijo casi gritando.
—No, realmente no  —respondí no muy convencido.
—Bueno, entonces continúe.
—Está bien. Decía que uno de los jefes, en pocas palabras, robaba parte del tesoro. Su esposa, que a la vez era hermana suya y también hermana del brujo de la tribu, una mañana descubrió lo que ocurría…

Se quitó los pantalones y, para mí sorpresa, los tiró por la ventana.

—Oiga, ¿qué hace? —pregunté.
—Usted me dijo que su historia siempre le había parecido buena, ¿o es usted un mal narrador? Siga sin importarle lo que yo haga —respondió.

Respiré profundo y pensé que tal vez ella tenía razón, que yo era tímido, pues ya me estaba incomodando la situación. Haciendo un esfuerzo, proseguí.

—La esposa entonces lo acusó con su hermano, o sea con el brujo, y este, a su vez, contó lo ocurrido a un tipo del consejo mayor, lo sometieron a juicio y decidieron decapitar a nuestro personaje…

Se quitó el abrigo y mi sorpresa fue mayor, pues ahí pude ver que no tenía senos, que en su pecho solo había una gran sombra.

—¡Qué locura! ¿Qué está haciendo? —grité. Me miró fijamente.
—Su historia es buena, usted me parece un buen narrador, pero…

No dijo nada más, abrió la puerta y se lanzó. Lo único que pude hacer fue gritar. No pararon el tren, así que yo seguí mi viaje hacia la casa, lo conté y nadie me creyó.

Al día siguiente, viajando hacia el aeropuerto, leí en el periódico que había sido encontrado un cuerpo de unos quinientos años, que según los antropólogos era de origen amerindio, pero nadie entendía cómo había venido a parar a este lugar. “Se seguirá investigando”, terminaba la noticia.        

martes, 14 de abril de 2015

Carmen

El verano de 1976 en Londres,  fue el más caliente. No imaginé que también sería  inolvidable. Aquella tarde salí de Barkstons Gardens 11 y bajé por Earls Court hasta el cruce con Old Brompton Road; podría decir que buscaba una cerveza fría y encontré casi todo. En muchas  partes sonaba Tina Charles, su Love to love era número uno en listas, y Abba parecía hacer un coro persistente  que repetía sin parar Dancing Queen. Pero Carmen no eligió ninguna de esas dos canciones.

Cuando entré al lugar vi que la imagen se movía lentamente, se agachaba, se contorsionaba. Pese a la distancia que había entre ella y el espejo, se podía ver con toda claridad el sudor: gotitas que bajaban y subían por los vellos rubios del cuerpo ya cansado de Carmen. Ella era consciente de toda su belleza y por esa razón la danza ante un espejo se convertía en un acto erótico sin comparaciones. No estaba sola, a su lado un hermoso dóberman miraba atento. Guardián de la belleza.
De pronto Carmen gritaba como para confirmar que la vida era solo la suma de momentos intensos, o se quedaba en silencio, buscando respuestas en el olor que expelía su cuerpo. Ella era la estética expuesta a las pasiones, la lujuria de un rito o el deseo incontenible por hacer sentir a los demás que estaba viva y que eso era un acto de heroísmo: ella era una heroína.

El poder expresar en la danza su humanidad plena había sido el mayor descubrimiento; el placer producido por el baile era para Carmen mucho más grande que el encontrado en el acto sexual, y por esa razón nunca paraba de bailar: en la casa, en las aulas, en el cine, haciendo el amor o solo caminando… Ella bailaba.

Siempre acompañaba su danza con ruidos producidos en la búsqueda de un acercamiento a su animalidad, y estos sonidos, sacados desde el fondo de su garganta, hacían recordar aquello que Octavio Paz escribiera pensando en Sade “…  en la vida erótica de todos los días los participantes imitan los rugidos, relinchos, arrullos y gemidos de toda suerte de animales”. Y pensando en Carmen se podría decir con toda certeza que ella danzaba como una potranca, bailaba como un colibrí, se movía como una gacela en celo, y olía como el mejor caballo de carreras. Carmen, viviendo, había descubierto que es mejor ser una bella potranca que un triste ser humano, y también por eso imitaba a la perfección el relincho.
Antes de iniciar sus presentaciones, Carmen buscaba llegar a un orgasmo que la descargara de aquella energía que, consumiéndola de forma lenta, no dejaba que sus poderosas fuerzas internas se expresaran libremente. Para ella la libertad plena no era otra cosa que el vacío fugaz dejado por el orgasmo. Esa lucha que libraba Carmen, antes de cualquier presentación, se había convertido en el sentido de su vida. Desde el primer orgasmo, cuando era una niña de trece años, había entendido que lo que se producía en el cerebro no estaba desligado de lo que sucedía en su vagina; esa conexión natural entre la razón y el placer la convirtió en la militante más radical del hedonismo.

 El acto estaba a punto de iniciar. Un hombre vestido de negro decía:

—¡señoras y señores, ladies and gentlemen, mesdames et messieurs!, lo que ustedes van a vivir será total: la brisa y el ciclón, el hambre y la gula, el hastío y la necesidad, el deseo y la represión, el dolor pleno y su cura total. Reirán, llorarán, gritarán…

Carmen, cubierta con ropa del desierto, quería crear la sensación de soledad, de sed no satisfecha, de oasis, de ilusión óptica. Apareció en el escenario como un espejismo; exactamente como ella lo había querido. Dio un paso adelante y produjo el silencio que los espíritus necesitan para el encuentro. Su presencia inmensa agotaba todo el espacio, el escenario no era suficiente: ni el teatro, ni la ciudad, ni el corazón. Hizo un movimiento rápido y brusco y quedó inmóvil como una serpiente a punto de picar. Miró hacia un hombre que estaba en primera fila, giró, dio la espalda al público mientras movía suavemente el culo y se acariciaba los senos, cayó al piso, miró por varios segundos al techo y cuando hubo un gran silencio, de repente, gritó:

 You know you're a cute little heartbreaker  Foxy lady
You know you're a sweet little lovemaker
Foxy lady I
 



El volumen de la música subió, la guitarra de Hendrix cubrió todos los rincones y después en la voz negra del dios se escuchó Foxy lady. Carmen, atenta, dio un gran salto, abrió las piernas en el aire y volvió a caer. Durante el salto se había quitado el turbante que cubría su hermosa cabellera, y esta, ya suelta, se movía como la crin de un Pegaso hembra que, inventado por Carmen, ocupó la escena. Minutos después, cuando se escuchaba el sonido de todas las respiraciones y se percibía el olor de todos los deseos, sus manos iniciaron un lento recorrido por su cuerpo y fueron descubriendo, de arriba hacia abajo, primero los brazos, largos y delgados como los de un pulpo; luego el torso y la cintura; el pubis; las piernas; los pies. La totalidad se hizo presente.




No era solo una mujer: era la belleza. Un encuentro fugaz que dejaba ver la felicidad producida por el cuerpo liberado del vestido, del pudor, de la moral. Carmen, buscando la vida, empezó una larga y profunda caricia por su sexo, primero con un dedo y luego con toda la mano, como si el deseo fuera a escapar. Cerró los ojos y casi por la fuerza y deseo de las representaciones, todos lo hicimos al mismo tiempo.
 
Durante un largo momento nos encontramos solos, como buscándonos en los impulsos, como sintiéndonos en el hombre, como creyéndonos dioses. Después, todo fue quietud y silencio. Al abrir los ojos vi el cuerpo desnudo que, inerte, parecía cercano al cadáver… Pero era solo vida. Carmen respiraba lentamente, el movimiento de su estómago dejaba percibir la calma nacida en el furor de la danza, el sudor que la bañaba producía los espejismos del oasis
y el deseo de querer tocarla. Me acerqué y acaricié sus pies, sucios por el polvo de las tablas. El impulso de poseerla me hizo creer que lo hacía, me incliné y besé su boca, bajé hacia su sexo y, cuando me detuve a besar sus hermosos senos, Carmen empezó a moverse como empujada por sus instintos. Sus movimientos fueron tomando ritmo y convirtiéndose en danza, la música volvió a sonar y el negro gritó:

—There must be some way out of here!
Rápidamente Carmen se paró y sus movimientos volvieron a inundarlo todo. Los olores a semen, a castañas, a coño húmedo y a saliva penetraron todo el espacio. El aire se volvió aroma de excitación, las aletas de la nariz se abrieron y cerraron al compás de las convulsiones provocadas por el ritmo de la música y el compás de la danza.

martes, 24 de marzo de 2015

Matriz del amor



Sobre amores imposibles, difíciles y ridículos

La idea de escribir a partir de las ideas de otros es natural. La idea de hacerlo a partir de las ideas de algunos genios es muy difícil. Hacerlo bien es un desafío que no quiero asumir, pero lo hago, tambaleándome en medio de sus susurros. el amor esta presente siempre podria decirse sin ningun temor que de los dioses el que mejor punteria tiene e Cupido que siempre esta lli atento a cualquier señal o sintoma para atinar sin misiericordia en el centro del corazon.
  
Hace algún tiempo me ronda, hasta la asfixia, la idea de construir una matriz que reúna dos entradas: por un lado, en la entrada  vertical, la afirmación, dicen que de Gabo, que existen tres vidas: la pública, la privada y la secreta, y por  el otro lado, la entrada horizontal, los tres tipos de amores: los imposibles, los difíciles y los ridículos. Unos del genio de Kundera, los ridículos, otros del genio de Calvino, los difíciles y el otro, los amores imposibles que no recuerdo haber leído libro alguno sobre ellos, pero que permanecen allí en medio de los otros dos y siempre han estado presentes en mi vida de forma casi que ridícula.

Tener o soñar amores imposibles es parte de la vida de todos, muchas veces, en esos amores creamos espacios de libertad que no podrían realizarse de otra manera. Lo imposible en el amor parece estar vedado. Las ensoñaciones vividas en la imposibilidad de consumación sexual de un amor, nutren la imaginación y liberan el cuerpo de la necesidad de otro cuerpo físico. Vivimos enamorados de seres inalcanzables que alegran nuestras noches y que aparecen y desaparecen en medio de nuestra vida cotidiana, nos sacan sonrisas y escapan como fantasmas liberadores de nuestra libido, de nuestra eroticidad. El mordisco de Eva a una manzana imaginaria dejo para siempre la huella de su deseo y en todos, el deseo de ser los primeros en morderla, en disfrutarla.
 
Eva la primera mujer y por eso la más deseada es metáfora y origen de todo lo imposible, parece una paradoja, pero después de ella no hubo pecado original, solo pecados mortales. Origen de todos los amores imposibles la perdida de la  virginidad de Eva sobrevuela el planeta causando estragos y desvaríos, dejando huérfanos a aquellos que por alguna razón buscan en el amor de la madre, el amor perdido, el amor no encontrado, el amor imposible que no es otra cosa, en este texto, que el amor no consumado sexualmente. Eva distante y lejana sonríe de forma perversa ante el deseo desencadenado que como condena nos persigue. 

Eva, María y la Madre serían las entradas de esa matriz imaginaria que cargo como compañera permanente. Cada uno y cada una tendrán la propia. Algunos amigos me han dicho  que en el amor erótico, Dios debe aparecer primero y es probable que lo sea como fuente inspiradora de amores imposibles, para estos amigos dejo suelto el poema de Sor Juana Inés de la Cruz siempre presente en aquellos paraísos del amor religioso: 

 Detente, sombra de mi bien esquivo,
 imagen del hechizo que más quiero,
 bella ilusión por quien alegre muero,
 dulce ficción por quien penosa vivo.

¿Es Él quien persigue a Sor Juana hasta el orgasmo? ¿O es ella que al verlo hace aguas? 

Dejemos a Juana Eros tranquila y sigamos con esos amores imposibles que tienen nombre propio. A los hombres de mi edad y alguna que otra mujer, los perseguía otra Eva, diva ella  Marilyn Monroe, que abrió las mentes a los amores de pantalla que ahora nombrarían como virtuales. Amores imposibles como lo fueron también las que están en  ese listado erótico presente en la mente de todos nosotros: desde la Monroe hasta la Scarlet Johansson pasando por María Félix de la mano de Penélope Cruz, Sonia Braga o mejor sin bragas, Claudia Cardinale, Victoria Abril, Sylvia Kristel, María Schneider, Nastassja Kinski y tantas y tantas como cada cual desea harían parte de ese universo de vírgenes santificadas en la pantalla. 


Estos amores imposibles muchas veces rondan lo ridículo o para ser más exacto, casi siempre terminan en ello, pues la imposibilidad de sexo crea conductas grotescas y casi todos estos amores se resuelven por el camino de la masturbación de jóvenes compulsivos mirando fotos, antes,  pantallas, luego, y ahora  móviles. Alguna vez han conducido a uno que otro al suicidio que no es otra cosa que un amor imposible convertido en un suicidio ridículo. Son amores, además de imposibles, lejanos. Podría afirmar que se disfruta esa lejanía hasta el placer. Amores sin interlocutor y por lo tanto sin conflicto, sexo mudo, sexo verbal. El verbo hecho carne.

 Irían todos en la parte superior de la matriz y los marcaria con una x poco a poco descenderían algunos hasta el inferior y estarían representados con una y. Pocos muy poco amores imposibles transitan hacia amores difíciles, sin embargo, puede ocurrir y se convierte en imposible-secreto.



Los que nombro como amores difíciles son aquellos que alcanzan formas distintas de amor sexual pero que, por razones del carácter de alguno de los dos, no se soportan pero persisten en medio de una pasión vengativa,  los limitados por la  moral dominante, por ejemplo, del mismo sexo o de la misma familia; entre hermanos, entre madre hijo, serían los más difíciles pero a medida que se aleja el lazo de consanguinidad la cosa se puede volver ridícula o normal que casi siempre es lo mismo. 

Se podría afirmar que lo pasional no es ridículo y que en cambio lo rutinario o normal lo es por definición. Te casas y esperas a que la cuestión avance hacia la ridiculez que, paradójicamente, lo hace soportable. El lenguaje es testigo de esa ridícula forma de amar. El uso del diminutivo destruye ya no solo la pasión sino que enternece lo sexual y lo sitúa en el plano de la ternura fraterno maternal en donde es imposible ser libertino. Es cruel el uso del diminutivo en las referencias genitales y así penecito, téticas, cuquita y  también lo es cuando, el cambio de nombre al apodo, se hace en diminutivo: amorcito es destructivo de la misma forma que lo es dame un besito.
 
La tabla muestra, mírela analíticamente,  como mi vida ha sido equilibrada en cuestión de amores. Tantos imposibles como difíciles y de manera inevitable un numero parecido de amores ridículos o de amores que transitaron sin poderlo evitar a la ridiculez. Cada uno puede hacer la matriz según su conveniencia o según su sinceridad pero en esto podría aplicarse la frase aquella que creo era de Wilde: un poco de sinceridad es mala una total sinceridad es fatal.



martes, 10 de marzo de 2015

El pensamiento, un cinturón de castidad

Sexo, mentiras y algo de video


No se sabe con certeza  cuando fue la primera erección ni tampoco cuando  el primer orgasmo. Y menos aún se sabe, a ciencia cierta, si fue primero el del hombre o el de la mujer. El origen de la excitación no ha sido objetivo específico de ninguna de las ciencias y si es  cierto que ese big bang del cuerpo no ha sido investigado, poco podríamos decir del universo infinito de la sexualidad, de la genitalidad y casi nada del erotismo. La especulación nos ronda ya no solo los genitales sino también el cerebro. La mente esta embadurnada  de moralina y con relación a lo sexual naufraga casi siempre por el peso de lo religioso.
Sobre el cuerpo y su sexualidad se han desplegado tantos obstáculos y tantas limitaciones que lo más placentero es la transgresión. También lo más humano: es ella fuente inagotable de renacimientos y es la menos dañina de las prácticas sexuales. La más sana. Si la sexualidad debe ser entendida como territorio de libertad, la trasgresión es la musa inspiradora de todos los placeres y de todas las virtudes sexuales.
La mente encuentra en la transgresión un desafío y las fronteras establecidas por la cultura se  hacen trizas ante la atracción y aguas ante la excitación. El cuerpo sexual una vez desplegado  el encantamiento de la seducción sucumbe, sin ningún remedio, al placer. No importan las diferencias o las similitudes o las apariencias: la atracción, la excitación y la pasión liberan al cuerpo de las prohibiciones y lo meten de manera irremediable en el mundo de lo erótico en donde cuerpo y mente ya no están separados: son uno solo.  Esta la comunión más cercana a la expresión: lo humano.
No existe en lo natural un impedimento a la atracción; los obstáculos y los interdictos son culturales, la idea de una sexualidad única sea heterosexual, homosexual o bisexual son construcciones culturales que convirtieron en prohibido lo que era natural. También son artificiales, es decir, creados por nosotros mismos,  aquellos obstáculos a relaciones mujer joven mujer mayor, hombre mayor mujer joven, mujer mayor hombre joven o rubia con negro y negro con rubia y así hasta la infinidad de formas que toma el mundo de las relaciones. Si miramos con atención la sociedad al poner estorbos a unas relaciones libres pareciera querer defender el territorio supuesto de lo normal o de las conductas correctas produciendo una paradoja: somos libres mientras estemos atados a la cultura, a las normas, a las instituciones.

Son muchas, demasiadas las restricciones: desde las que limitan lo sexual a lo heterosexual condenando lo homosexual o, los que al interior de este tipo de relaciones, podrían darse entre mayores y menores o las que condenan las atracciones que se cuecen al interior de los grupos familiares; padres hijos o aquellas incompresibles de primos o tíos con sobrinas. La condena de aquellos que transgreden las costumbres familiares puede ser más fuerte que las que tienen los del mismo sexo. La atracción que puede darse en cualquiera de estas situaciones es  censurada por la  sociedad y condenada por la familia. El poder de la autorregulación como dispositivo de control moral es tan fuerte que la atracción que pueda llegar a sentir alguna persona  es identificada como desviación o en no pocos casos como locura.
Este mundo de las condenas a las atracciones diversas va más allá de las fronteras familiares hasta llegar a constituirse un universo infinito de los amores prohibidos y de las relaciones sexuales, que vivimos inmersos en una tensión permanente que limita al menos la libertad  de expresión sexual, concepto que podría ser mucho más preciso que el de libertad sexual tan limitado y restringido como el mismo sexo. El amor prohibido tiene así mismo algo anti natural por extensión: el sexo prohibido.

Sobre el mundo del trabajo y del matrimonio también se ha entretejido una maraña difícil de desenredar. No desear a la mujer del prójimo se amplía de forma infinita pues tu prójimo es tan diverso que se hace difícil de precisar. Desde la mujer de tu mejor amigo o amiga  hasta la mujer u hombre casados pueden ser amores prohibidos o condenados. El deseo que puedes llegar a sentir por tu jefa o jefe o por tu subalterno o compañero de trabajo es considerado peligroso para tu mundo laboral y la sociedad despliega sobre él todo tipo de condenas. Si es mujer podría decirse que es una aprovechada y si es hombre lo mismo. 

Es también asombrosa la condena que se ejerce en el campo de lo sexual sobre seres humanos clasificados con diferentes o enfermos. No pueden ni locos ni limitados por alguna razón física o mental hacer parte de la normalidad sexual. Es un mundo repleto de silencios en donde médicos y psicólogos naufragan en diagnósticos, no solo, imprecisos sino también o ante todo morales. Son amores prohibidos pudiendo ser parte de la felicidad de aquellos que por alguna circunstancia están limitados en algunas cosas de la vida, menos en la sexual.

 Todo está hecho un lio. Si te masturbas joven es malo y si lo haces de mayor, puede ser peor.  La sexualidad plena debe emerger como un dialogo libre en donde todos, hombres y mujeres, puedan ejercer la su  expresión sexual como fuente del derecho más humano: la libertad.

martes, 3 de marzo de 2015

Peligro: Zona de Alimentación

4 mil millones de moscas no se pueden equivocar: coman mierda*

Poco a poco se va estrechando de forma eficaz el cerco dominante  del pensamiento prohibicionista o, lo que es lo mismo, aquel pensamiento que en su fundamento despliega el miedo como mecanismo de control. Antes, mucho antes el temor a Dios o al infierno hacía de nosotros sumisos y miedosos seres dispuestos a mucho para no morir en el pecado. Hoy en día, dos grandes corrientes de este pensamiento tienen un matiz casi religioso y sobrevuelan el planeta con el cartel de peligro y por lo tanto usando el miedo para garantizar  su éxito.

Uno es el de aquellos que militan en la causa ambiental o en contra de la destrucción del planeta y que llenos de advertencias nos agobian con el calentamiento global, la capa de ozono, el agotamiento del agua, la desertificación planetaria. Son militantes del miedo a quedarnos sin donde habitar como especie o a morir abrasados por un sol cada vez más ardiente o duchándonos en una lluvia ácida que nos quitara la piel poco a poco y de forma irreversible. De esos ya hablaríamos luego, en otra entrada.

Los otros son radicales de la buena salud y cuya misión carismática es aconsejarnos de manera continua del peligro de la comida y de la posibilidad de ampliar la esperanza de vida, según comas o dejes  de comer unas cosas u otras. Esta cruzada a favor de la vida sana parece encontrar su fuente de inspiración en aquel dictamen de: mente sana en cuerpo sano, una falacia populista que hace creer que si comes bien, puedes llegar a pensar bien o por extensión a actuar bien. 

Algún amigo, fanático militante de estas causas, me explicaba de forma vehemente,  la relación directa que había entre comer carne y ser violento y en el dialogo avanzó sin ningún tipo de rubor hacia la afirmación de que, en el inicio, cuando éramos  vegetarianos, la violencia era menor.  Para este amigo parecía existir la posibilidad de que al convertirnos en vegetarianos o veganos los índices de violencia disminuirían de manera drástica, algunas veces los argumentos de este amigo se encuentran con aquellos amigos de la tierra y ha llegado a afirmar que entre las cagadas de las vacas y sus flatulencias,  el agujero de la capa se amplía sin remedio.

No sabíamos que esta corriente higienista o de la vida sana iba a transitar del tabaco, a la carne y de esta a los huevos, la leche, a los quesos, o últimamente al aceite de oliva, al perejil, las papas fritas  como posibles fuentes de contaminación del cuerpo. Comer, que era uno de los mayores placeres, se está convirtiendo en una aventura muy peligrosa en donde  cualquier decisión equivocada nos puede costar la aparición  de un cáncer, una gastroenteritis aguda o un ataque fulminante al corazón.

La medicina, cómplice de esta militancia, afina instrumentos de medición de los líquidos del cuerpo y nos advierte de forma científica del peligro de los azucares, las harinas o las grasas para el aumento de los enemigos actuales de la humanidad: el colesterol los triglicéridos o el ácido úrico. Estos tres enemigos  del hombre, parece que no tanto de la mujer, se confabulan con multinacionales de las drogas para construir, eso sí, uno de los mercados más rentables de la era post capitalista y una de las institucionalidades más degradantes de la sociedad colombiana actual: el sistema de salud.

Es posible que el triunfo de esta contrarrevolución anti hedonista signifique la pérdida del placer de comer y, claro, la aparición de un ser humano que no podrá distinguir entre la acidez, la amargura o la dulzura y su paladar irá perdiendo la capacidad para disfrutar la infinita diversidad de sabores que se entrecruzan en la boca cuando mezclas vino carne o pan, queso o cualquier otra de las miles de posibilidades que tenemos al cocinar en ese laboratorio de la alquimia de la dicha que es la cocina.

La esperanza de unos y otros de esos militantes de la vida sana  es que transitemos de seres humanos a ángeles, sometidos a la dictadura del miedo a morir  antes de tiempo. Esta mutación hacia la pureza será posible cuando la única fuente in contaminada sea una bolsa de  suero, a la que cual estaríamos conectados felices y sin ningún peligro, mirando el techo de una clínica de cinco estrellas y escuchando música instrumental sin altibajos que te produzcan un sincope.


*Grafiti en una pared en alguna ciudad latinoamericana por allá en los años 60